El comunicador

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Jueves, 29 Agosto 2019 09:24

Royal Rumble por una silla

(Royal Rumble es un evento anual de pago por ver producido por la WWE). En Barranquilla, normalmente en hora pico se presentan miles de batallas como esta, en donde el premio no es un cinturón de lucha libre sino, un puesto en uno de estos servicios articulados. Transmetro es el medio de transporte más importante de la capital del Atlántico, con casi tres millones de usuarios.

El 10 de julio de 2010, Transmetro desplegó sus alas. Barranquilla se unía a las ciudades de Colombia con este tipo de sistema de transporte público, una nueva aventura para los ciudadanos de la ‘Puerta De Oro’ y una oportunidad para el progreso de la arenosa’. Por medio de tarjetas recargables se inició con $1.400 como costo del pasaje, pasaje que hoy día tiene un valor de $2.100 y $2.200 domingos y festivos. Barranquilla empezaba a ser atravesada por articulados y buses. Desde el norte hasta el sur, llevando viajeros que con un solo pasaje pueden contemplar la imponente ciudad, una imponente Barranquilla con deseos de seguir creciendo.

El sistema cuenta con 15 estaciones troncales. La mayoría de estaciones han sido llamadas con los nombres de personajes icónicos de la ciudad. El Joe, Estercita Forero, Pedro Ramayá, entre otros. Tres rutas troncales las cuales son: R1-S1, B1-S2 y R2-B2. 21 rutas alimentadoras, 8 en Soledad y 13 en Barranquilla. 284 buses vinculados a la flota los cuales se dividen en: 92 articulados, 85 padrones y 107 busetones. 14 kilómetros en rutas troncales, 190 kilómetros en rutas alimentadoras. Más de 600 paraderos de rutas alimentadoras y 32 puntos de recarga aprobados por Transmetro. Parece ser un amplio ejército para la movilización de la ‘arenosa’.

En la famosa estación del Joe Arroyo se forma una poderosa guerra campal cada vez que son las seis de la tarde, decenas de personas se aglomeran en dicha estación para tomar un servicio articulado que los lleve a su lugar de destino. El drama comienza cuando llegan los buses, puesto que parece que fueran colocado a sonar la campana de un ring de boxeo, escabullirse entre las personas y conseguir entrar al Transmetro es una tarea tan difícil que el que la consigue, deberían darle una medalla olímpica por su valor y agilidad.

 Es tanto el desastre, que en medio de esta odisea se forman discusiones, empujones y hasta peleas, con tal de conseguir el boleto dorado que los lleve a casa. La mayoría de las personas que toman este servicio se han quejado por la forma de operar del sistema articulado, debido a que en la mayoría de ocasiones este llega retrasado a las estaciones, dándole un plus para comenzar una nueva lucha de supervivencia. 

Adentro del servicio las cosas no cambian mucho, ni un alfiler puede estar cómodo, sin contar que con la masiva llegada de los venezolanos las cosas se han complicado aún más, ya que con “el estadio lleno” se suben a vender y eso produce descontento entre los barranquilleros por la gran incomodidad.
Sumado a esto, las llegadas a una estación son otro martirio, decenas de personas se bajan y suben a la vez, produciendo otro caos en medio de la llamada “hora pico”. Los trabajadores de turno no solo salen cansados de estar laborando por más de ocho horas, sino que también tienen que aguantarse el mal servicio del Transmetro y una multitud de personas que de igual forma como ellos buscan llegar a su casa lo más pronto posible.

Y el cuento no termina ahí, algunos de los articulados no les funciona el aire acondicionado, dejando que las cosas se pongan más difíciles para las personas que van en el bus. Los que más sufren son los niños y las personas de tercera edad, quienes no cuentan con las mismas capacidades físicas para adaptase a un bus que va repleto y que no te deja moverte como quisieras.

“Una bonita, linda y educada Barranquilla que me regale sus buenas…”. Este es el discurso de centenares de vendedores ambulantes Venezolanos que ocupan los medios de transporte público de la ciudad, en especial el Transmetro. Frente a la escasez de empleo o por no contar con los papeles de residencia, utilizan esta práctica como sustento diario para mandar dinero a sus familiares residentes en el vecino país y su estadía en la ciudad.

Aunque no todos venden golosinas o cualquier tipo de objetos de pequeña dimensión, algunos reparten catedra de arte musical, la cual se convierte en muchos casos en aquellas melodías que endulzan los días de aquellos pasajeros cansados y aburridos. La personalidad de estos incansables trabajadores inmigrantes es de admirar. Entrar a cientos de articulados, encontrarse con caras largas y gestos de desagrado no debe ser una buena experiencia pero, con unas frases casi que ensayadas y el reparto de armonías angelicales consiguen el agrado de su público.

