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La última carrera del hombre del mentón blanco

Martes, 07 Mayo 2019 23:28
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La última carrera del hombre del mentón blanco Foto: Cortesía Canal Tropical

Said de Jesús Niebles, motaxista y cobradiario de 25 años, pidió una carrera que no era para él y que, a la larga, acabaría siendo fatal. Así fue para el motociclista (y para su familia materna y vecinos) aquella muerte sin agonía.

 

Por: Luis Ramos Palacín

 

 

El pasamontañas verde

El patrullero Eliécer Galván avanza en su motocicleta subiendo por la calle 30 cuando, frente a la Constructora Bolívar, en el barrio Ferrocarril, de Soledad, ve una multitud rodeando lo que parece ser la escena de un accidente. Es 20 de abril: Sábado de Gloria. Eliécer trabaja en la Estación 14 de Policía de Soledad 2000 y, como todos los días, regresa después de la una de la tarde a su casa en el barrio Siete de Abril, de Barranquilla, para reposar y tomar el almuerzo. Echa un vistazo entre las cabezas de los curiosos limitados por la cinta de acordonar y vislumbra a un hombre triturado boca abajo sobre el asfalto. El cráneo aplastado está cubierto con un pasamontañas verde, que le resulta familiar. Después advierte una moto estropeada entre fragmentos de policarbonato rojo. Si bien esa moto también se le antoja conocida, Eliécer se infunde incredulidad, sube de nuevo a la moto y retoma su rumbo.

Las sospechas, poco a poco, van ganando la consistencia del terror. Su sobrino Said es mototaxista y cobradiario y, para trabajar, se protege la cara con un pasamontañas verde. Lo llama a su celular, pero Said lo ha olvidado o lo dejado a propósito en la casa antes de salir. Se dirige a la esquina de la tienda El Nuevo Poder, en la carrera 3 sur con 48; les pregunta a los otros mototaxistas si saben dónde está y uno de ellos, Marlon Suárez, le cuenta que a Said le salió una carrera para el aeropuerto.

La ruta coincide. Eliécer se pone frío. “Es una sensación horrible”, diría ocho días después, frente al espejo de la barbería de un amigo. Se le quita el hambre. Sin despedirse de Marlon, Eliécer llama a su sargento y le pide la identificación del muerto de la entrada a Ferrocarril. “Said de Jesús Niebles Galván, 25 años, Barranquilla”, confirma el sargento. “Lo arrolló una volqueta”.

El conductor del vehículo de carga, que iba repleto de arena, intentó huir tras ver la moto, el cuerpo y las vísceras expuestas, pero un grupo de mototaxistas lo alcanzó dos kilómetros y medio más adelante, en las cercanías del Colegio INEM. El conductor tenía (tiene) 17 años.


La carrera equivocada

El hijo de Claudia Galván vivía en la cola del patio de la casa de su abuela, Candelaria Vergara, que a su vez es la madre de Eliécer, quien además vive con ella. Ese sábado por la mañana, Said entró a aquella casa de dos plantas y le pidió a su abuela un tubo de aluminio para darles una paliza a los mototaxistas de la esquina. Candelaria sabía que bromeaba. Lo que en realidad quería su nieto era enderezar los rines de la moto. Estaban así desde la noche anterior; había estado bebiendo con unos amigos en el barrio Ferrocarril. Con el tubo Said consigue (o eso cree) arreglar los rines. Al mediodía, a la esquina de la tienda llega una muchacha que necesita ir al aeropuerto. “Esa carrera me tocaba a mí”, relataría Marlon Suárez, momentos antes del entierro, “pero Said me dijo que se la dejara porque iba a aprovechar para hacer una vuelta en Ferrocarril”. Eso fue lo último que él, Ochoa, el “Mono” y los demás mototaxistas supieron de su compañero, hasta que Eliécer les contó lo que había visto en la calle 30 y lo que el sargento le había confirmado: Said estaba muerto.

Los motorizados salieron en caravana hacia el sitio del accidente. Eliécer también fue; iba sin almorzar y acompañado de su hermano Waldo y su sobrino Aldair, que salió sin el permiso de la madre, Ada Luz Galván, quien llegaría al lugar junto con Candelaria poco antes del levantamiento del cadáver. La ropa, en principio, fue lo único que les permitió reconocerlo, porque yacía boca abajo y machacado; luego reconocieron la Suzuki AX4, el casco con motivos fucsia y la placa: NAY-36E. En la cara de Ada Luz, las lágrimas se entreveraron con una mueca de repugnancia. Marlon Suárez aseguró que había visto un ojo escapado de la cuenca.

