Gustavo, un pintor con lienzo en la calle

Miércoles, 03 Abril 2019 11:35
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Gustavo permanece en la calle. Su vida es observar y pintar. Gustavo permanece en la calle. Su vida es observar y pintar. Valentina Palacio

Crónica de Gustavo, un habitante de la calle que superó sus adicciones y las convirtió en arte. Ahora dedica su vida a pintar en el parque de los músicos siendo casi una tradición que todo extranjero se lleve una de sus obras. 



Por Valentina Palacio

Desde hace años Gustavo está acostumbrado a estos tratos. Una madre pasa apresurada a su lado con sus dos hijos y lo mira de reojo, un vigilante que finaliza su turno lo esquiva para alcanzar el Transmetro, algún que otro valiente se atreve a mirarlo sin fruncir el ceño, pero no se detiene. La ciudad está sumida entre ruidos de zapateos, luces de tráfico, los incesantes cláxones de carros, conversaciones entre transeúntes, los sonidos de los celulares, el grito a lo lejos de las vendedoras de cocadas, los loteros y las campanillas de los carros de helados.

Lleva en este punto más de 20 años, no conoce su fecha de llegada con exactitud, pero recuerda haber caminado por las arenosas calles barranquilleras, bajo la misma luna que tanto enamoró a Esthercita Forero, con sus pinceles en mano, un saco que ya no existe y preparado para pintar cada rincón de la ciudad que lo vio nacer.

A Gustavo las miradas despectivas no lo inquietan porque, mientras está sentado en un banquillo de madera, que ha tenido mejores años, y combina las pinturas, parece que todo a su alrededor se sumiera en absoluto silencio. Está rodeado de empíricos acordeoneros y guitarristas que se ganan la vida al lado de la estatua del Joe Arroyo. El parque de los músicos es el punto de encuentro para los enamorados nostálgicos que deleitan a sus parejas con suaves boleros, tangos y vallenatos románticos.

Son casi las 8:00 p.m., el barbudo y canoso hombre que revuelve una y otra vez la mezcla de pinturas tiembla por las fuertes brisas, algunas arrugas en su frente son más visibles mientras busca la concentración que ha perdido por el crujir de sus dientes. De lejos parece un ser indefenso que la calle ha recibido como hijo adoptivo y que solo su abandono puede ser excusado por un puñado de drogas.

Esto último quizás no esté tan lejos, saca entre los arbustos que rodean su lugar de trabajo una cajetilla de cigarrillos, enciende uno con profesionalismo, los anillos de humo escapan de sus resecos labios, cierra sus ojos y decide contar su historia desde el principio:

“Me fui de la casa porque sentía que no tenía rumbo, soy un alma libre, a mis 20 años todavía me sentía en una prisión”, comenta con la cabeza gacha, su canoso cabello oculto debajo de un llamativo gorro tejido de lana y con los colores del equipo de Junior.

Una, dos, tres son las inhalaciones que da al aire casi con elegancia, retoma la historia, no tenía hermanos cuando dejó atrás su casa y a su madre, una mujer cabeza de hogar abandonada por un esposo que años después fue hallado culpable de un robo en un banco, fue la única vez que supo de él.

Lo saludan con afecto, los jóvenes hippies le sonríen y dan un golpe en la espalda. Es el más viejo de los habitantes del parque, así que le dicen el abuelo, aunque no se acuerde de los nombres de cada uno.
Cuando se les pregunta a los habitantes de la calle sobre su modelo de vida se cuestiona si el arrepentimiento hace parte de ella. “Nunca me sentí desterrado”, admite con confianza. Fuma cigarrillos para concentrarse, solo dos veces ha probado el alcohol, pero lidió por años con los frascos de bóxer y goma escolar. Todavía se le dificulta, su mano está constantemente en su nariz como si sujetara un pote de pegante.

Nadie creería que el desgarbado, flacucho y pequeño hombre que se oculta bajo anchas camisas, pantalonetas tres tallas más grandes y zapatos de charol que antes solían brillar, dedicó sus primeros años de emancipación a la filosofía cuando se colaba a las charlas universitarias de la Uniatlántico y hacía amigos en esa facultad.

