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El Comunicador

La voz del silencio: una dualidad de mundos
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6 agosto, 2024

La voz del silencio: una dualidad de mundos

Vivir entre los dos extremos del sonido, el presente y el ausente, ha significado para ella una adaptación emocional que veía casi imposible de alcanzar.

Por Nathalia Herrera, Nataly Fontalvo y María Laura Garrido

Bajo el cálido sol de Barranquilla, una ciudad de ritmo vibrante, reside una historia silenciosa entre el bullicio cotidiano. Fernanda, una joven de 18 años, se enfrenta desde sus primeros días de conciencia a una realidad singular en un hogar donde el sonido es un visitante ocasional, mientras ella actúa como el puente que une el silencio con la humanidad sonora que la rodea. Los padres, atados a una condición que para la gran mayoría de la sociedad es limitante y para ellos, desafiante, educaron a su hija bajo una dualidad de mundos que convergen en su ser. “Lo normal”, la audición y “lo raro”, la sordera.

Vivir entre los dos extremos del sonido, el presente y el ausente, ha significado para ella una adaptación emocional que veía casi imposible de alcanzar. “Recuerdo que le preguntaba todas las noches a Dios por qué me mandó a esta familia que era difícil de comprender. Vivía llorando todos los días”, dice Fernanda con la mirada puesta en su padre, quien está frente a ella, observando detalladamente a cada una de las personas que nos encontramos en la casa.

—Menos mal no me está viendo. No me gusta que se acuerde de aquella niña acomplejada que no valoraba su hogar —dice mientras suspira profundamente.

—¿Cómo así, te puede entender? —le preguntamos con cierta extrañeza.

—Es raro, pero sí, mis padres leen los labios; no se los entienden a todas las personas, pero a mí sí. Es la costumbre —dice, como si se tratara de algo que no requiriera un esfuerzo extra en la compleja tarea de la comunicación.

Fernanda es una auténtica CODA. Child of Deaf Adults, o lo que en español se traduce como “hijo/a de padres sordos”, en cierto modo, es también una denominación con la que ella se siente identificada. Desde su adolescencia, la joven CODA encontró una respuesta en su singular experiencia: las limitaciones existen solo en la mente, y su papel como hija de padres sordos es una oportunidad para ayudar y apoyar a quienes más ama.

Entre el silencio que envuelve su mundo, siempre se destaca un faro de comprensión en el camino de Fernanda: Cecilia, su amada abuela. Ella ha enfrentado las corrientes desconocidas de una nueva forma de vida, siendo el sostén no solo de su hijo, sino también de su nieta. “Mi abue Chechi fue quien me explicó desde pequeña, ante tantas dudas que tenía, la discapacidad de mis padres”, expresa Fernanda y, con una sonrisa que adorna su rostro, observa desde lejos a su abuela que está en la cocina situada al fondo de la casa, tan luminosa y ventilada como su aura.

Para Fernanda, Cecilia es más que una abuela. Es como un faro que irradia sabiduría y ternura sobre ese océano de incertidumbre en que ella vive. Sus palabras son como olas suaves que acarician la costa, llevando consuelo y conocimiento a una mente curiosa.

Por su parte, para Cecilia adaptarse a la realidad fue doloroso. El aroma de la comida casera invade el aire, creando una sensación reconfortante de hogar. Al salir de la cocina, Cecilia recuerda con dolor cómo a su hijo nacido oyente, la otitis media, una infección de oído, le arrebató la capacidad de oír. Para ella, aprender el lenguaje de señas fue solo el principio de un desafío arduo y valioso que requería paciencia y determinación. En un entorno insensible y ajeno, Chechi se transformó en la defensora incansable de su hijo, cual escudo protector en medio de la adversidad.

Tuvo que enfrentar no solo las burlas de los vecinos, sino también la fría indiferencia y la falta de comprensión de su propia familia, siendo como espinas en su camino. “Creo que me dio más duro el ver cómo mi propia familia se alejó en el momento en que más los necesité. Necesitaba dinero para cubrir los gastos de la enfermedad de mi hijo Luis, y también para poder aprender el lenguaje de señas y enseñárselo a él. Ya se pueden imaginar lo difícil que fue todo”, cuenta Cecilia con una calma y serenidad que ocultan la tormenta de emociones que vivió, convirtiéndola en una madre preocupada por el bienestar de su hijo y nieta.

