El descabezado del Ficbaq Destacado

Miércoles, 13 Marzo 2019 14:36
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El descabezado del Ficbaq Imagen: Edición de Kienyke sobre póster de Ficbaq

 

Megáfono en mano, el director de un circo pasa por las calles de cierta ciudad anunciando que su compañía no solo tiene al perro más grande del mundo, sino que además todos podrán verlo en la única función de la noche. Cuando llega la hora, la gente compra sus entradas, se ubica en las graderías, espera paciente por la aparición del animal. Uno a uno, los artistas pasan por la arena. Tan pronto los equilibristas acaban su rutina, el director del circo le avisa al público que la espera terminó. El payaso le imprime teatralidad a la escena con los redobles de su tamborcito. Entonces aparece un anciano en camisilla y chanclas sujetando dos perros con sendas cadenas: un pequinés marrón y un san bernardo adulto, aunque de proporciones normales.

—Damas y caballeros, les presento a Lucho —dice el director del circo agachándose y sobando la cabeza del san bernardo.

En las graderías, los asistentes se miran entre sí con una mezcla de confusión y enojo.

—¿Nos quiere ver la cara de idiotas? —protesta alguien, poniéndose de pie—. ¿Ese el perro más grande del mundo?

—¿Del mundo? No creo —responde el director—, pero sí del señor Edmundo Pérez, como les anuncié por la tarde. Lucho es el perro más grande de Edmundo.

Ni siquiera el chiste anterior es tan malo como el que pretendieron hacer los del Ficbaq cuando les ocultaron a los barranquilleros —valdría decir: a los colombianos— que el Tarantino que habría de asistir a la inauguración del festival sería, en realidad, una cabeza de losa.

Ahora, por supuesto, Barranquilla está llena de ciudadanos suspicaces y de periodistas juiciosos. Ahora resulta que nadie creyó jamás en la venida del realizador. La gente del interior, desde luego, siempre lo supo. Lo extraño es que nadie hubiera dicho nada hasta ahora. En las redes sociales, muchas personas se están burlando de quienes pensaron que “Tarantino” y “parque Santo Cachón” eran palabras reconciliables en una sola frase. ¿Qué tendría que hacer el director de Reservoir Dogs, un tipo con fama de difícil y repelente, sentado en la concha acústica de un parque de Barranquilla que, además, se encuentra en labores de reparación? Debo reconocer que, considerándola en retrospectiva, la escena resulta un poco inverosímil, macondiana. Pero igual de inverosímil era que Julian Casablancas tocara en Puerto Colombia y, sin embargo, lo vimos tocar en Puerto Colombia en 2017.

Yo también creí que vendría Tarantino. Por supuesto, jamás anuncié —como lo hizo cierta usuaria de Twitter, quien además adjuntó una fotografía— que aparecería en el parque Sagrado Corazón vistiendo una camiseta con la leyenda Written and Directed by Quentin Tarantino, pero admito que procuré tener libre la noche 12 de marzo para poder asistir a la inauguración del Ficbaq. He disfrutado varias de sus películas y no se me escapaba que la visita a Barranquilla de un figura de su trascendencia era una cosa inusual. Si una noche me había quedado a padecer a Germán Ramos y La Banda Internacional en el Malecón del Río, ¿por qué no habría de ir a ver a Tarantino en el Santo Cachón?

¿Vergüenza? Me avergüenzo de haber olvidado una vez el cumpleaños de mi mamá, pero no de haber creído que venía Tarantino. En vista de que la noticia (una noticia de acontecimiento, factual, sin matices) había salido de los mismos organizadores para luego ser replicada por varios periódicos nacionales de buena reputación, no me percibo como un completo incauto. Esta credulidad no puede compararse con la de aquellos que festejaron la estrella falsa del Junior en el 2014, obedeciendo un tuit de una cuenta no oficial y, encima, escrito con faltas ortográficas. Ahora bien: inclusive si, dejando de lado todo esto, se me diera por reconocer en este instante que pensé con ingenuidad a propósito de la llegada de Tarantino, seguiría sin creer que la presunta ingenuidad de los que ahora nos manifestamos deba ser el centro de la discusión.

