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Transmetro: la arriesgada travesía de miles de atlanticenses

Domingo, 16 Junio 2019 10:33
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Transmetro: la arriesgada travesía de miles de atlanticenses

Un largo recorrido mañanero y un agotado camino nocturno. Los servicios del Transmetro están disponibles desde antes de salir el sol hasta cuando se ven las noches oscuras y desoladas. Casi no descansan, ni duermen, al igual que la mayoría de sus usuarios que, en muchos casos, tardan más de una hora en llegar a sus destinos matutinos a pesar de que abran sus ojos en horas tempranas.

Por: Dayana Villalobos Dimare

Eran avanzadas las seis de la tarde de un miércoles de abril. Se acerca el bus articulado en el que decenas de pasajeros, cansados y miserables, añoran montarse. La extraña y desordenada hilera, que ya había sido formada desde antes, se reduce en volumen y las personas empiezan a quejarse, a empujar, a agarrar sus pertenencias con fuerza intentando pegárselas al cuerpo y a caminar con pasitos diminutos para acortar la distancia entre ellos y el bus; la hilera se ve ahora más oscura y con menos espacios en blanco.

El bus emite su sonido característico que indica que sus puertas están a punto de abrirse. “No se han abierto y ya están empujando”, es lo que dicen muchos acerca de esa desesperante realidad que miles de atlanticenses tienen que aguantar diariamente. Las puertas se abren y el bus empieza a tambalear. Solo se escuchan los golpes que le dan a las puertas y a todo lo que estos pasajeros encuentren en su camino, porque la “débil” condición en la que se pueda encontrar una persona ―ancianidad, niñez, embarazo, discapacidad física y otros problemas y enfermedades― parece no tener importancia a la hora de emprender la obsesiva batalla por una silla gris.

“¡Mira esa coletera!”, expresó un hombre en tono de burla antes de entrar al articulado, un bus grande con una especie de acordeón en la mitad. Daniela, una joven barranquillera de 19 años, vio a las criaturas masculinas con aspecto sucio y descuidado a las que aquel hombre hacía referencia y se arrepintió de haber escogido la puerta número cuatro para ingresar al bus. Pero, aunque no quería, entró, con miedo, pero entró. Buscó un espacio en medio de toda esa multitud y lo encontró próximo a un muchacho gordo y blanco que escuchaba música, satisfecho de haber encontrado una silla para reposar su abultado cuerpo.

El bus comienza a andar iniciando una significativa travesía por las troncales Olaya Herrera (carrera 46) y la Murillo (calle 45) hasta la estación Portal de Soledad, ubicada cerca al barrio Nuevo Milenio en el municipio de donde es oriundo el cantante Checo Acosta y su padre, Alci Acosta: la vieja Soledad. Daniela recuerda que una noche, mientras ella iba de pie en el bus de dicha compañía, una mujer de más de 50 años, quien tampoco estaba sentada, cerraba los ojos por un buen rato y luego los abría. “Cuidado se va a pasar de su estación por andar cerrando los ojos”, le dice una joven a la señora alertándola de lo que podría suceder.

─ Nunca me paso ─afirmó la dama─. Todos los días lo hago. Además, me bajo en la última estación donde todos se bajan. No hay manera de pasarse.

La estación Portal de Soledad es una de las dos grandes estaciones que tiene el Transmetro, sistema de transporte masivo en la ciudad de Barranquilla y el municipio de Soledad y que tiene nueve años de existencia. La segunda gran estación, que Daniela visita todos los días, se llama ‘Joe Arroyo’, nombre que adquirió por una estatua que tiene cerca, la cual rinde homenaje al salsero cartagenero e intérprete de los versos “Hay noches de arreboles que inciiiiitan al amor y en los alrededores se encieeeende el ardor…” y de “Llevo el paso infinito del caminannnteeeee. Yo nací en una tierra lejos de aquíííííí…”.

