Mercado público: entre la decadencia y el renacer

Jueves, 29 Agosto 2019 08:48
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La atención de los vendedores pese  al panorama de lluvias es de valorar. La atención de los vendedores pese al panorama de lluvias es de valorar. Archivo particular

Un laberinto de casuchas medio construidas y tablas medio puestas dan la bienvenida. El hedor y el fango en las sandalias adaptándose a la pestilencia, la gente con una bolsa de agua entre los dientes, los brazos curtidos por el sol, mujeres de talla grande pavoneándose con un termo de tinto para vender cuyos mini pantalones tratan de aferrarse a sus nalgas, componen la descripción más acertada de lo que se observa al caminar por el mercado que te lleva directamente al centro comercial “Miami”.


Te toca arrugar la nariz cuando recorres la acera de un local con los brazos extendidos tratando de mantener el equilibrio para no pisar los charcos ni resbalarte con el moho, pues hay un lodazal compuesto de aguas estancadas, verduras podridas esparramadas en la calle, mientras unos fulanos hacen fila para botar nuevos desechos de comida en la pila que han destinado para su bausero.


La maraña de mesones alineándose uno al lado del otro, ligeramente doblados hacia un lado, algunos con tablones pintados de azul, otros de un rojo pálido, han sido cómplices del sudor que se desborda trazando su rumbo desde la frente hasta la mandíbula, donde la gruesa gota va desvaneciéndose por el gaznate para aterrizar en la camiseta, este hombre llevado por la rutina no se daba cuenta de sus movimientos, mete el pulgar en el cuello de su camisa y se restriega la nuca, su única aspiración del día es llegar a casa con algo en los bolsillos.

 

Se han hecho amigos de las moscas en cada paso que dan, las llevan detrás de ellos, su ademán más practicado es tener agarrado el borde de la mesa con una mano y con la otra abanicar los productos que están vendiendo, preferiblemente cuándo tienen cerca un posible cliente, de no ser así, ¿Para qué el esfuerzo?

Ellos son capaces de vivir en el tufo de su costumbre, donde ni toda la mugre o las nubes oscuras cargadas de aguaceros les impide disfrutar el día como una nueva oportunidad para ganarse unos pesos, evidencia de esto, el tipo que con trenzas halando su cráneo y camiseta del junior, bailaba al ritmo de una champeta, mientras lejos de él yacía una bolsa cargando una pila de ají.


De manera simultánea, cada miembro desde la fría madrugada está con la radio a todo volumen, la actitud que merece la vida, con un pocillo mosqueado de tinto que desantoja; se disponen a sacar los carritos que sustentan sus vidas, llenos de aguacates, empanadas, plátanos, y mandarinas revueltas con carimañolas, todas en un mismo mostrador, embrolladas con las ilusiones que ellos tienen todos los días al hacer sus ventas.


- Aquí la gente consigue de todo, y si no hay se lo buscamos, lo rebajamos, pero no se van sin comprarnos, nuestro lema es traer a la gente con rebajas a veces, eso es lo que les gusta al fin – Menciona un vendedor que estaba sentado en un peldaño con las piernas abiertas, las manos entrelazadas dejándolas caer por la gravedad, encorvando ligeramente la espalda, mientras se turnaba con su hijo para continuar con las ventas.


Conforme transcurría el día, la montonera de personas realizaban todo de manera fugaz, las acciones de cada cual eran rápidas, desesperadas, “un revuelto verde y una libra de Zaragoza” la señora golpeaba el piso con la chancla, su mayor energizante era irse para la casa, las personas de aquí para allá, solo ignoraban a los vendedores de los que no tenían necesidad.


- ¡Niña pásame eso ahí, corre, pilas, pásame eso!- Gritaba con desespero un tipo robusto, moreno, cuarentón, con una camisa blanca que traslucía el amarillo de su sudor, le pedía sin decencia y delicadez a una jovencita.


Mientras ella pasaba lo miraba con terror y suspicacia hacia él, aquel sujeto pedía que le pasaran una bolsa negra, sospechosa con trapos encima que había dejado caer mientras se montaba en el bus; ante las miradas incrédulas de la gente y la confusión, la niña pensó durante segundos en pasarla, pero finalmente agarró la bolsa con rapidez y la soltó en las manos del señor que sin darle las gracias partió.

- ¡Mi hermano puede ser muy loco, pero ratero no es compa!- Así afirmaba un hombre de contextura delgada y ojeras profundas, reiteradas veces la misma frase con el ánimo de defender a su familiar de las acusaciones del vecino de los aguacates. No serán extrañas estas situaciones, las rivalidades van y vienen, así ocurren por montones, pero finalmente todos allí  son una familia, todos se ayudan mutuamente, son años de permanencia en ese lugar que ha sido testigo del sudor trabajado día a día para sustentar sus vidas y convertirse en su zona confortable.   

No todo es color gris y malos olores en las calles del miamicito. El presente del lugar tiene un trasfondo de envolventes historias, sueños que quedaron estancados y bajo las sombras de cuánta hortaliza haya, pero pese a las decepciones, son gente que vive aún con la ilusión de lograr al menos, vender lo suficiente para llenar de sonrisas sus hogares.

- Aquí el que más grita es el que más vende – comentaba don José, de setenta años, cincuenta y tanto de ellos dedicados a vivir de la venta da verduras en los alrededores del mercado público que adorna el Miamicito, y si lo ves parece un roble; recuerda con nostalgia cuando se inició en estas ventas con tan sólo dieciséis años, una pequeña carretilla roja, unas cuantas frutas y desde temprano hasta que llegara la noche, aunque sentencia que las cosas eran diferentes en sus tiempos, con certeza no sabe si mejor o peor, pero diferentes al fin.

Un territorio sin ley. El folclorismo sobreabunda entre los barranquilleros que se ganan la vida en los mercados, y en este por supuesto, no falta la mamadera de gallo, los piropos, las murgas entre sí; todo hace parte del espectáculo. Cada quien dice lo que quiera, se expresa como desea sin temor a que alguno le reproche algo, no hay egoísmos, por el contrario disfrutan de sus discusiones al mismo tiempo que se colaboran sin condición alguna.

La diversidad está en cada esquina, desde pastores predicando apasionadamente en el espacio, hasta embarazadas con niños en brazos caminándose todo el sitio, pero finalmente esperando colaboración alguna de manera horrada.  Sin duda alguna la gente se disfruta su trabajo, y los que ejercen sus compras se van felices, pensando que aguantarse los olores es lo menos importante cuando saben que se llenaron de mercado sin gastar mucho billete.

Daryanis Sánchez, Daniela Hernández.

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