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La sentida voz sentada de Ana Matilde Alvarado Destacado

Sábado, 09 Marzo 2019 22:03
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La sentida voz sentada de Ana Matilde Alvarado Fotos: Cortesía Museo del Caribe

A La Noche del Río llegó una cantadora que preside el escenario desde un asiento. Quietud y baile; blancura y color. Cada presentación suya está marcada por dualidades que se deshacen con su canto y los golpes de la tambora.

 

I

El micrófono frontal estaba fijado a un metro del suelo, como dispuesto para un niño de seis años. En la pantalla lateral se reproducía un anuncio protagonizado por la maestra de ceremonias, que, al mismo tiempo, hacia el fondo del rectángulo de la tarima, cambiaba palabras con su compañero. Restaurado el silencio, los anfitriones pasaron al frente y comenzaron a presentar al tercero de los ocho números de la decimocuarta edición de La Noche del Río. Sucesivamente, hablaron de «matrona», «maestra», «institución» y «leyenda». Cuando mencionaron los treinta y cuatro años de su agrupación, a nadie le cupo duda de que no era un niño el que estaba a punto de subirse en el escenario.

De hecho no se subiría ella misma: alguien más tendría que subirla. Ana Matilde Alvarado surgió como un promontorio distante que poco a poco va revelando sus formas en el mar abierto. La mitad de los cerca de cuatro mil asistentes aplaudieron ante la lenta aparición de aquella mujer, que anunciaban como legendaria. Sin levantar la mirada del suelo, tratando de sortear los cables y clavijas de las instalaciones, Luis Alejandro Campuzano —uno de los veinte nietos concebidos por sus cuatro hijos— empujaba despacio la silla de ruedas. La fundadora y voz líder de La Tambora de la Candelaria, agrupación oriunda de Río Viejo, Bolívar, cuenta 83 años. Tiene el pelo gris cortado por los hombros, una nariz gruesa y recta y una boca de labios jóvenes que, al abrirse, dejan entrever sus pocos dientes inferiores. Lleva un vestido blanco con escote de volantes, unas grandes gafas oscuras y una anémona artificial en la oreja izquierda, más otras dos que le adornan el moño que sobresale por ese mismo lado de su cabeza. Mientras los otros catorce miembros del grupo —seis mujeres, seis hombres, una niña y un adolescente— se le unen en la tarima y ocupan sus sitios e instrumentos, Ana Matilde permanece inmóvil e imperturbable frente al auditorio de la plaza Mario Santo Domingo, tendida en una ligera pendiente junto al edificio del Museo del Caribe. Cuando Luis Alejandro, antes de bajarse, le dice algo al oído, la abuela no asiente, no sacude la cabeza, no esboza el más mínimo gesto. La noche estaba seca, tibia y estrellada. Dos niños de alturas disparejas, pintados y disfrazados como los danzantes del Son de Negro, aprovechaban la pausa para encarar con muecas a los asistentes y pedirles dinero.

El reloj daba las 7:51 p. m. En ese preciso instante, en el Estadio Romelio Martínez, situado a tres kilómetros y medio del Museo, Carolina Segebre y Freddy Cervantes, los reyes del Carnaval de Barranquilla 2019, debían estar ajustando los detalles finales de su show de coronación, que empezaría en menos de una hora y donde estarían acompañados por 600 bailarines de distintas escuelas de danza y por Carlos Vives. Es probable que una de las asistentes de Carolina estuviera abrochando la blusa plateada con que la reina abriría su espectáculo cuando, más abajo, en la calle 35 con carrera 46, Lorenzo Camacho, director y corista de La Candelaria, levantó los brazos y exclamó:

—Ana Matilde: ¡los micrófonos son tuyos!

Al anuncio le siguen largos segundos de silencio. Se oyen aplausos dispersos, murmullos. Las manos juntas entre las rodillas, Ana Matilde no chistaba. De pronto Juliana, la integrante más joven de La Candelaria, se arrodilla al pie de la silla de ruedas que transporta a la anciana desde hace casi dos años, arranca el micrófono del pedestal y se lo acerca a la boca. Para alivio de Lorenzo, de Juliana, de nosotros, la cantadora despega los labios y por fin empieza a cantar.

