El paraíso de un mercader Destacado

Jueves, 28 Febrero 2019 21:22
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“Vista desde el balcón de la zona de comidas, éxito de la 72”, “Vista desde el balcón de la zona de comidas, éxito de la 72”, Foto: Andrea Pallares.

Por: Andrea Pallares.

 

Ultrajado y manoseado: así se veía, a lo lejos, un canasto repleto de prendas en oferta. Los posibles compradores solo seguían tocando y detallando la calidad de los productos que ya habrían pasado por cientos de manos más. Alrededor solo se podía visualizar un panorama igual al del pequeño canasto, pero a gran escala.

Las ofertas parecen competir entre ellas, gruñirse una a la otra, creyéndose mejores por su relación calidad-precio. Parece que los productos conocieran el cerebro del cliente y su deseo profundo por comprarlo, aunque este no tenga necesidad del mismo, quizá este es el sueño realizado de muchos mercaderes en la antigüedad, el sueño de las compras impulsivas, el de los clientes derrochones y de la seguridad de los capitalistas.

Es precisamente el factor de competitividad el que marca la pauta en los mercados actuales, cada producto ha entrado a jugar en el gran monopolio de la globalización, no para entrar al ruedo por sí solo, sino en un gran grupo de productos y servicios dependientes el uno del otro, que tendrán como único fin crear un círculo vicioso de compras indeterminadas, sin ningún beneficio real para el cliente, solo el de cumplir con su rol en esta escena: ser un consumidor masivo, sin voz ni voto, que obedece a la sobreoferta y al gasto desproporcionado.

Una voluntad dominada por el mercado

Lorena Suarez, una de las asiduas compradoras, antes de continuar con su paso rápido se detiene para contestarme:
-Normalmente escojo los jueves para realizar las compras de mi casa, pues es el día donde más descuentos puedo aprovechar.

Su respuesta la acompaña con una dulce sonrisa que se pierde en la inmensidad del centro comercial…
Tal y como una estampida de animales salvajes que persiguen su presa con hambre y deseo insaciable, como aquellos piratas en la antigüedad en busca del gran tesoro o como un sediento que en medio del desierto busca una gota de agua que pueda satisfacer su sed, así mismo buscan los clientes las mayores ofertas, el letrero en letras negras y fondos fluorescentes con los números más grandes, como si fueran seres inertes pero con una cartera llena de billetes predispuestos a gastarse desde que se pone un pie dentro del centro comercial.

La sobre-valorizada imagen de una oferta

Nos encontramos con una situación aún más sorpresiva: los clientes muchas veces siguen el estímulo de compra sin percatarse de que los precios no difieren de su valor normal, y en lugar de presentar descuentos a un producto solo se presenta un letrero gigantesco que reclama al cliente para sí, sin darle un beneficio real al comprador.

En la mayoría de los casos las ofertas se dan por fechas de caducidad cercana o completa, y sin saberlo, los compradores eufóricos llevan a sus alacenas productos prácticamente vencidos, sus canastas familiares están llenas de productos a mitad de precio que pueden afectar la salud de aquellos que los consumen, pero ningún mercado advierte de esto, ¿O sí?...

Por el contrario, cada vez se hace más común ver el panorama de miles de personas saliendo de un centro comercial con bolsas que no pueden cargar por sí solos, y con una inocente sonrisa que refleja la felicidad y satisfacción de llevar a sus casas alimentos aprovechando las ofertas del día. El apego por las compras desproporcionadas crece, hasta haberse convertido en un placer diario y necesario, injustificado y desproporcionado. Esta es la era de la sobreoferta, pero también de la mercadotecnia avanzada, pasamos de comprar productos a comprar placeres y deseos sin hacer un uso racional del dinero.

Lamentos de una billetera agonizante

Marcela, un cliente frecuente de este centro comercial dice lo siguiente: “Cada vez que vengo hay nuevas promociones, debo aprovechar porque se acaban los productos, así me quede sin plata tengo que aprovechar las ofertas, no se ven todos los días”.
No es de extrañar que, cada vez el sueldo de un asalariado tarde menos en gastarse por completo, tal y como un niño que se queja porque quiere un dulce que le es negado, así gimen los compradores por no poder aprovechar un descuento en una fecha lejana a su día de pago.

Sin embargo, el estado de duelo por un deseo de compra no concedido produce en los clientes una motivación duplicada para sus próximas compras, es decir que, al momento en el que estos reciban su pago, su primera acción preconcebida e involuntaria será correr al centro comercial y aprovechar todos los descuentos que estén en su presupuesto, y es allí donde se expone el gran alegato de este trabajo: ¿Existe en la mente de los compradores un presupuesto para las ofertas?..

Visto 172 veces Modificado por última vez en Viernes, 05 Abril 2019 12:50

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