La pintura llegó a su vida de manera casual, sonríe y parece tener 20 años menos. Recuerda haber compartido por un tiempo con el grupo de amigos del famoso pintor Manolo Vellojín. “Me mostraron una de sus obras, en broma me dijeron que podía copiar una y venderlas para irme a la universidad”, nunca pensó que se convertiría en una de las más grande pasiones de su vida.

Comenzó con lápices a pintar en las paredes lo primero que se le venía a la cabeza, con el tiempo fue perfeccionando su estilo, se desahogaba a través de los trazos, pero luego sintió la necesidad de llenarlo con color por lo que llegaba a las construcciones a pedir un poco de pintura, la mayoría se la negaban, otros simplemente se encogían de hombros y le extendían uno de los potes medio acabados.

Los pinceles los compró cuando las brochas regaladas comenzaron a ser muy ásperas, comenta que es lo más caro que ha comprado en su vida, le tocó recolectar 500 checas para que le dieran los diez pesos que costaba el par.

No usaba lienzos de tela, pero sintió la necesidad cuando lo corrieron de su vieja pensión por las paredes convertidas en obras incomprendidas, el escape de olor a pintura que comenzó a incomodar a los inquilinos y por ser el joven de cabello largo que empezaba a verse como criminal.

No volvió a ver a su grupo de amigos, se despidió de la pintura y conservó las amistades erróneas. Su actividad filosófica por esos años era mirar desde su cama de cartón el cielo imponente, ver La Troja abarrotada de gente ‘rompiendo baldosa’, escarbar entre la basura, recorrer las calles –hoy pavimentadas- que ya no muestran las arenosas huellas que dejaba su nomadismo, pero se siguen rindiendo a los nuevos habitantes.

No hace preguntas, aunque no hable mucho es como un libro abierto por la manera en que sonríe, solo hace contacto visual cuando es necesario, mira alrededor como empieza a llegar el público, la hora pico se ha calmado.

Las personas, que esta vez sí tienen tiempo para detenerse, lanzan unas monedas al sombrero que está situado en los pies del vivaz guitarrista que entona “Traicionera” de Alci Acosta.

La Troja es al fondo luces, carros, jóvenes trabajadores corriendo con cubetas de hielo y cerveza mientras alguien le grita al guitarrista que se acerque por ahí cuando vea la cosa movida.

—Menos mal que la noche pinta llena de monedas —dice el guitarrista.

—Entonces cuento con un par de pinceles nuevos—contesta Gustavo.

Diagonal a donde ellos se encuentran llegan unos mariachis, vestidos en sus pulcros trajes negros, botines y corbatas de rebozo, colgadas de sus espaldas sus inseparables guitarras. Empiezan a acomodar unos mini parlantes que les pasa el joven del perro caliente, quien los mantiene debajo del carro.

Gustavo vuelve su mirada al suelo cuando ellos empiezan a tocar “La venia bendita”, la paleta de mezcla está limpia, los oleos regados en el suelo, algunos pinceles partidos por la mitad, el pote de aceite le cuesta más trabajo prepararlo ¿Le recordará a sus adicciones?

—Son venezolanos, es lo único que saben hacer— Responde Gustavo a la pregunta no formulada sobre los mariachis.

Es un dato difícil de pasar por alto, el canoso hombre siente cierta protección por todos los que así como el llegaron de casualidad a este parque, algunos como los mariachis para buscar oportunidades o como el joven guitarrista que necesita que su arte sea escuchado. Es innegable el porqué de su apodo: “El abuelo”.

No cuenta más de su historia, se mece en su banquillo de madera y la primera mezcla que realiza es la de gris con violeta, su pulso le engaña en más de una ocasión porque el anochecer que intenta plasmar parece más un reguero de pintura al azar.

Cualquiera pensaría que la barba es una especie de penitencia pero solo sonríe cuando se le pregunta si la ha tenido desde siempre y, de manera jocosa, suelta que la tiene desde hace unos 15 años porque tenía una vecina coqueta que se la alababa.

Se hacen las 9:00 p.m. entre el sonido de las rancheras al fondo, el olor a salchichas del carro de perros, el humo de las arepas asadas que son mandadas en una bolsa de papel a el grupo de amigos que está sentado con cerveza en mano en la esquina más cercana de La Troja, “¡Que no se te vayan a caer, pelao!”, le grita el vendedor al sudoroso muchacho que minutos antes cargaba la cubeta de hielo. Las sillas chirrían cuando un par de parejas se paran a bailar al son de Tango Negro de Alci Acosta entonada por el guitarrista con ese aire bohemio y romántico que cubre toda noche de sábado barranquillera.