Otro de los grandes desafíos al que se tuvo que enfrentar la madre de Luis fue hallar el camino hacia la educación en una ciudad donde el eco del lenguaje de señas siquiera resonaba en las paredes de las instituciones educativas. Una ciudad donde la única institución pública que se destacaba por su compromiso con la inclusión de la lengua de señas en las aulas era el Colegio Salvador Suárez Suárez, lo que se convirtió en un obstáculo insuperable para muchos, por las escasas y limitadas opciones que había, especialmente para familias como la suya que carecían de recursos económicos abundantes, haciendo que los cupos fueran un bien preciado que solo unos pocos tenían la suerte de obtener.

“Uf, algo que me generó bastante impotencia fue encontrarle un colegio a Luis, porque aunque ya había tenido educación particular en la casa, él iba creciendo y debía empezar a relacionarse”, cuenta la abuela de Fernanda mientras agarra las fotografías familiares que adornan las paredes de la casa, agregando un toque de color y personalidad al espacio. “Aquí estaba él en su primer día de clases en un colegio. Pero como te digo, fue una travesía encontrar una institución a la que pudiéramos acceder porque en Barranquilla solo había una en esos tiempos, o al menos una para nosotros que no teníamos tanto dinero”. Para aquellos privilegiados con altos recursos económicos, la alternativa era el Club de Leones, un colegio privado que ofrecía educación inclusiva, pero a un costo que excluía a la mayoría de la población.

Así como Cecilia, Fernanda desde pequeña también ha tenido que enfrentarse a diferentes retos en las esferas sociales que la rodean. Muestra de ello se evidencia en las salas de espera de clínicas y hospitales, donde Fernanda se encuentra en el cruce de dos realidades: la teórica promesa de inclusión y la dura práctica de la exclusión. A pesar de ser el puente esencial entre el mundo sonoro y el silencio que rodea a sus padres, constantemente combate la resistencia de una sociedad que pasa por alto las necesidades de las personas sordas. “Cada vez que acompaño a alguno de mis padres a citas médicas, me toca pelear con las personas de seguridad, porque no me dejan entrar con ellos. También es doloroso ver que ni siquiera los médicos saben el lenguaje de señas. ¿En dónde quedan los derechos?”, expresa Fernanda, llena de frustración.

A pesar de esto, ella desafía valientemente las barreras invisibles que separan a su familia del acceso a la atención médica adecuada. Insiste en su derecho innegable de acompañar a sus padres y ser su voz en un mundo que con frecuencia les niega la suya.

En busca de una forma de comunicarse con las demás personas, el celular se convierte en el aliado más poderoso de Luis, una herramienta mágica que despierta su curiosidad y creatividad. “Él, cacharreando esos aparatos, vio que se tomaban fotos y, desde ahí, no ha parado”, relata Cecilia. Las fotografías se convierten así en mucho más que simples imágenes: son puentes hacia la comunicación y expresión de Luis. Para la familia de Fernanda, estas instantáneas representan no solo recuerdos de la infancia, sino también los desafíos superados y los logros alcanzados. Son como notas musicales en una partitura, traduciendo sus deseos, necesidades y descubrimientos.

—Mi papá ve algo mal puesto o ve que dejé la cama desarreglada, y viene aplaudiendo desde donde está para llamar mi atención y mostrarme lo que me va a reclamar —dice Fernanda en medio de risas.

—Pero cómo así, ¿por qué aplaude? —le preguntamos confundidas al darnos cuenta de que cada vez salían más datos que para ella eran algo normal, mientras que para nosotras, algo curioso.

—Miren, las personas sordas, cuando quieren llamar urgente a una persona oyente, lo que buscan es hacer ruido, por ejemplo, aplauden dos veces para que uno voltee y atienda a su llamado o si no, tocan duro algo. Entonces, en el ejemplo que ponía de mi papá, él para llamarme o regañarme, me aplaude y me muestra la foto del motivo del regaño.

Luis despliega su independencia con destreza, utilizando su celular como una extensión de su garganta en los pasillos de los supermercados. Para Cecilia, la crianza de Luis siempre ha sido una declaración de fe en sus capacidades, un acto de amor que desafía cualquier noción de limitación impuesta por su discapacidad. “Yo a mi hijo lo crie para que fuera independiente de mí, porque siempre he dicho que su discapacidad no es motivo de limitación”, dice Cecilia.