No bien estuvo de regreso en Conidec, Candelaria Vergara llamó a su hija mayor, Claudia Galván. La madre de Said llegaría proveniente Curazao (donde vive desde hace más de diez años con un hombre que no es Rafael Niebles, el padre del fallecido) a las once de la noche del mismo sábado.

—Tu hijo sufrió un accidente en la moto —le dijo Candelaria.

No era la primera vez que Claudia Galván oía esa frase, de manera que, con el grado normal de alarma, preguntó cómo estaba su hijo.

Candelaria la demolió con la respuesta:

—No, si él murió en seguida.

La noche del Domingo de Ramos, Candelaria Vergara habría de narrar en la sala de su casa, sin ningún temblor en la voz, esa conversación telefónica, rodeada de varios vecinos y familiares que la escuchaban con un asombro compasivo. La vecina de enfrente, la señora Olga Palacín, le preguntó si no había sido muy fuerte darle de esa manera semejante noticia, pero ella respondió que de esa misma forma se la habían dado a ella.

 

Ningún milagro

Las primeras versiones apuntaban al acontecimiento de un milagro adverso: Said iba saliendo del barrio Ferrocarril y, justo cuando había ganado la 30, la moto se le apagó y entonces la volqueta, que venía a alta velocidad, lo arrolló. También se dijo que de la nada había perdido el equilibrio y es posible que entonces alguien hubiera pensado en los rines dudosamente recompuestos con el tubo de aluminio. Un video registrado por la cámara de seguridad de un establecimiento de aquel sector fue el que reveló la verdad: un motocarro golpeó la rueda trasera de la Suzuki negra, desestabilizando al conductor, a quien le fue imposible esquivar la volqueta de placas LFX-312, que le pasó por encima.

No hubo ningún milagro en la muerte sin agonía de Said Niebles Galván. No se necesita una gran casualidad para perder la vida en una carretera de Colombia. En el país, según un informe de la Policía de Tránsito y Carreteras, entre enero y marzo de 2019 murieron 629 motociclistas, de los cuales el 60 % estaban en el rango de 20 a 40 años, como él. De acuerdo a cifras de la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV), el 47 % de quienes fallecen en las carreteras colombianas son motociclistas, como él. Tan pronto se acabó la Semana Santa, se supo que, durante los cuatro días, en la Región Caribe habían fallecido por lo menos 23 personas en accidentes de tránsito: una ellas fue Said.

 

“¿Para qué?”

Medicina Legal se demoró más de lo acostumbrado para entregarle el cuerpo a la familia Galván. Por la tarde del Domingo de Ramos, entre canciones tristes que hablablan de una mejor vida postrera, unos amigos de Said se apostaron en la esquina de El Nuevo Poder y empezaron a reclamarlo con arengas:

¡Que lo entreguen! ¡Que lo entreguen! ¡Que lo entreguen!

Anderson Galván, tío del finado, tuvo que salir de la casa y pedirles respeto a los del bullicio. No era momento para desórdenes.

El cuerpo lo entregaron sellado el lunes 22 de abril a primera hora; al mediodía ya se estaba oficiando el entierro. En vista del estado del cuerpo, no había tiempo que perder. Allí, en el cementerio Jardines de la Eternidad del sur, estuvieron Claudia Galván y Rafael Niebles, padres del difunto; también Giselle (hermana menor de Said y también la única hermana plena), Eliécer, Waldo, Aldair, Candelaria, Ada Luz, Anderson, Marlon y un elevado número de vecinos de los barrios Conidec y Siete de Abril, que no verán otra vez la Suzuki de Said parqueada en la tienda.

—¿La moto se dañó toda? —le preguntaría el barbero a Eliécer seis días después del entierro, al tiempo que le anudaba en la nuca la capa de corte.

—No. Solamente atrás.

—Ustedes la pueden reclamar, ¿no?

—Sí, pero ¿para qué? —dijo Eliécer, mirando al otro a través del espejo—. ¿Para que nos esté recordando eso?

