Tener 18 años y no tener nada claro
A los 18, nadie te entrega un manual para la vida. Sin embargo, parece que todos esperan que sepas qué hacer con ella.
Por Alicia Rodríguez Barceló
Cumplir la mayoría de edad debería ser un momento para empezar a descubrir quién eres, pero suele sentirse como el inicio de una etapa en que todos esperan que ya tengas la vida planeada. Aunque algunas decisiones empiezan incluso antes, al llegar a este momento, las preguntas parecen tomar todavía más peso: ¿Qué vas a estudiar? ¿En qué quieres trabajar? ¿Qué piensas hacer con tu futuro? De repente, parece que necesitaras tener un plan claro, aunque todavía estés intentando entender qué quieres y hacia dónde te gustaría ir.
Y mientras intentas responder, aparece una sensación difícil de explicar: la de sentir que no estás haciendo lo suficiente o que vas tarde, aunque apenas estés comenzando. Lo extraño es que acabamos de dejar atrás una etapa en la que muchas decisiones las tomaban otras personas por nosotros y, casi de un día para otro, esperan que tomemos correctamente las nuestras.
Pasamos de escuchar “todavía eres muy joven” a “ya tienes que pensar en tu futuro”. Y ahí empieza la presión. La sociedad parece tener una especie de calendario invisible. A cierta edad, debes graduarte de la escuela, después entrar a la universidad, conseguir un trabajo, independizarte, casarte, formar una familia y alcanzar estabilidad. Si te sales de ese camino, pareciera que estás haciendo algo mal. Pero ¿quién decidió que todos tenemos que seguir el mismo calendario?
Hay personas que tienen claro desde muy jóvenes qué quieren hacer y otras que necesitan más tiempo para descubrirlo. Algunas consiguen su primer trabajo rápidamente, otras tardan años en encontrar aquello que realmente les gusta. Algunas quieren casarse y formar una familia temprano; otras prefieren esperar o ni siquiera tienen esos planes. Y ninguna de esas decisiones debería determinar quién está “avanzado” y quien se esta quedando atrás.
El problema es que ese calendario no solo marca grandes etapas de la vida; también nos exige tomar decisiones importantes antes de sentirnos preparados. Por ejemplo: elegir una carrera siendo tan joven no es una decisión pequeña. Muchas veces tenemos que empezar a pensar en nuestro futuro desde los 16 o 17 años, cuando todavía estamos conociendo nuestros gustos, nuestras capacidades y hasta la persona que queremos ser. Lo que nos gusta hoy puede cambiar mañana. Alguien que está convencido de querer una profesión puede descubrir a los 22 que quiere dedicarse a otra cosa. Y eso no significa que haya perdido el tiempo; significa que aprendió algo sobre sí mismo.
También está la comparación. Las redes sociales nos muestran constantemente a jóvenes que parecen tenerlo todo resuelto: personas que ya emprendieron, viajaron, consiguieron grandes oportunidades o saben exactamente qué quieren hacer. Abrimos Instagram o TikTok y, en cuestión de minutos, podemos sentir que todos están avanzando, menos nosotros.
El problema es que estamos comparando nuestras dudas, nuestros errores y nuestros momentos difíciles con el resumen cuidadosamente seleccionado de la vida de los demás.
Vemos el viaje, pero no los meses que alguien ahorró para poder hacerlo. Vemos el emprendimiento exitoso, pero no los intentos que fracasaron antes. Vemos el logro, pero no necesariamente el proceso, incluso podemos llegar a compararnos con alguien que también tiene miedo sobre el futuro, pero que simplemente no lo publica. Y esa comparación puede hacernos creer que estamos tarde.
Quizá uno de los mayores errores que cometemos es confundir tener metas con tener toda la vida planeada. Está bien querer ser periodista, ingeniero, médico, empresario o cualquier otra cosa. Pero también está bien no estar completamente seguros. Tener una dirección no significa conocer cada paso del camino.
Tal vez, en lugar de preguntarnos qué vamos a hacer con toda nuestra vida, podríamos pensar en qué queremos aprender de nosotros mismos en esta etapa. Esa pregunta deja espacio para crecer sin sentir que cada decisión define nuestro futuro para siempre.
Está bien comenzar a construir nuestra vida, incluso si todavía no sabemos exactamente cómo queremos que se vea. Porque quizá no estamos llegando tarde. Quizá, simplemente, estamos creciendo a nuestro propio ritmo. Y eso también es avanzar.