La Danza de las Farotas: el mito que se resiste a morir

Domingo, 10 Marzo 2019 13:46
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Una Farota en plena ejecución de su danza. Una Farota en plena ejecución de su danza. Cortesía

Bajo el sol barranquillero se deslizan coquetamente varios hombres que visten pollerones y accesorios femeninos. Lucen largos aretes y hondean pañuelos multicolores al son de la música que sale de una flauta de millo. Esa danza hace parte de una escena festiva, hay cervezas y música a golpe de cueros.

Les llaman Farotas, pero son hombres. Dan pasos minuciosamente coordinados bajo el instinto guerrero indígena del corazón de Talaigua Nuevo, un municipio bolivarense ubicado en la depresión momposina, teniendo como gran eje a Mompóx, localidad que se erige en la historia colombiana como puerto orfebre. De allá llegaron en buses estos hombres, maquillados, pero varoniles. Ahí surgió la Danza de las Farotas para el mundo, esa historia de audacia que de voz a voz nos han contado como un ejemplo del coraje indígena en defensa de su honor y el de sus mujeres.

Esta tarde, en la Batalla de Flores ‘Sonia Osorio’ –perteneciente al Carnaval de la 44-, la gente que vibraba de alegría durante el segundo de estos cuatro días del Carnaval de Barranquilla serían testigos de excepción de una danza única. Pero antes, el bailarín disfrazado, maquillado, portando su sombrilla colorida para protegerse del feroz sol costeño, toma un pasaboca de la mano de una acompañante que le sostiene sus pertenencias y le retoca el maquillaje para evitar las consecuencias demoledoras del calor que acompaña a los danzantes por toda la carrera 44. Aun con todas estas descripciones contrarias a una apariencia masculina alguien podría dudar si es hombre o mujer.

La Danza de las Farotas de Talaigua es producto de mera tradición oral, como la mayoría de las “tradiciones” o costumbres de Hispanoamérica, y así como las otras expresiones folclóricas ha nutrido el acervo cultural con el que se logró la declaración por parte de la Unesco, de Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad que ostenta el Carnaval de Barranquilla.

Esta danza hizo su primera aparición en las fiestas carnavaleras de La Arenosa en la década de los 80, siendo el foco de chistes por parte de una audiencia insolente y algo machista, que tildaba a los bailarines de maricas. Las burlas se escuchaban al mismo tiempo que los 13 danzantes bailaban al son del millo y del tambor.

Lo que el saber popular conoce del origen de esta danza que cada año deleita a los carnavaleros es una leyenda: el baile de las 13 Farotas rememora una antigua venganza indígena en esta región donde habitaban las tribus Chimila y Farotos contra los invasores españoles. Como bien se sabe, la Corona española arrasó con casi todo tipo de patrimonio simbólico provenientes de los nativos americanos, masacrando a nuestra religión, cultura y mujeres hasta casi exterminar a pueblos enteros. Sin embargo, esa fuerza característica del aborigen precolonial persistió de una total exterminación de nuestra cultura, que casi chueca, y con esto me refiero a medio europea, se encargó de arraigar ese atisbo ancestral por nuestras raíces, las verdaderas, en donde no se cortan cabezas por rezarle a madre tierra.

Se dieron todo tipo de ataques en defensa en nuestra cultura ancestral, generando una actitud de rencor-odio hacia el conquistador europeo, que motivó a los hombres de la región a organizar una emboscada en forma de venganza por las violaciones que recibían las mujeres por parte de los españoles cuando los nativos salían a cazar. Se sabe que una noche, los Farotos decidieron vestirse como las mujeres, con largos pollerones y prendas multicolores propias de la época colonial, para así, cuando los españoles llegaran a divertirse un poco a costas de las féminas aborígenes, se encontraran con los 13 guerreros más bravíos de la tribu. Y ahí, una orgía de sangre lavaría el honor de las tribus. Eso es lo que se cuenta.

“Todo es una mentira, eso lo inventamos”

El reloj marcaba las 2:30 p.m. Al otro lado de una llamada vía celular, desde Cartagena, contesta el investigador cultural y escritor Joce Daniels, nacido en Talaigua y residente en la Heroica desde sus años de adolescente. Estaba a punto de partir a dictar una conferencia a los estudiantes de Literatura en la Universidad de Cartagena con el tema “8 de marzo: Día internacional por los Derechos de la mujer”.

La pregunta era simple: ¿Cuál es el origen de la danza de las Farotas de Talaigua? Y la respuesta de Daniels también lo fue: “Todo eso de la venganza indígena es una mentira, eso lo inventamos a la carrera cuando llevamos la danza al segundo Festival de la Cumbia en El Banco (Magdalena) en 1973”. La voz se oye segura, sin titubeos. Según el investigador, autor de varias publicaciones, esa libertad que se tomaron para darle un trasfondo socio-antropológico a la danza de las Farotas se convirtió en una verdad que muchos, todavía, prefieren seguir aceptando a pesar de que fue eso: una libertad que se tomaron.