Los memes son graciosos: ¡Celébralo, Curramba!, Quentin bailando en La Troja, etc., etc., etc. Yo también le he visto el lado cómico al episodio. Pero no nos equivoquemos. La vergüenza debe proyectarse sobre quienes corresponde. En la mañana del pasado martes, el señor Giuliano Cavalli, codirector del Ficbaq, dijo lo siguiente durante una entrevista con Blu Radio: “Un evento que se hace con 60 millones de pesos, ¿cómo va a poder traer a Quentin Tarantino, que es una persona que, cuando hicimos el contacto con él, nos dijo que viene en avión privado?”. La responsabilidad, según se desprende de sus palabras, recae entonces sobre nosotros. Su discurso me recuerda al de quienes piensan que el culpable no es tanto el acosador como la mujer que se pone la minifalda; que quien tiene la culpa no es el que roba, sino el que se deja robar. Nosotros, que somos muy listos, dijimos algo; allá ustedes, que son muy tontos, si se lo creyeron, parece decir el señor Cavalli. Tontos seríamos si creyéramos lo que, a propósito de su falso anuncio, añadió el codirector del Ficbaq en la entrevista que acabé de mencionar: “Fueron los medios los que se encargaron de eso y las redes sociales”. En otras palabras, ellos en todo momento dejaron claro que traerían al perro más grande de Edmundo. Ante esta lavada de manos, cabría responder, junto con Jairo Patiño, que una cosa es una fake news y otra muy diferente es un vocero oficial mintiéndoles a los medios para después salir a decir que los medios mienten. Refiriéndose a este suceso, el docente y crítico de televisión Omar Rincón dijo que al arte no se le puede exigir que diga la verdad. El arte miente, es cierto, pero de otras maneras. Se espera que un escritor nos mienta narrando una historia ficticia que nos atrape y nos sacuda, no diciéndonos que vayamos a comprar su nueva novela para luego descubrir que todas las páginas están en blanco.

Menos que el hecho de que media Barranquilla hubiese creído que Tarantino estaría en el parque Sagrado Corazón, lo vergonzoso es que el Ficbaq hubiera utilizado publicidad engañosa para atraer atención sobre su acto de apertura, encubriendo el engaño con fórmulas tales como “performance” y “terrorismo poético”. ¿Terrorismo poético? Terrorismo es sembrar bombas e incinerar buses; poesía es lo que hacían Barba Jacob y Raúl Gómez Jattin. La maniobra del Ficbaq no es ni lo suficientemente perversa para ser terrorista, ni lo suficientemente artística para ser poética. Es una sosa vulgaridad que se queda a medio camino entre ambas cosas. Además de egoísta e irresponsable —no irreverente—, es una artimaña desprovista de toda gracia, máxime si se toma en cuenta que varias personas de otras ciudades, como denunciaron ellas mismas en las redes, compraron tiquetes para poder conocer al invitado internacional.

Tampoco hubo ninguna gracia en el documento que este lunes había desencadenado el desencanto general. Me refiero al comunicado compartido por los directores del Ficbaq.

Según yo entiendo las cosas, a este comunicado puede hacérsele, por lo menos, tres objeciones o reparos. Los enumero a continuación:

1. Los directores del festival citan el fragmento final del guion de La guerra de los mundos de Orson Welles para justificar lo que hicieron. Pero ambos casos, el de Welles y el del Ficbaq, no son equiparables. Ese 30 de octubre de 1938, al inicio de la transmisión, los locutores dejaron claro que lo que venía a continuación era una obra ficticia: la adaptación de una novela de H. G. Wells. Los que creyeron en la invasión alienígena fueron los que sintonizaron la emisora después de esa nota introductoria o los que se dejaron arrastrar por la conmoción masiva. En otras palabras, Welles fue honesto desde el inicio. Lo mismo no puede decirse de los encargados del Ficbaq.