Minutos después de haber empezado el viaje, Daniela siente un olor extraño penetrando sus fosas nasales. Lo asocia de inmediato con cigarrillo y descubre que el muchacho gordo de la silla gris es el responsable. “Este hombre debió haberse fumado dos cajas de cigarrillos antes de entrar aquí”, pensó Daniela imaginándoselo a él fumando en alguna esquina.

Carros particulares, taxis, motos, buses urbanos y bicicletas era lo que acompañaba a aquel bus articulado en su viaje por las mencionadas calles de Barranquilla y su área metropolitana. Chevrolet Spark GT, Renault Sandero, Chevrolet Corsa, KIA Picanto y Nissan Sentra eran las referencias de algunos automóviles que desfilaban por las miradas de los pasajeros (¡cuánto desearían ellos tener un carro para no ser más golpeados por la avalancha de personas entrando a los buses de Transmetro en hora pico!).

Sin embargo, el problema de Daniela en ese momento no era el cansancio que sentía por estar de pie en un bus con 48 sillas, sino el tufo que salía de la boca de aquel muchacho. Ella mira para otros lados intentando encontrar una salida en algún espacio vacío donde pudiera ubicarse, pero el bus estaba completamente lleno, lleno de personas inmersas en sí mismas y en la música que escuchaban, a través de los audífonos, sin ningún interés de pensar en los demás.

La joven vuelve a mirar a la gran ventana donde tenía clavada su mirada desde que empezó el viaje y se da cuenta de que el muchacho moreno, que estaba sentado al lado del responsable de aquel olor extraño, separa su espalda del espaldar de la silla, frunce el ceño y arruga la nariz. Ya había otra víctima del olor que, en vez de ser de cigarrillo, ya parecía más bien fragancia marihuanera.

Esa no era la primera vez que Daniela había absorbido este aroma en un medio de Transmetro: una mañana ordinaria, como de costumbre, ella había tomado el bus que la acercaría a la Universidad Autónoma del Caribe, institución donde estudia, y minutos después de acomodarse entre el tumulto de gente, sintió ese olor a hierba rozándole la cara. Abrió los ojos con expresión de alerta y, como perro olfateando comida, empezó a buscar de cuál cuerpo humano provenía aquella esencia natural. La estudiante se dio cuenta de que la que se había fumado su porrito mañanero había sido una joven de cabello alisado color anaranjado, de piel clara y de aspecto descuidado que estaba a su lado. “Vaya desayuno el de esta muchacha”, pensó.

 

El morral salvador

Las mañanas parecían ser muy catastróficas para los usuarios del Transmetro. Un día, aproximadamente a las 6:20 a.m., la misma cantidad de personas de todos los días estaban de pie frente a los vidrios oscuros del articulado que ya había arribado luego su recorrido matutino del Portal de Soledad hasta la estación ‘Joaquín Barrios Polo’ y que servían como espejo para reflejar los rostros de aquellos madrugadores. Estos alistan sus motores, hacen presión hacia el piso con fuertes pasos y empujan y golpean.

Daniela logra acomodarse dentro del medio de transporte cuando de repente escucha un fuerte grito producido detrás de ella. Todo el mundo voltea hacia la entrada del articulado y se encuentran con la imagen de una mujer que cayó en el hueco que había entre el bus y la estación: estaba atascada y guindada del piso del articulado dejando sus piernas al aire y muy cercanas a la calle. Todos se quedaron en shock, casi sin moverse, sin creer lo que había pasado. Y la mujer lloraba penosamente.

Pronto fue auxiliada, casi por obligación, por algunos usuarios masculinos que luego le brindaron una silla. La mujer seguía sollozando de forma temblorosa, muy débil… Ella no lloraba por el golpe que le había propinado aquella caída, sino por el susto tan grande que había sentido. Si no es por el morral que tiene enganchado en su pecho, habría caído a la calle siendo arrollada por el alargado bus blanco.