 

II

El señor Luis Presentación Cuéllar, conocido como «la historia viva del sur de Bolívar» —esto se sabe gracias al registro videográfico del periodista Luis Tarrá Gallego—, narra que el 9 de abril de 1948, luego de conocerse la noticia del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en Río Viejo hubo un conato de linchamiento. El antioqueño Jesús Moreno, cura del municipio y militante conservador, en lugar de ordenarle al campanero que tocara un doble en señal de pena por la muerte del caudillo liberal, ordenó que hiciera un repique: un toque alegre propio de los días festivos. Los pobladores se irritaron, se arrumaron en la puerta de la casa parroquial y, cuando vieron salir al clérigo, lo aporrearon y lo descalabraron. Desde entonces, a los habitantes de Río Viejo les colgaron el apodo de «matacuras».

 

  Ana Matilde y Juliana

Por esos mismos años, en aquel pueblo del sur de Bolívar se seguiría festejando, aunque por razones menos accidentadas. Los 24 de diciembre, a las doce de la noche, Gilberto Campo, Anastasio Méndez, Victoria Sajonero, Esther María Sajonero y su hija, Ana Matilde Alvarado —que iba prendida de la pollera de su madre y que, al día de hoy, es la única sobreviviente de esos antiguos recorridos lunares—, agarraban sus instrumentos y les daban la vuelta a las calles destapadas del municipio, perforando el relente con la voz achispada de las cantadoras, el latido abismal de los cueros y el siseo apremiante de los guaches y las maracas.

En 1985, otro Jesús, el alcalde Manuel de Jesús Cañas, les dijo a los músicos que, desde la Casa de Cultura de Tamalameque, en el Cesar, había llegado una invitación para que participaran en el Festival Nacional de Tambora y Guacherna. La idea de llevarlos hasta allá había sido del alcalde Diógenes Armando Pino. Ana Matilde Alvarado, entendiendo que era el momento de formalizar el grupo, lo bautizó con el nombre que hoy lleva todavía, en honor a la Virgen de la Candelaria, que es la santa patrona de Río Viejo. En el festival de Tamalameque habrían quedado de primeros, de no ser porque les faltaban los uniformes. Luego de ese, han participado y ganado varios certámenes del circuito de la Depresión Momposina, como el IV Festival de Tambora en San Martín de Loba, en 1995 o el mismo festival tamalamequense, de donde regresaron victoriosos en las versiones del 91 y del 92.

Para haber ganado tanto, algo especial debe haber en ellos. La «Mona», como le dicen de cariño a Ana Matilde, se rehúsa a explicar cuál es la virtud que los desmarca de las demás agrupaciones de tambora que habitan la Depresión. Dice que esa pregunta no les corresponde a ellos responderla, sino a los «mirones»: aquellos que los aprecian. Los mirones se habrán percatado de que, a diferencia de Herencia de Mi Tierra y de La Original de San Bernardo —los dos primeros grupos en salir a la tarima—, La Candelaria no incorpora la tambora de dos buches a sus presentaciones. En su lugar, ellos usan la tamborina: una tambora más pequeña que resulta del cruce entre la tambora de dos buches y el currulao. El empleo y dominio de este instrumento lo aprendieron de sus antepasados. Afirma Lorenzo Camacho que el sonido que produce es más fino que el de la tambora tradicional, que tiende a parecerse al del bombo.

 

III

Julio Peña, Fanny Cañas y Jairo Camacho —hijo del director— están erguidos sobre la tarima, ya haciendo los coros, ya agitando las maracas, ya contoneándose de un extremo a otro. A pesar de esto, la figura quieta de Ana Matilde se impone. Se ve más grande que sus catorce compañeros. Los hombres están uniformados con camisas rojas y las mujeres llevan vestidos azules, alhajas brillantes alrededor del cuello y moñas de flores sobre la cabeza, pero la cantadora, con su serena altivez y arrellanada en el asiento que la protege de las dolencias en sus piernas, hace pensar en la fuente de Cibeles, enclavada en la plaza homónima de Madrid. Bajo el marco de la estructura de aluminio de donde cuelgan las luminarias, la hija de Esther María Sajonero García posee algo de divinidad tutelar.

Tras acabar «Señora María», la primera canción, Lorenzo toma el micrófono y nos avisa sobre un incidente desafortunado: los batacazos de Ferney Flórez acaban de romper el cuero de la tamborina. Para que pudieran continuar con el espectáculo, los miembros de La Original de San Bernardo, que oían a sus colegas desde la carpa-camerino, les prestaron su tambora de dos buches. Una vez resuelto el percance, el director indicó el título de la siguiente canción, con un énfasis particular:

—«Son de tuna», señora Ana Matilde Alvarado Sajonero.

