Anfield: Un templo que no se profana y Liverpool logra lo imposible

Martes, 07 Mayo 2019 20:04
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Anfield: Un templo que no se profana y Liverpool logra lo imposible

Una imagen casi irreal fue la que salió de Anfield, un templo del fútbol mundial: Liverpool, alcanzando la gloria; Barcelona, el ridículo. Cuatro goles por cero fue el marcador final con dobletes de Divock Origi (7', 79') y de Georginio Wijnaldum (54', 56'). El equipo rojo es el primer asegurado en la final de Madrid.

Camina, camina, con tu esperanza en tu corazón, y nunca caminarás solo, nunca caminarás solo... En 1956 apareció por primera vez 'You'll never walk alone' en el musical Carousel, escrita por la mítica dupla de compositores norteamericanos Rodgers y Hammerstein. La canción se comercializó en 1963 Gerry and the Pacemakers, colocándose en la cima de las listas de popularidad en el mismo año por cuatro semanas, cosa que era común para los artistas en aquella época.

Lo que fue originalmente una obra del séptimo arte, hoy fue la antesala del duelo entre Liverpool y Barcelona. Pero no fue una casualidad, está claro. En el escudo del Liverpool está el nombre de la canción que, partido tras partido, es coreada por los incondicionales hinchas del equipo inglés con más títulos internacionales conseguidos en la historia. Hoy no fue la excepción. En la previa, el concierto de los aficionados erizó la piel de propios y extraños, hasta de quienes veían el juego por televisión.

No pude definir con exactitud cuál debía ser el título más apropiado para una noticia con dos cabezas: La gloria alcanzada por el Liverpool o el fracaso despampanante del equipo catalán.

En lo que se remite al partido, primeramente, pudimos ver a un Liverpool agerrido. La noche fue fatídica para los dirigidos por Ernesto Valverde, o mejor, interminable. Las emociones llegaron con el séptimo minuto de partido, cuando una jugada de velocidad por parte de los locales concluyó con el esférico en el fondo de la red. 1-0. El público gritaba en medio de la euforia que el milagro era posible.

Hasta ese momento, había cierto aire de tranquilidad entre los hinchas Barcelonistas. Era claro que el Liverpool iba a salir a devorar en por lo menos los primeros 15 minutos de partido. Con lo que ellos no se esperaban, más todavía teniendo en cuenta que el equipo Rojo no contaba con las figuras de Salah y Firmino, principales estrellas del club, era la inspiración que invadió el corazón de cada jugador. Viéndolo desde otro ángulo, el Barcelona era perdedor por mar, tierra y aire. Un fútbol desconocido al que vimos la semana pasada en el Camp Nou, con un Messi sin iluminación y con el resto de futbolistas con las aspiraciones en ninguna parte. Podemos decir, en resumidas cuentas, que perdió por no saber imponer sus condiciones de favoritismo en un contexto que los presentaba con todas las posibilidades de un partido 'de trámite'.

El fútbol de novela terminó esta noche, para el Barcelona, porque el Liverpool saqueó el libro y, al mejor estilo de la infancia, llevó a sus hinchas hasta la cuna de los sueños para contarles una historia que se puede hacer realidad: La remontada.

Como ya mencioné, el primer gol fue obra de una acción ofensiva que acabó con Origi convirtiendo el primer tanto del encuentro. Posteriormente, el Barcelona tendría un par de oportunidades claras para equilibrar el marcador parcial y trabajar en una estrategia. Ese debía ser el plan. Debía. Lo que pasó fue que un Fabinho gigantezco en la mitad del campo, y un Van Dijk bendito, aparecieron para impedir cualquier opción de ataque por parte del cuadro blaugrana. Intentaron de todo, como buenos archirrivales de historieta: Tiros de corta y media distancia, sucesión de pases, transiciones veloces de defensa-ataque, pero nada resultó. De igual manera, fueron contadas las intenciones serias de ataque que sostuvo el equipo de Messi.

La magia duró 30 minutos en los que el partido dejaba sin aire al planeta fútbol. Los últimos 15 del primer tiempo se vieron marcados por la lesión de Henderson y la posterior entrada de un héroe insospechado: Georginio Wijnaldum. Sobre él, en pocas palabras, podemos decir que es uno de esos deportistas que nacen con ese don del 'Clutch', que se traduce como 'el que aparece en los momentos clave'. Y vaya que apareció.

Al final de la primera mitad, apareció la primera tarjeta amarilla del encuentro, cortesía del arbitro Cüneyt Çakir para Sergio Busquets.

El descanso llegó, pero el mundo jugaba un partido virtual que iba desde las gradas de Anfield hasta el último rincón del mundo. La discusión sobre lo que pasaba en el terreno de juego se expandía de la misma forma que un vinilo se esparce en el lienzo para una obra de arte. Así, de la misma manera. 