La mujer esperó llegar hasta la estación La Ocho, ubicada en la carrera ocho con la Murillo, para bajarse casi que corriendo. Cualquiera que hubiese sido la actividad que iba a realizar ese día había quedado en el olvido, aplazada para otra fecha.

Ese día Daniela confirmó que era verdad lo que Julián Pájaro, trabajador de Transmetro y estudiante de Administración Marítima y Fluvial de 23 años, le había dicho una tarde de miércoles: “Cuando llegan las horas pico hay muchas personas que quieren entrar como caballos al bus”.

Las cosas eran muy distintas en Cartagena de Indias con Transcaribe, el sistema de transporte masivo que este 17 de noviembre cumple cuatro años de operación en la mencionada ciudad. Para Pájaro, Barranquilla tiene que seguir los pasos de los cartageneros que, cuando alguien se vuela y no paga lo que cuesta el pasaje, ellos mismos se encargan de sacarlo y no necesitan de ningún guía para mantener el orden.

En cambio, en la ‘Puerta de Oro’ de Colombia, según Hernando Palacios, auxiliar de estación desde hace seis meses, las personas, especialmente los estudiantes, no se suman a la cultura de pago y piensan que el servicio es gratis.

Pero a veces las víctimas del Transmetro no son los usuarios, sino sus mismos trabajadores. A Pájaro, y a sus otros compañeros guías, los insultan, pero ellos tienen que aguantar eso porque así, supuestamente, implementan la pedagogía.

─ ¿Quiénes los insultan? ─ le pregunta Daniela a Julián.

─ Señoras y señores que vienen con mal humor, con calor, que nos les sirvió el aire acondicionado… Infinidades de cosas que tenemos que aguantar.

Julián le contó a Daniela que a él no lo han maltratado físicamente, pero que sí tiene compañeros a los que los han golpeado e intentado apuñalarlo en las estaciones de estratos sociales más bajos.

El día que Daniela conoció a Palacios, lo notó tímido y de pocas palabras. Pero cuando él había cobrado confianza, le confesó a ella algo que esta joven no esperaba escuchar: uno de los casos de maltrato físico a trabajadores del Transmetro ocurrió en la estación ‘Joe Arroyo’ en diciembre de 2018 cuando una guía le dijo a un señor que se metiera en la hilera, pero como este no quiso, la empujó con una nevera de plástico hasta meterla en un bus y hoy en día la muchacha usa bastón y está siendo tratada con terapias físicas.

 

La noche

En contraste con la mañana, la noche parecía ser distinta: los usuarios se tornaban desdichados, amigos de la multitud, del desorden, del amontonamiento. Era común encontrarse con jovencitas limándose las uñas entre ellas mismas y señores sudando, cansados y, en ocasiones, con cara de decepción.

Daniela se subió al bus y se ubicó a lado de las sillas azules donde estaba sentada una muchacha gruesa cargando a una bebé blanca y de un cabello negro, brillante y suave. La mujer tenía un tatuaje grande en la parte izquierda del pecho y el fondo de pantalla de su celular era una imagen de alguien fumando. En ese mismo celular tenía fotos que le había tomado a su hija ese mismo día.

La bebé estaba peinada con unas moñitas amarillas y ganchitos del mismo color y vestida de un conjunto de estampado de flores. Otra mujer, no tan alta, que estaba al lado de Daniela, coge un ganchito de la cabeza de la niña, le quita una pelusa y un pelo que tiene enredados y se lo entrega a la criatura quien lloraba por él. Lo primero que hace la bebé es metérselo a la boca. El gancho duró más de tres segundos dentro y Daniela se asustó tanto que abre los ojos y amagó para abrirle la boca a la niña pensando que se lo había tragado. No lo hizo. Pero nuevamente la misma bebé se mete el gancho en su boquita sin generarle ningún tipo de preocupación a su madre, mientras que Daniela, no siendo su progenitora, tenía el corazón en la mano.