Luis evita cualquier obstáculo en sus diligencias mostrando una foto de lo que necesita. Primero busca cuidadosamente en Google la imagen precisa, y luego, con la seguridad de quien domina su arte, exhibe la foto sin demora, llevando a cabo sus compras con eficacia y determinación.  “Eso no ha sido impedimento ni para él, ni para mí. Lo digo porque es mi único hijo y cuando estoy muy ocupada y mi nieta no está, yo lo mando a él a hacer el mandado. Ya él se acostumbró”, dice Cecilia con una sonrisa que brilla con complicidad, como si compartiera un secreto con su hijo.

El amor que Fernanda y su abuela irradian hacia sus seres queridos con discapacidad auditiva es un sol resplandeciente que ilumina sus vidas. “No me imagino una vida sin ellos, sin tener a mis padres aquí conmigo. No me imagino una vida sin yo no haber aprendido lenguaje de señas. Les juro que en estos momentos, además de lo orgullosa que me siento por mis padres, me siento tan orgullosa de saber comunicarme en señas”, dice Fernanda, mientras sus ojos se cristalizan y una lágrima recorre su mejilla, reflejando sus emociones más profundas; ella la limpia rápidamente y sonríe con mucha emoción, mirando una vez más a su padre. “Es mi orgullo, son mi orgullo, él, Chechi y mi mamá”, dice.

—Fernanda, ¿y tu madre?, ¿dónde está?

—Ella no vive aquí. Mis papás se separaron cuando yo tenía entre cinco y seis años, no recuerdo la edad exacta. Sin embargo, sí me acuerdo de que me dolió mucho, lloraba extrañando a mi mamá. ¿Y saben qué era lo raro? —pregunta mientras ríe un poco.

—¿Qué era?

—Lloraba extrañando a mi mamá y cuando me llevaban a donde ella, a los días, ya lloraba y gritaba: “Abuela Chechi, ven por mí”. Es algo que siempre recuerdo con mucha gracia.

A pesar de todo, desde que los padres de Fernanda tomaron caminos separados, el vínculo entre ella y su madre, sigue siendo fuerte y profundo.

—¿Y ahora cómo es su relación? ¿La sigues visitando?

—Gracias a Dios tenemos una conexión muy linda y siempre nos mantenemos comunicadas. Ella a pesar de que ya no tiene buena comunicación con mi padre, sigue visitándonos y yo también a ella constantemente… Es una relación normal, de madre e hija, y la verdad, muy linda. Siempre se lo digo.

Cada experiencia que Fernanda ha vivido se ha convertido en una motivación para forjar los sueños de Fernanda, que brillan como estrellas en la noche. Su anhelo más inmediato es obtener la certificación como intérprete, porque aunque posee un gran dominio del lenguaje de señas y ha sido la voz de sus padres en innumerables ocasiones, Fernanda se enfrenta a las barreras burocráticas que le impiden ejercer oficialmente como tal. Para ella, obtener esa certificación no es solo un paso hacia una carrera profesional, sino una forma de legitimar su habilidad innata y abrir puertas para una comunicación más inclusiva en la sociedad.

Pero no se detiene ahí. Fernanda alimenta a diario otro sueño: un proyecto lleno de pasión que arde en su corazón como un fuego sagrado. Sueña con llevar su mensaje de inclusión y comprensión a las instituciones educativas de Barranquilla, empezando por el colegio donde ella misma estudió, y donde en varias ocasiones propuso su idea ante las directivas, obteniendo una respuesta positiva. Sueña con crear programas de sensibilización y capacitación que promuevan la inclusión del lenguaje de señas en el currículo escolar y preparen a los jóvenes para interactuar con personas sordas de manera respetuosa y empática.

En cada paso que da, Fernanda Pérez resuena como una melodía esperanzadora, recordando la verdadera esencia de la inclusión; la cual es una responsabilidad compartida, un compromiso de construir espacios donde cada individuo sea visto, escuchado y valorado como se debe. En un mundo a menudo empañado por la ignorancia y la intolerancia ante la sordera, la voz de Fernanda emerge como un potente sonido de cambio.

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