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El Comunicador

La puntualidad murió esperando al barranquillero
En Barranquilla, el sentido del tiempo suele ser distinto. FOTO: Pexels.
12 septiembre, 2026

La puntualidad murió esperando al barranquillero

No todos los barranquilleros son impuntuales, pero intentar adivinar cuáles si y cuáles no es como decir que si metemos la mano en una bolsa llena de canicas azules va a salir una roja.

Por Nicole Calvo

De generación en generación hay algo que los barranquilleros siempre han tenido claro, nunca se llega a la hora que se acuerda. Si te dicen 7:00 p. m., es para que llegues a las 8:00 p. m., si te dicen 12:00 p. m. es para que llegues a las 2:00 p. m., y si te dicen que más o menos como a las 3:00 p. m.,  a las 4:30 p. m. está bien. “Porque al que llega temprano lo ponen a barrer”, como dirían muchas abuelas antes de llevar a sus nietos a los cumpleaños de sus amiguitos. Llegar a la hora indicada podía significar encontrarse con un tío todavía en toalla, la mamá en pijama y las tías inflando globos apenas; con el tiempo, uno aprende a intuir que, si te dicen una hora, es apenas una referencia y no la hora verdadera.

Y… ¿qué pasa cuando esa información se la das a un foráneo? Explicar por qué el barranquillero suele llegar tarde a todas partes, es complicado. Muchos lo consideran descortesía y falta de respeto, otros ni le prestarán atención, y por otro lado, están los que aprenden y lo adoptan igualmente como costumbre. Una muy mala, he de decir. Es cierto que entre costeños las señales están claras, y se sabe que esta es una de ellas.

Abramos un paréntesis muy grande: no todos los barranquilleros son impuntuales, pero intentar adivinar cuáles si y cuáles no es como decir que si metemos la mano en una bolsa llena de canicas azules va a salir una roja. Porque lo que ya viene de fábrica, difícilmente se corrige, y el hecho de tener la suerte de encontrarte con un currambero que sea capaz de llegar a la hora acordada, es considerado un milagro, tanto así que El Espectador publicó un análisis advirtiendo que la impuntualidad puede trascender lo anecdótico para convertirse en un problema con consecuencias sociales y económicas. Al final, pocas cosas son tan desagradables como quedarse esperando a alguien que no llega.

Ahora, no es que se quiera llegar tarde a propósito para parecer más intrigantes tampoco es que nos levantemos pensando “hoy voy a llegar tarde”. El problema es esa confianza casi inexplicable de que a todos lados se llega en diez minutos. Puede parecer simplemente una exageración, pero en el afán de costeñizarlo todo, ni el reloj se salvó.

Ni hablar de lo que implica el “ya voy” y el “ahorita” que parecen ser las únicas frases en el vocabulario costeño. Si estás esperando a un barranquillero y te contesta con una de esas expresiones, lo más probable es que recién se esté arreglando o ni siquiera ha empezado a arreglarse, y puede que eso todavía tarde un poco más.

Aunque, paradójicamente, entre más años tengas, más puntual te vuelves. No olvidemos a las abuelas, que si tienen cita médica a las 10: 00 a.m., a las 7:30 a. m.  ya están listas y a las 8:00 a. m. ya quieren salir, a esas hay que decirles “más puntual que novia fea”, porque no están dispuestas a darse el lujo de perder una cita y esperar a que se las reprogramen para dentro de quién sabe cuánto.

Al final, llegar tarde puede ser una costumbre, un defecto o simplemente una de esas pequeñas características que hacen parte del imaginario barranquillero. No significa que debamos celebrarla siempre —porque hay citas, clases y compromisos en los que diez minutos pueden convertirse en una eternidad—, pero sí reconocer que, para bien o para mal, el tiempo en Barranquilla parece medirse de una manera distinta.

Quizá eso también sea parte de lo que heredamos: una relación con el tiempo tan relajada que, incluso cuando llegamos tarde, sentimos que todavía llegamos a tiempo.

Al fin y al cabo, lo que se hereda, no se hurta.

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