El turbante del esclavo Destacado

Viernes, 08 Marzo 2019 18:24
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Archivo Familiar, El Congo Reformado. Foto: Samuel D. Tcherassi. Archivo Familiar, El Congo Reformado. Foto: Samuel D. Tcherassi.

La imagen parece ficticia: negros danzantes entonando versos con una dicción confusa y precipitada, mientras los rodean animales salvajes en lo que parece un ritual de cacería a ritmo de tambor. La muchedumbre, alborotada, acompaña a los líderes de la juerga mientras el sol azota las pieles desnudas. El grupo de negros danza a son africano, tal como una tribu guerrera que honra a la naturaleza con su baile, un escenario propio de El Congo, sin embargo, esto es Barranquilla.

Los hombres fornidos con vestimentas coloridas se mueven libremente, parece que cada movimiento que hacen manifiesta un diálogo con su entorno, o más bien, con la vida misma. Sus vistosas ropas quieren hablar, sus turbantes son largos, exuberantes. No hace falta construir una máquina del tiempo para presenciar esta manifestación cultural en los cabildos negros de Cartagena con la llegada de los africanos, cuando esta práctica se inmortalizó en el Caribe colombiano.

 

En una tierra donde la noche, parece día; la danza, se vuelve el maná y los disfraces, se usan como ropa casual; no es de extrañarse que hasta los muertos resuciten, para volver a morir.

Para una tradición que no descansa, que no duerme, y que mucho menos tiene fecha de caducidad, existen hombres que lo entregan todo para mantener el legado cultural en pie. El disfraz pasa a ser una manera de vivir, y es la forma en la que estos seres con alma de negro, voluntariamente escogen la vida de un esclavo: esclavos de la tradición, del folclor, y del carnaval.

Encontrarlos parece una tarea imposible de lograr. Mientras en la superficie todo parece desorden, acompañado de un jaleo masivo y escenarios multicolores, en el nervio de esta gran fiesta hay un esfuerzo generalizado, una sincronía que parece medir los pasos de quienes allí participan con un solo objetivo: honrar a la cultura misma. Y esta es la historia de uno de ellos.

 

A grandes turbantes, grandes responsabilidades

No tiene secretaria, pero es algo así como el líder de una organización que lleva sobre sus hombros el peso de decenas de personas a su cargo. El día de la presentación ante su público llegó cuando el sol castigaba en su punto más alto, faltaban menos de 6 horas para el desfile de la Guacherna. Una bandera era izada por una estrecha calle del barrio Pumarejo cuando a lo lejos comenzó a verse la silueta de un hombre alto y grueso que sobresalía de la parte trasera de una motocicleta.

-Menos mal, ahí viene Julio- Señaló su mujer.

Parecía que mil historias habían pasado por esos ojos, y que su boca aún tenía dos mil qué contar. Más de 56 años de vivencias contenidas en la memoria de un único hombre que recibió un legado cultural por parte de su difunto padre, y de su hermano mayor, a quien recuerda como todo un congo que vivió por el Carnaval y murió por el mismo.

Para una persona que nació con un disfraz, y que las palabras más importantes de su vida son “¡Que viva el Congo Reformado!”, es difícil ver cerca su retiro. Sin embargo, Julio Mario Sánchez vive con la esperanza de que sus hijos continúen portando con orgullo su disfraz y dirijan el trabajo de su vida, por el que sus antepasados murieron, y por el que muchos jóvenes hoy construyen un mejor futuro en la que según él, es una labor cultural y social. “Mi riqueza es cultural, yo no tengo millones, pero con mi labor social ayudo a que niños y jóvenes piensen en cultura, y no piensen en cosas malas”, dice.

Agradecido con Dios y con la vida, Julio busca cada día formar conciencia en todas aquellas personas que hacen parte de una de las más tradicionales danzas del Carnaval de Barranquilla, y afirma que gracias a las malas experiencias que ha vivido logró aprender a liderar a niños y jóvenes, para que estos piensen en la cultura y con orgullo vivan de ella, sin perderse en las banalidades que ofrece la vida fácil.