2. Dice el documento que, “en vez de provocar pánico y rechazo”, como La guerra de los mundos, el anuncio de la visita de Tarantino a Barranquilla inspiró el “frenético entusiasmo de una sociedad que se ve reflejada a sí misma en esta cordial mamadera de gallo”. Me permito discrepar. A juzgar por su reacción, no me parece que la comunidad se hubiera visto “reflejada” en esta "mamadera de gallo". Lo otro que hay que decir es que el efecto del radiodrama de Welles fue más afortunado que la campaña del Ficbaq por muchas razones, dentro de las cuales la que sigue no es la menos atendible: en general, es mejor pasar de la alarma al alivio que del entusiasmo al enfado, sobre todo si ese enfado no está dirigido contra los actores a los que supuestamente pensabas que iba dirigirse.

3. Contrario a lo que parecen sugerir los directores del Ficbaq, la falsa expectativa de una inauguración con Tarantino no deriva en ningún beneficio para el “verdadero homenajeado de este evento”, que es el señor Ismael Escorcia, artífice del disfraz de “El Descabezado”. No me cabe duda de que el señor Escorcia es un gran maestro en su arte, dueño de una obra interesante y digna de ser apreciada, valorada y celebrada. Pero, aunque desde el principio el calamarense haya sido el personaje central, ahora ha quedado en la percepción del público como el reemplazo de Quentin Tarantino, o, peor aún, como “el Quentin Tarantino que tenemos aquí Barranquilla”, tal como lo llamó Cavalli en la entrevista con Blu Radio. ¿Acaso creyeron que le hacían un favor refiriéndose a él como un remedo de Tarantino? Los del Ficbaq han puesto a Ismael Escorcia al lado de la silla vacía de uno los tres directores de cine más influyentes y populares del mundo, lo cual redunda en que el artesano, inevitablemente —por efecto natural de la defraudación de unas muy elevadas expectativas—, se vea menos importante de lo que siempre ha sido.

Me gustaría terminar refiriéndome a otras palabras pronunciadas por Cavalli en la misma entrevista radial que he citado hasta aquí. “Este es el último festival que hacemos”, dijo el codirector. “Esto es un poco una inmolación, porque en estas condiciones en que se está manejando la cultura en la ciudad, ya no vemos atractivo hacer más un festival”. No discutiré aquí la confusa variedad de sus intenciones (¿al fin de cuentas era una inmolación, una lección para los cibercrédulos, una crítica a la disminución del presupuesto para la cultura, un homenaje a Ismael Escorcia, una estrategia publicitaria o una mamadera de gallo?). Tampoco pienso controvertir su disgusto por el hecho de que el distrito le hubiera reducido el presupuesto al festival, entre otras cosas porque concuerdo en que urge abrir una discusión en torno al estado de la cultura y de los escenarios artísticos de la ciudad. Con todo y eso, ¿en realidad se figuraron desde el Ficbaq que esta jugada iba a propiciar esa discusión? He tratado de entender su declarada búsqueda de una autodestrucción espectacular como una forma de acentuar la heroicidad, el dramatismo y la dignidad de la derrota. En esta misma línea, imagino que uno de los mensajes que podrían extraerse de su acto de “terrorismo poético” —lo que sea que eso signifique— era este: ¡Le están quitando la plata a la cultura y ustedes no se están dando cuenta ni están haciendo nada al respecto! El llamado de atención tenía que ser ruidoso y desestabilizador: lo entiendo. Pero ¿escogieron la mejor alternativa? ¿Había que combatir con mezquindad creativa la mezquindad selectiva de quienes distribuyen el erario? Si querían mandar un mensaje de protesta a los organismos gubernamentales, ¿vieron indispensable burlarse de los propios seguidores y asistentes de su evento, muchos de los cuales han estado acompañándolos desde que su aventura empezó hace siete años? ¿Qué hilo de razonamiento los llevó a creer que este “performance” iba a encauzar la rabia ciudadana hacia la gestión del alcalde y del secretario de cultura? Suponiendo de muy buena fe que eso era lo que estaban persiguiendo, ¿cómo creyeron que aquella estrategia haría que la gente se aferrara y se apersonara del Ficbaq?

 

 

Visto 153 veces Modificado por última vez en Jueves, 14 Marzo 2019 21:11

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