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¿Qué sentido tiene ahora el Paseo Bolívar? Destacado

Viernes, 05 Abril 2019 23:47
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¿Qué sentido tiene ahora el Paseo Bolívar?

 En vísperas del cumpleaños 206 de Barranquilla, el cronista hace un recorrido por su avenida más antigua e intenta responder, para turistas desprevenidos y ciudadanos habituados, la pregunta acerca de su sentido en una tarde abril de 2019 

 

Por: Luis Ramos Palacín

 

El Paseo Bolívar, como Comala, «sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja». Si alguien viene de la Iglesia de San Nicolás, el Libertador, su espada y su caballo lo esperan en sentido sur-norte; en cambio, si las vicisitudes de la vida pusieran a ese mismo individuo al otro extremo, en la carrera 46, debería caminar en sentido norte-sur para encontrar la estatua, que se le ocultaría detrás de la Torre Manzur.

Los ciudadanos pragmáticos que van saliendo de Todo a Mil deben ajustarse la bolsa bajo el brazo y echar a andar en sentido oriente-occidente para saludar Bolívar. Ese sentido es opuesto al que deben seguir, para llegar al mismo sitio, los comensales que abandonan la Barra Antioqueña, en la calle 35 con 44. De modo, pues, que si a un turista curioso se le diera por preguntar qué sentido tiene el Paseo, cabe responder: «Depende de si  usted solo tiene mil pesos o si puede pagar los trece mil que cuesta la media bandeja paisa en la Barra».

Sin embargo es posible, también, contestar esa pregunta de otro modo.

 

El olfato y el gusto del Paseo

Al mediodía del viernes 5 de abril, al principio de la acera que está a la derecha de Simón Bolívar, hay un perro negro que revuelve el hedor de una pila de bolsas de basura; ese hedor se trenza en el aire con la estela de un perfume que evoca el sabor de los chicles de frutas tropicales. Más allá, unas negras de pañoletas rojas atienden su refresquería móvil llamada Flor del Coco, «donde se chupa sabroso». Atravesando la carretera, de vuelta al principio del camellón, un sujeto de enormes cachetes carga en el hombro un pote de vidrio con jugo de zanahoria sin hielo y de un naranja radioactivo, con apariencia poco saludable.

El Paseo de Bolívar —salvo que nadie utiliza el posesivo— huele a incienso y a sudor, a pollo rostizado y a bollo de angelito, a butifarra, diabolines, sopa de frijoles, higos en almíbar, café y algodón de azúcar, a empanadas de camarón y a dulce de ciruela, a chuzos de carne y de chorizo y, por ratos, a las aguas podridas que se encharcan y hacen flotar envolturas de masmelos o cáscaras de mandarina al borde de la carretera. Caminando por allí, uno se encuentra con el olor del humo del cigarrillo de una inmigrante venezolana y con los efluvios santeros de un puesto de ungüentos y hierbas medicinales: hojas de jubabán, canela del monte, albahaca, abrecamino. También uno se tropieza con el aroma del betún de un lustrabotas sin pelo, que revisa el brillo del zapato con la concentración con que un joyero revisa una pieza recién bruñida.

 

El tacto y el oído del Paseo

Aun sin cambiarte a la acera izquierda, es posible que te aferre por el antebrazo un vendedor que señala unos botes de champú ubicados en fila sobre un tapete, con una aplicación casi militar. La mano del hombre está fría y húmeda. Aparte de la palma de un comerciante que acaba de soltar un vaso de limonada, lo único frío que sentirá a la una de la tarde quien merodee el Paseo serán las rachas de aire acondicionado que se escapan del interior de los almacenes de ropa o la plataforma de vidrio del peso digital que un anciano de mirada melancólica —en la acera que se extiende, ahora sí, a la siniestra de Bolívar, frente a la casa de alquiler Lord Inglés— alquila por doscientos pesos. Aunque no hay razones cuerdas para palparlo, frío es, asimismo, el metal de la valla enana que yace clavada entre dos arecas, justo enfrente del edificio de la Alcaldía. En esa valla, al principio, está escrito lo siguiente: «Apuesto a que Barranquilla tiene siempre este aire luminoso; que la gente, por dentro, es amplia y limpia de corazón como las calles...». Es un fragmento de «La mujer que se parece a la ciudad», de Gabriel García Márquez. 