En el documento ‘Las Farotas, Mito y realidad de una investigación folclórica’, publicado en 1997, Daniels dice lo siguiente: “Las Farotas no es una danza indígena, malibú o chimila como algunas personas de Talaigua, la región y el país lo pregonan, tampoco es un baile africano o una mezcla triétnica, mulata o mestiza, sino que es un baile típico romaní o gitanos andariegos que llegaron con la España invasora a esta parte del continente, más específicamente a Mompox”.

-Entonces, ¿por qué el mito sigue usándose incluso entre los mismos actores del carnaval? –le pregunto.

-Porque a la gente le gusta el morbo, le gustan todas esas vainas así sean mentiras.

Color, movimiento, belleza…

El público, apostado a lado y lado de la carrera 44, aplaude y vitorea a los danzantes. Las Farotas han conquistado nuevamente a los barranquilleros como sucede año tras año. El mismo bailarín que llegó acompañado de una mujer que le retocaba el maquillaje y se alimentaba antes de salir a bailar ahora es uno más que mueve la pollera y agita una sombrilla. Lo aplauden.

Los cinco movimientos de esta danza, como episodios de una película, llevan al espectador a una secuencia que va de menos a más, triunfal, plena de tensión y cadencia colectiva. El primero es el Perillero, una sincronía de pasos que se aproximan de forma silenciosa, uno tras de otro, siendo todos los danzantes uno mismo, una mera tribu. Después viene La Trenza, ese entrelazamiento entre todos los participantes para acortar todos los espacios vulnerables a un hipotético ataque del enemigo, siempre en defensa y con firme expectativa, que le anuncia a una audiencia expectante, que algo va a ocurrir. Y ahí se ven hondear los colores, vistosos, encendidos.

Sigue El Sombrilleo, quizá el más escultural de todos los pasos, ya que representa ese cortejo necesario e instintivo en todos nosotros para eludir cualquier tipo de acción que se acerca, y que también parece el escudo del guerrero en batalla, que lo utiliza para distraer y confundir al atacante. Ahí le dan paso al Faroteo, el momento de la confrontación, en la dispersión de movimientos figura una estrategia de euforia y ataque hacia el enemigo que ya ha pasado la línea de advertencia. Tiempo de batalla, tiempo de guerra. Y, por último, como modo de cierre de ritual o despedida en forma de victoria o pérdida, se presenta el Saludo, en donde los bailarines se juntan ofreciendo sus gratitudes.

Aplausos. El público agradece la presentación. Dos chicos se toman fotos con los hombres y sus polleras. Quizá, hace 30 años, esa imagen no hubiera sido imposible.

Un mito que permanece

Los mitos, la forma como los pueblos se explican a sí mismos, terminan, a veces, imponiéndose aun cuando las realidades las superan. A pesar de que Joce Daniels quiso ‘enmendar’ la ligereza conceptual acerca de los orígenes de esta danza, sus intentos han sido vanos. Con artículos publicados en los diarios El Tiempo y El Espectador en los años 1997 y 1983, respectivamente, explicó el origen de esta representación folclórica.

La danza de las Farotas de Talaigua, el símbolo de ese municipio y de la zona rural que la rodea, proviene de un pueblo que llegó con la invasión española: los Gitanos, que participaban en las festividades culturales de la Provincia de Mompox, y que inicialmente se llamaban Farotas de La Esmeralda, haciendo alusión a una hacienda en la cual varios descendientes de distintas razas se agrupaban para distintos trabajos de la época, y así sin más, acudían a la participación de dichas ferias y celebraciones de antaño. Todo esto según una investigación folclórica realizada por Daniels. No existió tal venganza indígena, ningunos indios Farotos se vistieron de mujer para vengar a sus mujeres, y tampoco hay un documento que defienda esta gloriosa, pero un poco rocambolesca versión.

¿Por qué es tan difícil que muera el mito creado a las carreras una tarde de 1973 horas antes de presentarse en un festival de cumbia? Una danza en donde 13 hombres se visten con el ropaje femenino de 13 guerreros indígenas para recrear una loable lucha por el honor de un pueblo es un cuento que toca fibras y genera conexión y orgullo ancestral por una razón: por lo menos en esa leyenda les ganamos a los españoles. Es una historia demasiado buena para desecharla.

Como un tono de complicidad, Daniels recordó que –al igual que en el ejercicio de la abogacía- no solo se requieren buenos argumentos propios a la hora de exponer un puto de vista, sino también contradecir los otros, y el mejor ejemplo para sostener esa afirmación es la cruzada que lidera para desenterrar el verdadero origen de la danza que identifica a su municipio.

La Danza de las Farotas, esa misma que nos traslada hacia una tradición que nos inunda el corazón de triunfante orgullo ancestral, hace su despedida figurando un círculo en la mitad de la carrera 44. La vista de todos sigue puesta en ellos, se agrupan cual tribu celebrando, lanzan alaridos propios de nativos victoriosos.

Todos aplauden, disfrutan, se crecen. Sonrisas, orgullo Caribe. Eso son las Farotas de Talaigua.

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