Pasaron los quince minutos y arrancó el segundo tiempo. Con él, la entrada del ya mencionado Wijnaldum. Primero fue Van Dijk quien dio un aviso de gol en el pórtico de Ter Stegen. El arquero alemán se sobrepuso a un cabezazo por parte del central belga para volar por los cielos de Liverpool y alcanzar una pelota que amenazaba con meterse en el segundo palo. Una jugada brillante a simple vista. De inmediato, respondió el Barca con una contra que acabó con un Lucho Suárez que desaprovechó por completo su cara a cara con Allison Becker, portero del Liverpool.

Y entonces, llegó el momento de la luz. Un error de Jordi Alba en salida le deja el balón al lateral Alexander-Arnold del Liverpool que recorre un par de metros con la pelota en sus pies hasta meter un centro razante que atraviesa media area del cuadro catalán sin ser despejada por nadie y, como una broma del destino, ser alcanzada por un Wijnaldum que, sin mediar palabra, ejecuta su fusil para acabar con Ter Stegen. Fue el primero en su cuenta personal.

Lo que vino después, bueno... La transmición a través de la radio no había acabado de aclarar los detalles del segundo gol del Liverpool cuando ya el locutor estaba cantando el tercero. No hubo espacio de aliento entre un gol y el otro. No hubo espacio para que el corazón diera dos latidos. No tuvo oportunidad el Barcelona para salir de las cuerdas. El segundo gol fue un centro por la derecha, banda de dominio de Alexander-Arnold. El tercero llegó por la izquierda, carril por el que transitaba Xerdan Shaquiri. El suizo lanza un centro que Wijnaldum sabe controlar con la cabeza para así disparar hacia el arco de un Ter Stegen que no encontró forma de detener el hambre de gol que poseía al jugador holandés.

La gente se volvió loca. Hubo gritos y las cámaras del mundo enfocaron cómo la afición se convertía en una sola en medio de un abrazo que unió a propios y extraños, sin diferenciar entre idiomas, sexo, religión o color de piel. Todos eran un corazón latiendo dentro de Anfield. Un fenómeno parecido a lo que ocasionaba Nicolino Locche cuando peleaba en el Luna Park de su natal Argentina.

Todo fue antes de que el partido alcanzara la primera hora de juego. El cronómetro marcaba 56 minutos de partido.

Lo que se vino después, fue adrenalina pura corriendo por las venas de los jugadores del cuadro local que jugaba con las alteraciones en la respiración de sus rivales. No entendí muy bien lo que estaba sucediendo en el interior de los jugadores blaugranas. Messi intentaba por cielo y tierra, como el condenado que se niega a entender su fatídico destino, mientras que cada uno de los once jugadores del equipo rojo, demolía con el paso de los minutos a un Barcelona que se alejaba de cualquier posibilidad de un gol.

Y bueno, pasó lo que tenía que pasar. Hasta ese momento, podían suceder tres cosas. La primera, que se mantuviera el empate, cosa que mantenía viva la esperanza de un Barcelona que había intercambiado los papeles con los adversarios. Lo segundo, era un gol por parte del Barca que reviviera el alma de los jugadores catalanes, cosa que ningún hincha escéptico consideraba posible, dado el juego frío y lúgubre que presentaba el Barca, o tercero, un gol del Liverpool que diera la estocada final.

Eso fue lo que pasó... Sí, eso fue lo que pasó.

Antes de continuar, solo cabe recalcar que, hasta el minuto 60 de juego, el único jugador con los cinco sentidos a pleno era Arturo Vidal. Convertido en una auténtica fiera, mantuvo con firmeza su posición en el mediocampo y, de no estar, quizás la masacre habría dejado una cifra aún peor. Y claro está, Messi, que hizo todo lo posible, pero bueno... Qué se puede hacer.

Lo intentó con Suárez, con Coutinho, de nuevo con Suárez, de nuevo con Coutinho, él mismo, otro, otro y otro remate pero la respuesta siempre fue la misma: Allison Becker. Parecía un Iker Casillas jugando con el Madrid en sus mejores años. Tapó arriba, abajo, en el medio, en la otra esquina. Quizá tenía hasta para ayudar a Ter Stegen.

El gol final, el esperado a fin de cuentas, llegó en el minuto 78. Todo caballero repite y Origi no quería ser la excepción. Sepultó cualquier esperanza en un juego que fue de su equipo desde el primer momento que rodó el balón. Podemos felicitar a los dos autores, a los asistentes, a la defensa que estuvo férrea, al arquero, inmaculado, pero en mi concepto, creo que el gran artífice fue Klopp. Una estrategia planeada como un gran robo, así fue. Un robo intangible para los hinchas, para los jugadores, pero que toma forma y es real para cada corazón que palpita por el Liverpool, que sigue caminando sin perder la esperanza, porque nunca caminan solos.

Visto 120 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Mayo 2019 21:56

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