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El Comunicador

Entre tamboras rotas y noches de machete
4 diciembre, 2025

Entre tamboras rotas y noches de machete

Esta crónica relata cómo la guerra en Montes de María, un lugar de semillas y de violencias, ha sido siempre una constante.

Por Danna Andocilla García, María José Martínez, Nicole Carrascal y Shalwa Freyle

Llegué a Ovejas en la mañana en que el pueblo parecía haber decidido recordar. El sol levantaba la polvareda de la plaza como si quisiera barrer los nombres que duermen bajo la tierra. El kiosco blanco sigue en su sitio, testigo obstinado de las verbenas y de las alarmas y la iglesia tiene las paredes punteadas de pequeños hoyos que parecen constelaciones de otra guerra. Caminé despacio, con la sensación de que el suelo no sólo sostenía pasos, sino historias que aún pesaban más que las piedras.   

La voz que me guía por estas calles es de cronista y de forastera. Avanzo preguntando, escuchando, anotando. Me recibieron primero los ojos de las mujeres en la plaza, esos ojos que han aprendido a medir el tiempo en ruidos: “Cuando venía el helicóptero, cerrábamos la casa como quien cierra la boca para no gritar”, me dice doña Carmen, que vende dulces de leche y fritos en la esquina. Tiene las manos dulces y la memoria áspera. Ofrece una arepa de huevo y luego un dulce de leche con una frase que se parece a un mandato: “Aquí la memoria no se olvida: se carga como se carga una bolsa con comida, por si hay que salir corriendo”.   

En Ovejas, la vida se aprendió a llevar en una maleta del miedo. “Una muda, arroz, galletas, una lata, eso siempre”, me cuenta Rosa mientras me muestra la calle donde todavía huele a leña y a sal. Me habla con la misma mesura con la que una vez parió la costumbre de esconderse bajo las camas, cuando el cielo rugía con tiros. “Mi tía, recién parida de mi primo Eduar, cantaba para arrullarlo y a la vez para hacerse fuerte. Las balas pasaban por la puerta como si fueran cuchillos. A veces el llanto del bebé y el silbido del plomo se confundían; no sabíamos cuál de los dos dolía más”, recuerda, y en su voz hay una melodía triste que no concede tregua. 

El monte, aquí, no es sólo geografía; es un cuerpo que guarda cicatrices. Montes de María ha sido siempre un lugar de semillas y de violencias. La lucha por la tierra, alentada por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), enseñó a los hombres y mujeres de Ovejas que el suelo no se hereda: se defiende. Luego vinieron otros tiempos: las concentraciones del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), una guerrilla de inspiración marxista que soñó con una revolución desde el Caribe; y, más tarde, la llegada de la Corriente de Renovación Socialista (CRS), un grupo que se separó del ELN para buscar la paz por vías legales.  

Todo ello marcó una cartografía de alianzas y de odios. Los terrenos que antaño se disputaron por labor y por sueño terminaron siendo corredores estratégicos para fuerzas que no venían por la tierra sino por el poder que ella les ofrecía: caminos hacia el mar, rutas del narcotráfico, puestos de control. Y sobre ese tejido se abrieron las grietas que permitieron la entrada y la impunidad de las Convivir y, después, de los bloques paramilitares.   

Cuentan que la guerra no empezó una mañana: fue un goteo. Primero las amenazas, luego los señalamientos, después los homicidios selectivos. “Nos llamaban subversivos por ser de Ovejas”, me dice Adolfo Bula, que fue combatiente de la CRS y hoy camina sin prisa por la vereda donde una vez vivieron los pabellones de la concentración. “Cuando decidimos negociar, pensamos en Ovejas por el trabajo social que habíamos hecho. Hicimos una reunión con la gente y nos recibieron. Nos prometieron carreteras, salud, proyectos. Llegaron las brigadas. Y después de la firma quedaron los ranchos de antes y el silencio de las promesas”, añade. La amnesia de los gobiernos funciona con un ritmo más cruel que la metralla: promete, firma y se va.   