De inmediato la cantadora empieza a entonar, con su voz sentida, nítida y leñosa, una canción cuya letra ella misma escribió, lo mismo que escribió todas las del repertorio de La Candelaria. Es difícil saber cuál es la cifra total. «De eso no hay número», asegura Ana Matilde, negándose también a arriesgar un cálculo aproximado. Según Lorenzo Camacho, cuentan con 17 canciones autenticadas y entre 60 y 70 «a la deriva». En 2017, en el marco del proyecto «Elaboración de inventario y registro de las manifestaciones del Patrimonio Cultural Inmaterial», vio la luz el disco Rioviejo y Su Baile Canta´o, donde, además de la voz de Ana Matilde Alvarado Sajonero, participaron las de Eneil Rodríguez, Agustina Otálvarez, Ángela María de Caimital, Matilde Camacho y Nelson Flórez. Antes, en 2014, con producción de la Corporación Cantos del Río y Konn Recordings, se grabó Tambora: Cantos Tradicionales del Río Magdalena, conformado por 15 tracks, uno de los cuales es «Señora María», el mismo con que la agrupación folclórica bolivarense abrió su show de esta noche.

Naranja sin lima,
lima sin limones,
más linda es la Virgen
que todas las flores.

Así principia «Son de tuna»; Ana Matilde compuso estos versos cuando podía escribir. Ya no lo hace. Ahora está ciega. Desde hace cinco meses no distingue ninguna forma. A causa de las cataratas y del pterigión, todo lo ve tan blanco como el vestido que le pusieron para cantar en este evento preliminar del Carnaval de Barranquilla. Es por eso que Lorenzo debe indicarle en voz alta, desde la fila del coro, cuál es la próxima pieza que van a interpretar. Para darle una mensaje urgente en medio del ajetreo de una canción, su compañero ha tenido que recurrir a métodos más elementales. Once horas antes de su intervención en La Noche del Río, La Candelaria apareció en un popular programa de variedades que emite el canal televisivo de la región, cuya sede está a veinticinco minutos de esta tarima. Allí, rodeado por las cámaras, Lorenzo se vio obligado a adelantarse y hacerle señas a la maestra con disimuladas pataditas en el pie.

 

IV

Ayer, 27 de febrero, los quince miembros de La Candelaria salieron de Río Viejo hacia las seis de la mañana y llegaron a Barranquilla después de dos de la tarde. Para arribar a la Arenosa, un rioviejero debe tomar un ferri que lo atraviese hasta el otro margen del río Magdalena, donde lo espera el municipio de La Gloria, Cesar. Habiendo desembarcado, tomará un bus intermunicipal que lo conducirá a través del departamento del Magdalena hasta pisar la capital del Atlántico.

 

La tamborina rota


Río Viejo tiene su sitio en el sur de Bolívar, a 450 kilómetros de Cartagena de Indias. Fue fundado el 26 de agosto de 1785 por un grupo de pescadores de Mompox, Tamalameque y Loba. En un principio se llamó San Pedro Apóstol y era habitado por negros cimarrones de Palenque, que llegaban huyendo principalmente desde la Provincia de Mompox. Empezó con la denominación de pequeño caserío; luego fue una viceparroquia. Más tarde, con la Constitución de 1886, pasó a ser un corregimiento del municipio Bodega Central, el cual, al perder su categoría en 1945, perdió de paso a Río Viejo, que entonces se unió a Morales. Por último, mediante la Ordenanza Nº 10 del 26 de Noviembre de 1982, la cuna de Ana Matilde Alvarado obtiene el rango de municipio, que aún conserva.

Pueblo de economía con base pesquera y ganadera, Río Viejo está compuesto por una subregión plana localizada junto al brazo de Morales y por otra subregión media-alta que se sitúa en las estribaciones de la serranía de San Lucas. Limita al norte con los municipios de Regidor y San Martín de Loba; al sur con Arenal y Morales; al oriente con el río Magdalena y La Gloria, Cesar; al occidente con los municipios de Tiquisio y Montecristo. En 2005, según cifras del DANE, los 1.234 km² de Río Viejo estaban poblados por 17.512 habitantes, de los cuales 9.354 eran hombres y 8.819, mujeres. Que la actual formación de La Candelaria esté dividida de manera tan pareja como la población del municipio, hace imaginar que hoy han trasladado todo Río Viejo al escenario.

 

V

La Candelaria fue una de las ocho agrupaciones que el Parque Cultural del Caribe invitó para ser homenajeadas en la XIV edición de La Noche del Río, que es el más importante de los eventos de música folclórica que preparan a barranquilleros y visitantes para el Carnaval. Es un muestrario de la música, la danza y la tradición oral de las zonas ribereñas del río Grande de la Magdalena. En esta oportunidad participaron tres agrupaciones de Bolívar, dos del Cesar, una de Magdalena, una de Sucre y otra de Bucaramanga, Santander, donde también se toca la tambora.