De la misma rama de los artistas se desprenden los famosos “Raperos”, cultura característica de Venezuela debido a la inmensa lista de grandes exponentes de tal género. Los Raperos a gritos y con sentimiento relatan la cruda y dolorosa realidad de la que más de tres millones de personas han escapado.
La práctica del rebusque en las instalaciones de Transmetro no está permitida. Por ello a diario muchos trabajadores extranjeros son obligados abandonar las estaciones donde se abordan los buses.

Actualmente 130.000 pasajeros abordan a diario. El sistema brinda un servicio para todo tipo de personas, desde discapacitados hasta adultos de la tercera edad. En Transmetro se evidencia la inclusión y muchos valores debido a que dentro de sus 2.800 empleados, se encuentras trabajadores discapacitados. He aquí nuevas oportunidades para tales personas. Aunque muchos lo critiquen este medio ha facilitado la movilidad de la ciudad y hoy día es una de las columnas que sostiene a Barranquilla en su camino hacia el futuro.

Por Brandon Esparragoza, David García

Jueves, 29 Agosto 2019 09:05

Derecho, derecho hasta la 84

En las altas horas de la noche la ciudad de Barranquilla cambia su entorno. El fervor que la caracteriza se apacigua al igual que su imponente calor. Todo sigue, como en muchas partes empiezan fiestas mientras que algunos duermen, pero sin excepción el ejercicio del rebusque se sigue empleando. Frente a la jornada nocturna el transporte público termina su circulación. 

En ocasiones no se encuentra un transporte formal que movilice a las personas hasta sus viviendas, normalmente tras terminar sus horarios laborales. Estos se prolongan y tomar un taxi no es una opción rentable para estas personas, que por lo general viven como se dice coloquialmente ‘de polo a polo’ en el sur de Barranquilla y su área metropolitana. Por ello, aparecen los ‘Murillo Derecho’, como se conocen a las busetas que prestan un servicio de transporte informal, que le resuelve a los ciudadanos y les permite llegar a sus destinos. No solo son utilizados por trabajadores, a su vez centenares de personas cuya labor finaliza a altas horas de la noche.

Los conductores que se emplean en estos buses comienzan la labor desde las diez de la noche y finalizan a la una de la madrugada en días ordinarios, en fines de semana, las labores se extienden hasta las cuatro de la madrugada. Algunos se encuentran estacionados en la esquina de la calle 84 con carrera 46 faltando cinco minutos para empezar su trayecto. Justo allí inicia el recorrido. Aquí entra el papel del copiloto, y es cuando anuncia que el bus comenzará a hacer el recorrido.

El copiloto representa una gran responsabilidad. Desempeña los cargos de administrar el dinero, velar por la seguridad de los pasajes y atraer a posibles pasajeros de una forma propiamente de la costa.

“Murillo derecho, Murillo derecho Pilas, que se va”, grita el colaborador, cuyo cuerpo permanece suspendido justo en la entrada de las busetas, con el fin de que su voz tenga un mayor alcance a unas cuantas personas que merodean este sector del norte o a su vez el sector del sur.

Comienza el recorrido, en una ciudad que en las noches se ve hostil, a bordo pasajero de todo tipo de clases, desde caras que no dan de fiarse, hasta rostros amables y colaboradores. Es así como el ‘Murillo derecho’ sigue su ruta bajando hacia el sur de la ciudad, con un gran fluido de pasajeros que se suben y bajan dependiendo al lugar de su destino.

Hay quienes ven este método de transporte como eso, un simple método de transporte. Hay algunos que lo ven como una aventura, otros como una forma muy accesible de ponerse en peligro. Desde malas experiencias, sustos y demás, parte de la comunidad Barranquillera se refiere a los Murillo Derecho sutilmente como aquel transporte donde te puede pasar cualquier tipo de cosa. Si bien sacar conclusiones por aspectos de pasajeros que, aunque con aspecto de ser asesinos en serie, anécdotas de atracos o violencia han redactado la reputación de estos, convirtiéndose en algo difícil de cambiar.

También se le pueden aludir tales suposiciones a la hora en la que normalmente salen a circulación. Nunca falta la persona desconfiada que se sienta en la primera banca del bus para estar bajo la vigía del conductor, o quien se guarda sus pertenencias donde no sean visible al ojo de cualquiera con malas mañas. Si bien está el dicho, es mejor prevenir que lamentar.