Miro pasar la vida y sus encantos
Y ya no siento ninguna ilusión
Yo solo miro tan solo cosas negras
Negra es la noche de mi corazón

Así como lo expresa esta canción la pintura de Gustavo desborda una tristeza por el paso del tiempo, el cielo que antes era violáceo con toques grises ahora se aproxima a los tonos negros y azulados, pocas veces sumerge los pinceles en el aceite o realiza cambio de alguno, evita las brochas gruesas y el pañuelo rojo con el que los limpia parece haber sido el mismo de toda la vida. Podría decirse que tiene inspiración en Salvador Dalí y su obra la Persistencia de la memoria al colocar un reloj en forma de luna en el centro del oscuro cielo.

Al cuestionársele dice que no conoce al tal Dalí. Puede que haya sido el sentimiento de nostalgia que intenta canalizar a su obra lo que lo hace detenerse y volver a mirarme fijamente para contar la segunda parte de su historia que ha intentado omitir hasta el momento:

—En mi vida he intentado pensar desde que me fui en mi mamá, espero que no esté muerta porque la extraño.

El guitarrista cuyo nombre ni siquiera ha dado, le avisa a Gustavo que pueden llegar algunos gringos a pedirle algún cuadrito, para que los vaya pensando.

A pesar de la emoción que lo invade por el dinero que está próximo a recibir, lo único que sigue expresando, esta vez con voz baja y casi aguda como si de un niño se tratase es que va a buscar a su madre antes que se acabe el año y que ese cuadro será su regalo, porque precisamente un reloj fue el artilugio más querido por ella luego que la abuela muriese por un infarto.

Dejó de fumar cuando un tiempo atrás soñó que su madre lo lloraba en su tumba víctima de un cáncer y ese fue todo el incentivo que necesitó para tomar su raída mochila, comprarse unas telas, buscar entre los escombros de construcciones pinceles o pinturas y decirle adiós a sus adicciones.

Pocas personas pueden dar tal testimonio de voluntad frente a su rehabilitación y más cuando es por mano propia pero Gustavo solo necesitó volverse adicto al arte para superarlas, caminó desde la Chinita que era donde en ese entonces se encontraba y llegó a los alrededores de Romelio Martínez lleno de esperanza que hasta ahora sigue vigente.

Por lo general ya casi no pinta en los pisos porque los de la Triple A terminan lavándolo como si lo plasmado fuese el trazo de un adolescente con ínfulas de grafitero. Así que revela que usa telas transparentes de esas que ya no sirven, por la noche es casi imposible darse cuenta. Antes las sacaba de las canecas de basura ahora algunas costureras de Jorge Arabia le regalan los residuos de sus trabajos para que les de mejor uso.

Como lo había comentado el joven guitarrista, una pareja de gringos con dos cervezas en mano, mochilas cruzadas, pantalones cortos y chancletas más grandes que sus pies se dirigen a paso lento hacía el anciano pintor. Al llegar solo observan la obra del reloj con fascinación y a pesar de su poca fluidez en el español la mujer de no más que unos treinta años, de rubio platinado ante la luna le pregunta con amabilidad a cómo les vende la pintura.

Gustavo se encoje de hombros, pero luego dice: “Deme unos veinte, pero no se ha secado”.

Se siente al final un deja vú, el par de extranjeros se sienta en una de las sillas de plástico que les ha facilitado el vendedor de perros calientes que ha aprovechado para hacer venta. Gustavo cuelga la pintura en los arbustos y les explica que por lo general se seca si hay brisa, parece estar acostumbrado a las preguntas de los de afuera porque responde de manera automática sin saber ni una pizca de inglés. Parece que después de unos minutos, empezará a contar su historia, esta vez con más resumida.

Quizás Gustavo al igual que sus cuadros parta pronto, él en búsqueda de la madre que abandonó, pero su obra viajará a conocer nuevas culturas, países y continentes, será perpetuada por los miles de extranjeros que la han llevado, cada noche que esté acostado en el pedazo de cartón que tiene como cama y mire hacía las estrellas imaginará un hogar para cada pintura, una nueva historia de él será contada, pero esta vez las huellas no serán solo de las que quedan plasmadas en la arena.

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