Es apenas natural que un evento preliminar del Carnaval les rinda un homenaje a los ritmos y a las danzas procedentes de la Depresión Momposina. Nina de Friedemann, antropóloga pionera en estudios afrocolombianos y conocida por sus proyectos en el Caribe continental y el Caribe insular colombianos, le confiere a esta zona ribereña el título de eje carnestoléndico de la Costa Caribe. El carnaval urbano en Barranquilla comenzó oficialmente en 1876, pero, como sostiene Friedemann, «documentos históricos indican que, en el siglo XVIII, ya existían festividades llamadas carnaval y días de carne, no solamente en la ciudad de Cartagena y en la villa de Mompox, sino en poblaciones como Magangué y otros lugares a lo largo del río Magdalena, en el tramo de la llanura caribe». De municipios y distritos ribereños provienen, por ejemplo, la Danza de Las Farotas (Talaigua), la Danza de Los Enanos (Cicuco) y la Danza de Los Coyongos (Mompox), hoy habituales en la Gran Parada de Tradición.

Pese a las difíciles condiciones económicas, que han propiciado la migración de los habitantes de estas poblaciones de cultura anfibia (la categoría es de Orlando Fals Borda) hacia ciudades como Valledupar, Santa Marta, Barranquilla y Cartagena, los carnavales locales han sobrevivido con sus propias particularidades. Mientras los barranquilleros, disminuidos por el guayabo de los cuatro días de fiesta, están haciendo fila en la iglesia para que el sacerdote les dibuje la cruz de ceniza sobre la frente, la gente de Río Viejo no solo sigue bebiendo ron y parrandeando, sino que lo hace con redoblada inmoderación. «Allá el miércoles es el día más fuerte», dice Ana Matilde, y Lorenzo Camacho, sentado dos sillas más allá en la carpa-camerino, confirma sus palabras asintiendo con la cabeza. En Santa Ana, Magdalena, hay la Danza de Los Gallegos, integrada por un grupo de hombres que se disfrazan con túnicas de satín y máscaras de aspecto siniestro y que bailan empuñando largas y delgadas horquetas. Ese disfraz, según lo advirtió el sociólogo Édgar Rey Sinning en una ponencia dada en la Sala Múltiple del Museo del Caribe dos horas antes del inicio del concierto, «todavía no ha llegado aquí», sugiriendo con el adverbio que el ingenio de los carnavales de la Depresión Momposina aún seguirá enriqueciendo al de Barranquilla.

 

VI

Lorenzo volvió a dirigirse al auditorio luego de tocar «Fuego ‘e las melicias» y «Son de berroche»:

—¿Se sienten contentos con la maestra?

Aplausos. Griterío.

—Bueno, bueno. Eso está bien. Pero ustedes saben que, a una edad de esas..., a los 83 años que tiene Ana Matilde, ya la voz…, ¿ya? ¡Pero ella los está deleitando aquí y ahora vamos a despedirnos con…!

Dos de los invitados especiales a la ponencia de Édgar Rey Sinning fueron Lorenzo Camacho y Ferney Flórez, quien no sospechaba que dentro poco habría de romper su tamborina. Por la intervención que allí hizo Lorenzo fue que me enteré de que en Río Viejo, aparte de tambora, guacherna, tuna y berroche, se toca un aire llamado el «brincao», que se baila de un modo peculiar. Estando con Ana Matilde en el camerino, minutos antes de que ella oyese cómo una pareja de presentadores la llamaba «maestra» y «leyenda» y que su nieto Luis Alejandro la subiera a la tarima tratando de no pisar los cables de las instalaciones, quise saber de su boca en qué consistía aquel baile típico.

—Cuando estemos tocando se van a dar cuenta.

A tres mil quinientos metros de distancia y a media hora del inicio de su espectáculo, a lo mejor Carolina Segebre y Freddy Cervantes estuvieran recibiendo las penúltimas recomendaciones de Pedro Díaz, el coreógrafo. Sin embargo, aquí, en la plaza Mario Santo Domingo, los congregados ya estábamos a punto de ver la danza que Ana Matilde nos había retado a esperar. Lorenzo la anunciaba: «… ¡y ahora vamos a despedirnos con “Son de brincao”!». Los protagonistas eran Julio Peña y Ana Esther García, nieta de la cantadora. Primero salió el hombre y después la mujer. Iban descalzos. Julio, alto y delgado, levantó sus brazos, sosteniendo con la mano derecha su sombrero de caña flecha; luego juntó los pies y, en esa misma posición envarada, empezó a dar saltos en forma de V: centro, adelante-izquierda; centro, adelante-derecha. Ana Esther, morena y maciza, le siguió el paso agitando su pollera. Ambos se sincronizaban: cuando uno brincaba hacia la izquierda, el otro lo hacía hacia la derecha, y viceversa.