Gracias a los tantos años acelerando por Barranquilla de Sur a Norte y de Norte a Sur, han logrado transcender a tal punto de convertirse en un símbolo de peso que representa a la ciudad. Tal es su significado que se pueden comparar con comerse un raspado para calmar el calor, jugar dominó o colocar piedras para tener un marco de fútbol, costumbres y prácticas que desde tiempos inmemoriales se llevan a cabo en La Puerta De Oro, y que a su vez componen junto con otras actividades la cultura característica de La Arenosa.

‘Los Murillo Derecho’ son el transporte de rumberos, trabajadores y centenares de personas que permiten que siga su ruta diariamente y se convierta en un buen modo de remuneración para quienes se sustentan de tal trabajo.

El costo del pasaje para ingresar al colectivo bastaba de mil pesos. Llegar rápido a su destino costaba la mitad de lo que se suele pagar en el transporte público estando en horarios diurnos, lo que terminaba siendo extremadamente barato. El precio cambió en el 2018, ahora su valor es de dos mil pesos el mismo costo que manejan la mayoría de las rutas de la ciudad. Si no tienes los dos mil exactos el copiloto de una manera no tan sutil te brinda dos opciones, o te bajas y te devuelven el dinero, o completas el pasaje y sigues tu rumbo.

Otra de las cosas que suelen decir quienes dirigen la orquesta del bus es: colabórenme siguiendo al fondo que hay espacio. Los pasajeros suelen tomar tal orden como burla debido a que siempre que lo dicen no hay más espacio. Obtienen luego una respuesta que resulta graciosa y la que casi en coro se menciona: claro… nos vamos pal segundo piso.

Frente a la inseguridad que azota a la ciudad y el exponerse en lo que debería ser un viaje tranquilo, este medio de transporte resulta eficaz y aporta en muchos aspectos a la ciudad. Sin duda alguna, los ‘Murillo Derecho’ sacan de apuros a muchas personas, tanto es así que estos buses de servicio público son de lo más conocido en Barranquilla.

Por David García, Brandon Esparragoza

Un laberinto de casuchas medio construidas y tablas medio puestas dan la bienvenida. El hedor y el fango en las sandalias adaptándose a la pestilencia, la gente con una bolsa de agua entre los dientes, los brazos curtidos por el sol, mujeres de talla grande pavoneándose con un termo de tinto para vender cuyos mini pantalones tratan de aferrarse a sus nalgas, componen la descripción más acertada de lo que se observa al caminar por el mercado que te lleva directamente al centro comercial “Miami”.


Te toca arrugar la nariz cuando recorres la acera de un local con los brazos extendidos tratando de mantener el equilibrio para no pisar los charcos ni resbalarte con el moho, pues hay un lodazal compuesto de aguas estancadas, verduras podridas esparramadas en la calle, mientras unos fulanos hacen fila para botar nuevos desechos de comida en la pila que han destinado para su bausero.


La maraña de mesones alineándose uno al lado del otro, ligeramente doblados hacia un lado, algunos con tablones pintados de azul, otros de un rojo pálido, han sido cómplices del sudor que se desborda trazando su rumbo desde la frente hasta la mandíbula, donde la gruesa gota va desvaneciéndose por el gaznate para aterrizar en la camiseta, este hombre llevado por la rutina no se daba cuenta de sus movimientos, mete el pulgar en el cuello de su camisa y se restriega la nuca, su única aspiración del día es llegar a casa con algo en los bolsillos.

 

Se han hecho amigos de las moscas en cada paso que dan, las llevan detrás de ellos, su ademán más practicado es tener agarrado el borde de la mesa con una mano y con la otra abanicar los productos que están vendiendo, preferiblemente cuándo tienen cerca un posible cliente, de no ser así, ¿Para qué el esfuerzo?

Ellos son capaces de vivir en el tufo de su costumbre, donde ni toda la mugre o las nubes oscuras cargadas de aguaceros les impide disfrutar el día como una nueva oportunidad para ganarse unos pesos, evidencia de esto, el tipo que con trenzas halando su cráneo y camiseta del junior, bailaba al ritmo de una champeta, mientras lejos de él yacía una bolsa cargando una pila de ají.


De manera simultánea, cada miembro desde la fría madrugada está con la radio a todo volumen, la actitud que merece la vida, con un pocillo mosqueado de tinto que desantoja; se disponen a sacar los carritos que sustentan sus vidas, llenos de aguacates, empanadas, plátanos, y mandarinas revueltas con carimañolas, todas en un mismo mostrador, embrolladas con las ilusiones que ellos tienen todos los días al hacer sus ventas.