Si la memoria en Ovejas tiene acaso una figura que la encarne, es la del sepulturero. Santiago Gamarra tiene 72 años, y su nombre se pronuncia aquí con la gravedad que merecen los oficios de quien ha tocado la muerte para ordenar la vida. Me recibe con las manos manchadas de tierra y la voz que todavía suena a hueco de campana: “Yo enterré siete de los veintiocho ese 18 de enero de 2001. Fue en la madrugada. Llevaba diez años de sepulturero y, créame, no sé cuántos cuerpos he enterrado en mi vida; cientos, diría. Uno deja de contar cuando el muerto se vuelve costumbre”. Lo escucho decirlo y siento que en su frase cabe todo un siglo: la acumulación de pérdidas, la costumbre horrible de la muerte, la imposibilidad de contarlas.   

La masacre de Chengue es una herida que el tiempo no ha cerrado. Entre la noche del 17 y la madrugada del 18 de enero de 2001, ochenta hombres armados llegaron y arremetieron contra el corregimiento. Cortaron la luz, ametrallaron vidas, usaron machetes y mazos. Quemaron casas, destrozaron nombres. “Arrasaron con todo”, me dice un vecino que prefiere no poner su nombre en papel. “Se llevaron la gente, la memoria, la posibilidad de volver a creer en la seguridad”, agrega, y sus palabras rebotan en las paredes de una casa que aún huele a humo envejecido.

Caminar por Chengue hoy es entrar a un pueblo fantasma con el pulso a medio levantar. Quedan casas reconstruidas y otras que la gente dejó tal cual las vio el fuego, como si dejarlas fuera una manera de no borrar lo ocurrido. “Volvimos unos ochenta a vivir aquí, pero la sensación es de vacío”, dice Rosa con una mezcla de resolución y derrota. El territorio, afirma el informe ¡Basta Ya!, terminó convertido en tierra arrasada: la violencia no sólo mató personas, sino que destruyó el entorno simbólico y material, haciendo inhabitable lo que fue un hogar.

La violencia, en Ovejas, no fue un duelo entre dos actores. Fue un convulsionado ajedrez con piezas cambiantes. Guerrillas que llegaban con banderas y promesas. Grupos paramilitares financiados por ganaderos y narcotraficantes que llegaron con carnés de Convivir y con licencia para matar, y la presencia intermitente de una fuerza pública que muchas veces caminó en la penumbra de compromisos inconfesables. Los frentes guerrilleros y los bloques paramilitares se acusaban, se golpeaban y, en medio de todo, la población civil quedaba reducida a una alternancia de víctimas y sospechosos.   

“Cuando tu cédula decía que eras de Ovejas, te miraban mal; La policía decía ‘estos son de trato especial’”, me dice un viejo del pueblo. No era sólo estigma social; era un asunto de supervivencia.  

Y las cifras lo confirman: Ovejas fue uno de los municipios con más masacres en Sucre entre 1993 y 2006. Pero las cifras, por duras que sean, no alcanzan a dar la medida de lo que se perdió: el tejido humano, las voces que dejaron de escucharse, los abuelos que ya no cuentan historias.   

Sin embargo, la crónica no puede quedarse en la enumeración de horrores. En medio del barro y de las cenizas, hay actos mínimos de heroísmo. Volver a sembrar, volver a abrir una tienda, volver a cantar. “La paz también se siembra”, reza un mural en una de las paredes de la plaza. La frase me parece un desafío: ¿cómo sembrar donde se enterró tanto? Los campesinos que me hablan sobre el arranque de la restitución de tierras cuentan que hay jueces que han ordenado devolver parcelas, y que algunas familias han conseguido volver a sus predios. Pero la restitución convive con la lucha por la tierra que nunca se ha resuelto del todo; la propiedad, aquí, sigue siendo campo de disputa.   

Converso con José Aristizábal, uno de los excombatientes que firmó el acuerdo con la CRS. “Los abandonamos”, me dice con una confesión que pesa. Explica que la cúpula se marchó a la ciudad y dejó a los desmovilizados rasos y a las comunidades a la intemperie. Esa sensación de abandono se repite en muchas voces: los acuerdos se firmaron, pero las políticas de reparación, de salud y de infraestructura quedaron en promesas sin cumplir. “Nos quedamos solos frente a otros actores armados”, remata Adolfo Bula, recordando la oleada de violencia que llegó después de la desmovilización.   