Esa misma noche se subió una señora a la ruta expresa S10 en la estación La Ocho y se puso al lado de Daniela. Esta última, que tiene un sentido del olfato relativamente fino, se dio cuenta de que las manos de aquella mujer, que abrazaban un tubo azul, olían a sarna, a huevo. ¡Qué suerte la de esta jovencita de siempre dar con malos olores! “¿Por qué no aparecía algún ángel del cielo oliendo a Zentro Black o a Her Secret Temptation de Antonio Banderas?”, pensaba ella.

La joven de 19 años llega pronto a la estación Joaquín Barrios Polo, también conocida como “la estación que queda por el Estadio Metropolitano”, y camina hacia el final de esta para tomar el último bus de la noche.

“Saludos al viejo Walter, al viejo Lucho…Ya tú sabes que estamos larry lurry la. Abuela, cuidaooo’”, escuchaba Daniela a través de sus audífonos con música champetera y picotera de fondo. Llega minutos antes de que el alimentador ―pequeño busetón― arribase y escucha:

─ Mujeres embarazadas, adulto mayor… ─dice, a través del megáfono, el guía de la estación para indicarle a estas personas que pueden entrar de primeros si se acercan a donde él se encontraba─. Mujeres embarazadas, adulto mayor ─repite.

─ ¡¿Y las mujeres con niños?! ─cuestiona una muchacha indignada y en tono de pleito.

─ Las sillas azules después no alcanzan y empiezan a coger las sillas grises ─ responde el guía de contextura delgada y diente levemente salidos.

Aquella distinción entre sillas azules y grises había sido autoría de los dueños del Transmetro, quienes pensaron que, poniendo sillas de color azul dentro de sus buses, evitarían que los ancianos, mujeres embarazadas, personas con discapacidad y mujeres con niños se preocuparan por encontrar un asiento donde reposar sus débiles cuerpos. Hoy en día, los dirigentes de la empresa de transporte masivo habrán descubierto que la solución no está en el color que les pongan a los asientos, sino en la cultural del individuo atlanticense.

 

Malorie Núñez, un caso especial

Después de haber satisfecho su necesidad alimenticia provocada en el mediodía, Daniela estaba sentada en un busetón de Transmetro junto a su amiga y compañera de universidad, Malorie Núñez. Era una tarde soleada en Barranquilla y esta pareja de periodistas en formación tenían un mismo destino: calle 72 con carrera 48.

─ ¡El Transmetro a mí me encanta! ─expresó Malorie.

─ Eso es porque no lo coges todos los días.

Y como si hubiese ignorado lo que Daniela había dicho, Núñez enunció con una sonrisa divertida en su rostro: “El servicio de Transmetro es muy chévere, muy diferente a lo que ya hemos visto en Barranquilla. Antes no había un servicio de transporte público con aire acondicionado y cómodo. A veces en las horas pico no es tan cómodo, pero a mí me encanta porque es diferente”.

─ Tú estás loca, ¿verdad? ─ le preguntó Daniela a su amiga esperando un “sí” como respuesta. Sin embargo, lo que escuchó fue:

─ No. A mí me gusta la recocha como buena barranquillera. Me encanta el ambiente de los buses de Transmetro cuando voy con mis amigos que estudian música conmigo.

Núñez le contó a su compañera que hace tres años aproximadamente, ella vio que un conductor de Transmetro había detenido el bus que iba conduciendo y se había bajado de este. “¡Ñércole! Se varó”, había pensado Malorie. Pero de lo que se percató la amiga de Daniela fue que el chofer iba a abrir una de las puertas del medio de transporte para ayudar a bajar a una persona con discapacidad que se encontraba dentro de este.

─ Cuando yo vi eso me dieron ganas de llorar, casi se me salen las lágrimas ─ le contó Malorie a su amiga.

─ ¿Y qué piensas acerca del desorden que se forma cuando la gente va a entrar a estos buses en las horas pico? ─ cuestiona severamente Daniela.

─ Pues el barranquillero es eso: recocha. Aquí se empuja, se tira, se hala, se coge; eso me gusta a mí.

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