Lorenzo, entretanto, cantaba:

Jo-jorobilla,
jo-jorobilla,
jorobilla viene,
jorobilla va,
las manos alante,
las manos atrás.

Ana Esther representaba la acción de los versos: al tiempo que brincaba en V, daba una palmada delante de su cuerpo y otra a sus espaldas. Julio giraba sobre sí mismo y se calaba y se quitaba el sombrero, como si de un juego de tratase. De golpe Lorenzo dijo que nos dejaría de nuevo con la voz de la maestra. «El mismo, el mismo», le indicó y le aplicó el micrófono a la boca. Ana Matilde, sin embargo, permaneció muda. Los instrumentos seguían sonando y más personas seguían llegando a la plaza, que se empezaba a abarrotar. Cuando sintió el toque del aparato metálico sobre los labios, la anciana refunfuñó. Entonces Lorenzo le dio en el hombro un empujoncito que, a juzgar por los murmullos de la gente, fue más fuerte de lo necesario. La cantadora se negaba a terminar «Son de brincao». Tal vez el hecho de que su compañero le hubiera pedido consideración al público por los achaques de su vejez había sido el origen de su molestia. La tensión no era casual. Antes de venir a Barranquilla, Lorenzo le sugirió a Ana Matilde que, teniendo en cuenta el estado en que se encontraba, se quedara de reposo en Río Viejo, mientras otra cantadora, de nombre Marciana, la reemplazaba en el evento de hoy. Ella no lo permitió: o viajaba ella o no viajaban los demás. «Yo fui la que organizó el grupo», dijo. «Esa no sabe nada de la tambora. ¡Busquemos en verdad a los que conocen: a los que puedan dar el relato de cómo fue el principio de nuestra cultura!».

 

   Ana Matilde en el camerino

 

Tan pronto Lorenzo se cansó de insistirle, llegó la niña Juliana y se inclinó sobre la silla de ruedas. Esta vez, tras percibir el roce frío del micrófono, Ana Matilde sí cantó:

Jo-jorobilla,
jo-jorobilla,
jorobilla viene,
jorobilla va.

Al contemplar la imagen de la cantadora rioviejera más allá de un trío señoras que pasa delante de mí moviendo los hombros al son de la música, compruebo que el destino es el artífice de las más amargas ironías. A mediados del siglo pasado, un poeta argentino fue nombrado director de la biblioteca más grande su país al mismo tiempo que se quedaba ciego. De allí que le cantara en sus versos a los oscuros caprichos de Dios, que le había dado «a la vez los libros y la noche». Ana Matilde se ve forzada a permanecer en una silla de ruedas cuando suenan las maracas y la tamborina del grupo que fundó. Se sienta para que otros brinquen y ve todo blanco en medio de la fiesta más colorida de Colombia. Ella, no obstante, da la impresión de aceptar su paradójica suerte con firmeza de ánimo, quizá porque su voz continúa intacta y porque puede seguir cantando para mantener la tradición y, así, cumplir la promesa que, una tarde de julio de 2001, le hizo a su tía Victoria Sajonero, la misma que en la Nochebuena solía atravesar con la tuna las calles del municipio. La difunta cantadora, en su lecho de muerte, levantó la cabeza y le dijo a su sobrina: «No deje morir la tambora».

La exhibición del brincao fue la muestra de cierre de La Candelaria. Eran las 8:16 cuando los quince músicos se reunieron en un abrazo y, de espaldas al edificio del Museo y a los espectadores, que ya no emitían murmullos sino que los ovacionaban, se dejaron retratar en una postal para el recuerdo. La anciana se hallaba en el centro. Seguía con su actitud impasible y con las manos unidas entre las rodillas, como cuando cantó las cuatro canciones y media y también como cuando la vi por primera vez en persona, dentro de la carpa-camerino. En ese ámbito, donde se respiraba el fogaje del aliento de todos los músicos que se encontraban a la espera de sus turnos, ante la cámara de mi celular —que no podía ver—, ella se presentó, clara y lúcida:

 —Mi nombre es Ana Matilde Alvarado Sajonero. Soy la fundadora de La Tambora de la Candelaria y llevo treinta y cuatro años alegre, complacida y satisfecha representando con mi grupo al municipio de Río Viejo.

Visto 635 veces Modificado por última vez en Martes, 26 Marzo 2019 01:06

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