El relato oficial sobre las desmovilizaciones es un rompecabezas: hubo procesos formales que sacaron combatientes de las montañas, pero también hubo espacios que quedaron ocupados por nuevas violencias. El Bloque Montes de María se desmovilizó en 2003; alias ‘ 

“Diego Vecino” pagó cárcel, “Cadena” desapareció en medio de las negociaciones. Después vinieron nuevos intentos de control: alias “Jorge 40” y su “Banda de los 40” ocuparon vacíos y sumaron a la lista más muertes y extorsiones. Y mientras tanto, la gente de Ovejas empezó a aprender otra lección: que la guerra no termina con la firma; a veces, cambia de mano.   

Los rostros que se quedan conmigo son los de las mujeres que maquillan el miedo con labores cotidianas: venden dulces, cuidan nietos, lavan ropa en el arroyo. “Me han dicho en Corozal que soy guerrillera”, me cuenta Rosa con una mezcla de rabia y cansancio. La estigmatización es una herida que se repite en hospitales, en comisarías, en oficinas. Y también está la memoria oral: canciones que arrullan, historias que se recitan para que no se borren. Ovejas parece haber hecho del recuerdo una forma de resistencia.   

Al caer la tarde, subo a una loma desde donde se ve el valle. El sol pinta de naranja los cerros y yo siento que el paisaje respira aún, aunque con dificultad. Regreso a la plaza y escucho las gaitas que, como después de cualquier tempestad, intentan recomponer la fiesta. La música suena imperfecta, pero suena. En una casa cercana, una mujer la misma que me habló de Eduar me abre la puerta y me muestra las tablas nuevas: “Reparamos la casa para que el niño pueda oír, no el plomo, sino la canción”, dice. La imagen es tan simple que duele: la reconstrucción hecha con manos que han conocido tanto el luto como la ternura.   

La crónica que yo escribo no pretende cerrar heridas. Esa es labor de la justicia, de las políticas, del tiempo y de las manos que labran la tierra. Pretende, sí, dejar constancia: que en Ovejas la guerra dejó huellas que no se borran con decretos; que la violencia fue estrategia y negocio, que hubo actores y cómplices, y que la población quedó, muchas veces, en el centro de esa trituradora. Pero también quiero dar lugar a la obstinación humana: la de quienes ni con el miedo dejaron de mecer a los niños, la de los que regresaron a sembrar, la de los que siguen nombrando a los desaparecidos para que no caigan en el olvido.   

Antes de irme, vuelvo a hablar con Santiago. Lo encuentro en la loma del cementerio, donde la tierra huele a humedad y a memoria. “La gente me pregunta por qué sigo enterrando dice. Yo les digo que uno no puede parar. Enterrar es ordenar la casa del mundo para que los vivos puedan seguir viviendo”. Me entrega su mirada como un espejo sin reflejo: en ella hay tantas historias que uno quiere preguntar por todas, pero entiende que algunas preguntas no admiten respuesta.   

Me voy de Ovejas con una sensación agridulce: la tristeza de lo vivido y la dignidad que queda. El viento en los Montes de María sigue soplando peculiar, como si llevara las voces a otra parte para que no mueran. Y, sin embargo, lo que más me retumba es una certeza simple y profunda: mientras haya quien recuerde, mientras haya quien meza un niño con una canción de cuna en una casa reconstruida, Ovejas no será únicamente un mapa de masacres. Será también un paisaje de resistencia, de memoria sin anestesia, de gente que rehace su vida con manos heridas y con la certeza de que nombrar es, a veces, el primer acto de justicia.   

En el umbral de la plaza, una muchacha barre el polvo como quien barre los recuerdos mal ordenados. Me mira y sonríe con la costumbre de quien ha aprendido a convivir con la historia. “Aquí seguimos”, dice. Y en esa frase breve, sencilla, implacable, cabe toda la crónica.  

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