Dentro de este micro-mundo llamado El Congo Reformado, los adultos no beben, no fuman, no hacen escándalos que dañen su imagen ante los miembros más destacados e importantes, y por supuesto los que en pocos años tomarán el lugar de los líderes: los niños. Para él, estos son sus más preciados integrantes y los debe cuidar como si fueran sus propios hijos, incluso aunque esto signifique mayor compromiso y responsabilidad por su parte.

Ser padre, esposo y abuelo, ha enseñado a este hombre a ser íntegro ante las nuevas generaciones, a que en su semillero se creen personas de bien, y a que la cultura no sea tomada como excusa para deterioro social y una vida de vicios.

 

 

 

 

Entre la corona y el turbante

Julio tiene 31 años dirigiendo este grupo, y casi una vida haciendo parte del mismo. A su listado de logros se suma el título de Rey Momo 2007, corona que todavía siente en su cabeza, por eso dice comportarse como un rey.

Esa distinción marcó su historia, pero quizá otras marcaron su corazón: visitar 20 países llevando a sus congos de los barrios populares de Barranquilla, bailar en cualquier calle de su ciudad y escuchar los aplausos, haber crecido bailando las tradiciones y honrando una danza que lo ha elevado a embajador cultural del carnaval alrededor del mundo… Todo aquello ni lo soñó. “Dios me ha llevado a recorrer el mundo. Ya hemos ido a 20 países a llevar el carnaval y eso nos llena de orgullo”, menciona.

El paso de este grupo por cada lugar que visita deja huellas imborrables: entregan turbantes de tamaños exuberantes con figuras de animales o de objetos representativos –como la estatua de la libertad- por donde pasan, a manera de trofeos y recuerdos de aquella llamativa danza propia de uno de los más importantes carnavales, y que aseguran que es la única danza que aún mantiene el golpe de tambor igual que en los inicios del congo, según su director.

Con orgullo Julio muestra cada recuerdo, cada foto que aún le queda en su pequeño archivo familiar, las imágenes que captaron los primeros años de historia de El Congo Reformado, y donde aún puede encontrarse con el rostro de su hermano mayor, cuya muerte es uno de los recuerdos que Julio no puede sacar de su cabeza. “Mi hermano era tremendo congo, un negro grandote. Toda su vida se la dedicó al carnaval y a él el carnaval lo mató”, dijo, mientras parecía que esas palabras evocaran fuertes recuerdos en su memoria, sin querer mencionar más a cerca de ello.

 

Las hazañas de un congo

Esta danza tradicional que se fundó gracias a una vertiente innovadora en su indumentaria, siempre trajo consigo nuevos retos, nuevas oportunidades, y por supuesto, nuevos conflictos. Desde 1962 fecha en la que Manuel Atilano Sánchez dispuso todas sus fuerzas en la creación de esta agrupación, las puertas cerradas se veían obligadas a abrirse al ver las llamativas vestimentas de estos tan dedicados congos. Parece que la misma vida los llamó para que año tras año, le mostraran al mundo que la tradición es para gozarla, para mostrarla y para vivirla.

Uno de sus más grandes logros fue cuando incluyeron a las mujeres en el baile, decidiendo reemplazar a los hombres que se vestían como ellas por mujeres capaces de trasmitir la misma fuerza y energía que los varones en la danza. Una proeza esculpida golpe a golpe por el mismo Manuel Atilano, padre de Julio Mario, y fundador de El Congo Reformado.

Julio es la tercera generación de su familia que orgullosamente levanta la bandera de esta agrupación, y aunque en muchas ocasiones lo han criticado por sus innovadoras modificaciones en la vestimenta de sus congos, cada día está más dispuesto a sacar adelante la historia que comenzó hace aproximadamente 56 años, durante las festividades barranquilleras, cuando nació de la tradición misma buscando levantar la dignidad de una de las más representativas danzas del carnaval. “Cuando chiquito yo escuchaba que la gente decía: ‘Mira ese congo mal cambiado, tan feo, siempre es lo mismo’. Ahí aprendí que las personas siempre quieren más y uno se debe esforzar por eso”.