Si ofrecen una tregua el rumor y los pitos de los carros que bajan despacio por la 34 —obedeciendo la señal de la espada apuntada del comandante de la Campaña Admirable—, acaso sea posible oír el arrastre del carrito de mercado de una indigente, que en lugar de víveres carga sillas rotas y muñecos de felpa. Si los vehículos se represan bajo el semáforo, también puede uno espiar por treinta segundos la discusión telefónica de un transeúnte de bíceps prominentes, que con rabia le asegura al interlocutor que irá a encarar a Ramiro, no importa si Ramiro se cree MacGyver. Puedes asimismo percatarte de cómo al anunciante paisa, de riñonera abrochada en la cintura, micrófono inalámbrico y hechicera labia de culebrero, en algunos locales le ha salido un competidor más pequeño, pero igual de fluido y más incansable: una grabadora que se adelanta a tu curiosidad y se pregunta con voz infantil «¿A cómo?», para de inmediato responderse a sí misma con un tono más grave: «A cinco y a diez mil pesitos. Relojes originales. No se pase, que es aquí».

Es verdad que si uno decide pasar de largo se perderá de los Rolex más baratos del mundo, pero de no seguir avanzando uno se privaría de ver otras cosas que pueblan este pequeño, variopinto y centenario minicontinente de Bolívar.

 

Del Paseo la vista

Cualquiera que haya atravesado esta avenida sabrá que allí los sentidos no descansan y que no hay olor ni sensación que no se vean. Un aseador mira con la altivez del Bolívar de bronce hacia un punto indeterminado y distante; ambas manos descansan apoyadas en el extremo del palo erguido de su escoba, lo que le da el aire mundano de un gran dandy. Rozando el pedestal de la estatua ecuestre, desfila un jardinero en busca del vergel que regará con la serpiente de quince metros que carga enroscada en el hombro y a la cual, según parece, no temen las palomas que caminan por ahí meneando la cabeza.

Aunque los peatones elijan no voltear para allá, en la segunda parte del camellón se abre una carpa roja bajo cuya sombra hay enfermeros que chupan la sangre de voluntarios que, echados en una tumbona, aprietan los párpados y los puños y sonríen durante la succión. Más adelante, sentado en el bordillo y a un costado de la valla enana del nobel, se ve a un viejo descamisado y de piel costrosa, con el cuerpo encorvado y la cabeza blanca rozando las propias rodillas, murmurando oscuras plegarias a algún dios desquiciado.

Por ir con los ojos clavados en sus smartphones, dos militares no atinan a ver un puesto de revistas donde se exhiben desde guías para aprender a tocar guitarra y almanaques Bristol hasta semanarios porno y comics del Universo Marvel. Hay manteles repletos de alhajas de acero y hay un par de hombres atléticos, desnudos e inexpresivos encadenados tiesamente encima de una mesa coja. Hay burbujas de jabón debatiéndose en el aire y una familia numerosa, desamparada y desabastecida de espaldas a una surtidora.  Hay, recostados contra la pared de la iglesia de San Nicolás, unos verseros con armónica en lugar de acordeón y botellas de chicha que reemplazan el aguardiente. De tantas cosas que se ven, es inevitable que acabe viéndose uno mismo reflejado en el espejo de la vitrina que cuatro hombres suben en medio de gruñidos al platón de una camioneta. Diríase que aquí cabe todo cuanto es posible registrar con los cinco sentidos. A esa amplitud parecen corresponder sus antiguos nombres, que en una tarde de abril como esta se me antojan proféticos o de un simbolismo ejemplar. Primero fue la calle Ancha y luego el Paseo Colón, hasta llegar a ser, como es hoy, el Paseo de Bolívar, aludiendo con ello, tal vez, a la hospitalidad de una avenida que se ensancha cada vez más para seguir recibiendo rebuscadores y nuevos inmigrantes, a la variedad voluptuosa de un continente recién descubierto y a la furia de estruendos y de vapores que envolvió las batallas que hace dos siglos lideró el Libertador.

 

Visto 271 veces Modificado por última vez en Lunes, 08 Abril 2019 16:54