 

El hombre del mentón blanco

Antes de casarse en 2016 y mudarse con su esposo a la Ciudadela 20 de Julio, varias cuadras más abajo, Dayana Ramos solía ser vecina de Said Niebles en Conidec. Ese Sábado Santo, su último día de vacaciones en Cartagena, Dayana caminaba por la zona hotelera de Bocagrande buscando un cajero automático para retirar algo de efectivo. De improviso, su padre la llamó desde Barranquilla. "Se mató Said. Lo atropelló una volqueta", le dijo. El anuncio la confundió: aquel nombre no tenía ninguna connotación para ella. Con impaciencia, preguntó: "¿Cuál es ese Said?". "El hijo de Claudia. Los que viven al frente. El mototaxista", le explicaron. Era difícil que en Conidec alguien no identificara a Said luego de esas especificaciones, pero había una seña que podía iluminar incluso a los más distraídos. En vista de que su hija continuaba confundida, el señor recurrió a esa seña: "El que tenía como una mancha blanca en la barbilla". La muchacha juntó las imágenes de un motociclista y la de un hombre con vitíligo en el mentón y, finalmente, en su cabeza tomó forma el retrato de Said Niebles: los ojos pequeños, las cejas recortadas y fruncidas, el pelo liso y engominado, los aretes de piedras. Poco a poco fue recordando que de niño solía jugar fútbol con otros vecinos de la cuadra, que en la adolescencia se había unido a “Los Candaditos”, una de las pandillas de Siete de Abril, para más tarde marcharse con su madre a Curazao, donde trabajó en un taller de latonería y de donde volvería con una mujer venezolana y una hija recién nacida, que en estos momentos está en Venezuela con aquella mujer: su exmujer. No recordó (porque no sabía) que a Said lo apodaban “el Violento”, no tanto porque el adjetivo lo definiera como porque era uno de los que más pronunciaba.

El resto, Dayana lo recuerda con aprensión. En la noche llegó a la casa de su mamá, la señora Olga Palacín, ubicada en la calle 3 con 49: frontera entre Conidec y Siete de Abril. Lo primero que descubrió al bajarse del carro fue que la cuadra estaba como envuelta en un aire fúnebre y perturbado. La gente conversaba de pie en las terrazas y al frente, donde vivían Ada Luz y Eliécer, sus amigos de infancia, había varias personas taciturnas sentadas en sillas de plástico.

Minutos después del arribo, Dayana le abrió la puerta a una vecina que había llegado para que la señora Olga, que es enfermera, le hiciera el favor de vacunarla. Antes de que ésta se les uniera en la sala tras pegarse un baño corto, la vecina le contó a Dayana todo lo que sabía sobre la tragedia, haciendo un énfasis casi divertido en lo truculento de las imágenes. Esas imágenes ella las conocía porque andaban “dando vueltas por ahí, en WhatsApp", según dijo. Dayana no llegó al extremo de aceptar el ofrecimiento del envío de las fotografías, pero más tarde, con el celular en la mano, se pondría a buscar la noticia en diferentes portales web. Lo que encontró confirmaba las versiones de su padre y de la vecina. Sin embargo, también encontró algo más: dos fotos de la escena del accidente.

Es probable que fuese precisamente eso lo que había entrado a buscar, aunque en el momento no lo admitiera para sí misma. Las imágenes, en todo caso, le revolvieron el estómago y entorpecieron la deglución de su cena de sábado. En una, el cuerpo voluminoso y aplastado de Said estaba tendido de bruces junto a un charco de sangre fresca; al cadáver lo cercaba un corro de curiosos que todavía no era mantenido a raya por el acordonamiento policial. Tenía las manos ocultas en alguna parte del vientre y vestía un pasamontañas verde, una riñonera negra, un chaleco rojo, una camiseta blanca y un rasgado jean azul que se le había escurrido hasta más abajo de las caderas. En la otra foto se veían las piernas de unas personas junto a una masa pequeña, morada, convexa y chorreante tirada sobre el asfalto. Mientras en la esquina de El Nuevo Poder (donde junto con Marlon, el “Mono”, Ochoa y el resto de sus compañeros mototaxistas, Said solía parquearse a esperar a sus pasajeros) ponían una canción triste que hablaba de una mejor vida postrera, Dayana cerró el portal web tan rápido como pudo.

Visto 157 veces Modificado por última vez en Miércoles, 15 Mayo 2019 20:43