Solo se requiere echar un vistazo a su apariencia en escena para saber cuánto esfuerzo se necesita para llegar al lugar en el que están. Trabajan ordenadamente, como hormigas: cada uno aporta un grano de arena para el gran espectáculo que dan en cada presentación.

Su distribución del trabajo hace que cada uno pueda ayudar a crear los turbantes y los destacados trajes. Por fortuna tienen un líder que hace el papel de sastre, cantante, bailarín y hasta transporte, cuando hace falta. Su esposa, sus primos y sus hijos no se quedan atrás, forman parte del grupo de apoyo cuando de crear un nuevo atuendo se trata.

Buscan la manera de economizar costos para que los recursos financieros que reciben como incentivos y los aportes de algunas personas del barrio alcancen para todos los gastos, dado que muchas veces los nuevos turbantes exceden el presupuesto familiar. Sin embargo, este es un esfuerzo que se debe hacer para mantener viva su danza.

Para los Sánchez, no hizo falta tener un gran presupuesto económico ni un lugar en los altos mandos gubernamentales para poner a un público a vibrar solo con la presencia de los elaborados disfraces que estos congos fabrican con su propio esfuerzo y dedicación. Sólo bastó con estar dispuestos, tener una misión clara en la mente y el corazón: ser un ejemplo para las futuras generaciones, llevando la tradición hasta la muerte, como sus fundadores lo hicieron.

Julio, quien desde ahora se prepara para entregar en algún momento la dirección de El Congo Reformado, menciona que tal y como lo recibió de sus antecesores, quiere que su hijo herede el liderazgo y mantenga encendida la antorcha que por años ha estado en la sangre de su familia. El cambio no solo le dará descanso a este congo, sino que ayudará a que más jóvenes se integren y se apropien de sus raíces culturales.

Aunque a unos pocos años de despedirse de su trono, este hombre parece satisfecho con su trabajo, esperanzado en el rumbo que tomará la danza en manos de su hijo, quien al igual que él creció bailando y aprendiendo el oficio de su padre.

“Yo siento que mi hijo puede hacer mejores cosas que yo, ya que él es joven y muchos jóvenes lo seguirían. Estar tras bambalinas para mi puede ser bueno, y lo puedo ayudar a él” Julio Sánchez.

Los ojos de este congo ya gastado por la vida, y por el esfuerzo de dirigir a tantas personas, se ven brillantes de esperanza. Sin importar cuan fatigado esté del día parece que existe una fuerza mayor en su interior que lo ayuda a mantenerse en pie, a mantenerse vivo, y a mantener vivos a todos aquellos que ya descansan en el otro mundo, pero que muy seguramente aún visten su traje de congo y bailan la danza que solo aquellos que hacen parte de esta agrupación son capaces de vivir en cuerpo y alma.

En cada danza los congos avanzan con pasos firmes, grandes y marcados al compás del tambor. Van en grupo y se siguen unos a otros, tal y como lo han hecho durante toda su historia, manteniéndose unidos y seguros de que todo el trabajo que están haciendo es el mejor. Al bailar sus brazos persisten abiertos como esperando recibir del cielo la cosecha de todo el esfuerzo sembrado, mientras dan pequeños saltos caminando en zigzag como evitando los obstáculos que encuentran en el camino, acompañado de una gran sonrisa que enmarca toda la satisfacción y la felicidad que sienten, en dos pequeños círculos rojos que para siempre estarán pintados en sus mejillas.

El congo siempre será congo, con su vida, con su muerte, y con su historia. El congo siempre será esclavo por elección, un esclavo por amor al arte, a la tradición, a la flauta y al tambor.

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