- Aquí la gente consigue de todo, y si no hay se lo buscamos, lo rebajamos, pero no se van sin comprarnos, nuestro lema es traer a la gente con rebajas a veces, eso es lo que les gusta al fin – Menciona un vendedor que estaba sentado en un peldaño con las piernas abiertas, las manos entrelazadas dejándolas caer por la gravedad, encorvando ligeramente la espalda, mientras se turnaba con su hijo para continuar con las ventas.


Conforme transcurría el día, la montonera de personas realizaban todo de manera fugaz, las acciones de cada cual eran rápidas, desesperadas, “un revuelto verde y una libra de Zaragoza” la señora golpeaba el piso con la chancla, su mayor energizante era irse para la casa, las personas de aquí para allá, solo ignoraban a los vendedores de los que no tenían necesidad.


- ¡Niña pásame eso ahí, corre, pilas, pásame eso!- Gritaba con desespero un tipo robusto, moreno, cuarentón, con una camisa blanca que traslucía el amarillo de su sudor, le pedía sin decencia y delicadez a una jovencita.


Mientras ella pasaba lo miraba con terror y suspicacia hacia él, aquel sujeto pedía que le pasaran una bolsa negra, sospechosa con trapos encima que había dejado caer mientras se montaba en el bus; ante las miradas incrédulas de la gente y la confusión, la niña pensó durante segundos en pasarla, pero finalmente agarró la bolsa con rapidez y la soltó en las manos del señor que sin darle las gracias partió.

- ¡Mi hermano puede ser muy loco, pero ratero no es compa!- Así afirmaba un hombre de contextura delgada y ojeras profundas, reiteradas veces la misma frase con el ánimo de defender a su familiar de las acusaciones del vecino de los aguacates. No serán extrañas estas situaciones, las rivalidades van y vienen, así ocurren por montones, pero finalmente todos allí  son una familia, todos se ayudan mutuamente, son años de permanencia en ese lugar que ha sido testigo del sudor trabajado día a día para sustentar sus vidas y convertirse en su zona confortable.   

No todo es color gris y malos olores en las calles del miamicito. El presente del lugar tiene un trasfondo de envolventes historias, sueños que quedaron estancados y bajo las sombras de cuánta hortaliza haya, pero pese a las decepciones, son gente que vive aún con la ilusión de lograr al menos, vender lo suficiente para llenar de sonrisas sus hogares.

- Aquí el que más grita es el que más vende – comentaba don José, de setenta años, cincuenta y tanto de ellos dedicados a vivir de la venta da verduras en los alrededores del mercado público que adorna el Miamicito, y si lo ves parece un roble; recuerda con nostalgia cuando se inició en estas ventas con tan sólo dieciséis años, una pequeña carretilla roja, unas cuantas frutas y desde temprano hasta que llegara la noche, aunque sentencia que las cosas eran diferentes en sus tiempos, con certeza no sabe si mejor o peor, pero diferentes al fin.

Un territorio sin ley. El folclorismo sobreabunda entre los barranquilleros que se ganan la vida en los mercados, y en este por supuesto, no falta la mamadera de gallo, los piropos, las murgas entre sí; todo hace parte del espectáculo. Cada quien dice lo que quiera, se expresa como desea sin temor a que alguno le reproche algo, no hay egoísmos, por el contrario disfrutan de sus discusiones al mismo tiempo que se colaboran sin condición alguna.

La diversidad está en cada esquina, desde pastores predicando apasionadamente en el espacio, hasta embarazadas con niños en brazos caminándose todo el sitio, pero finalmente esperando colaboración alguna de manera horrada.  Sin duda alguna la gente se disfruta su trabajo, y los que ejercen sus compras se van felices, pensando que aguantarse los olores es lo menos importante cuando saben que se llenaron de mercado sin gastar mucho billete.

Daryanis Sánchez, Daniela Hernández.

En entrevista con Jaime Pumarejo, el aspirante a la Alcaldía de Barranquilla habló con profundidad sobre su vida, sus proyectos y su visión de la ciudad.

Por: Dayana Villalobos y Andrea Hasselbrink.

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Capital de arte, de vida y Puerta de Oro de Colombia erigida en Villa el 7 de abril de 1813. La casa de cultura, de fraternidad y de educación que llega a sus 206 años de historia, pero que solo aquellos que la han vivido son capaces de contar y por supuesto, de gozar.

Miércoles, 03 Abril 2019 11:35

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