El cuerpo aprende a sobrevivir donde no pertenece
Desde un enfoque científico, Valentina Pérez, médica general de la Universidad del Norte, comparte su visión sobre la preparación física y médica necesaria para una misión espacial como Artemis II: desde los efectos de la microgravedad en el cuerpo humano y los entrenamientos requeridos, hasta los cambios fisiológicos durante la misión y los principales riesgos para la salud.
Por Valery Peñate y Valery Pérez
La anatomía humana no está diseñada para el espacio, pero la tecnología y la medicina han demostrado que es posible su adaptación. A propósito de la misión Artemis II, la doctora Pérez explica que este proceso exige años de acondicionamiento físico, lo que permite entender los cambios, riesgos y desafíos que enfrentan los individuos al salir de la Tierra y enfrentarse a la ausencia de la gravedad.
De acuerdo con la profesional, esta transición requiere entre uno y dos años de entrenamiento constante. Dicha preparación incluye ejercicios cardiovasculares, fortalecimiento muscular, trabajo de equilibrio y simulaciones de flotabilidad, con el objetivo de habituar el físico a condiciones completamente distintas a las terrestres. Además, la médica señala que no solo el cuerpo debe prepararse, sino también la mente. Los astronautas deben entrenarse para manejar el aislamiento, el estrés y los cambios en la rutina diaria, ya que la estancia en el espacio implica permanecer en espacios reducidos y enfrentar situaciones de alta exigencia.
Misiones de riesgo para el cuerpo humano
Las expediciones espaciales representan uno de los entornos más extremos a los que puede enfrentarse el ser humano. A diferencia de la Tierra, el espacio carece de una atmósfera protectora, lo que expone a los tripulantes a altos niveles de radiación cósmica. Esta exposición puede afectar el ADN, aumentar el riesgo de cáncer y generar alteraciones celulares a largo plazo.
A esto se suma la microgravedad, que elimina la resistencia natural que ejerce la gravedad sobre el cuerpo. Como consecuencia de ello, los músculos comienzan a paralizarse por falta de uso y los huesos pierden densidad mineral, volviéndose mucho más frágiles. Este desgaste óseo puede ocurrir en cuestión de semanas si no se contrarresta con ejercicio constante.
Además, el sistema cardiovascular también se ve afectado al no tener que bombear sangre contra la gravedad; el corazón trabaja menos, lo que puede generar una disminución en su capacidad funcional. Esto se traduce en mareos, debilidad e incluso dificultades para mantenerse en pie al regresar a la superficie terrestre.
En este contexto, como lo sugiere Valentina Pérez, el riesgo no es solo inmediato, sino acumulativo. Cada día en el espacio implica una lucha constante contra el deterioro biológico, lo que convierte la actividad física en una herramienta vital para la supervivencia.

La reinvención del cuerpo humano en la estratosfera
Más que cambiar, el organismo se ve obligado a reorganizarse para funcionar en condiciones completamente ajenas a su diseño natural. En la microgravedad, los líquidos corporales dejan de distribuirse hacia las extremidades inferiores y se desplazan hacia el tronco y la cabeza. Esto genera rostros más hinchados, congestión nasal constante y piernas visiblemente más delgadas.
Este desplazamiento de fluidos también tiene implicaciones internas. El aumento de presión en la zona craneal puede afectar la visión, produciendo lo que se conoce como síndrome neuroocular. Es decir, la forma en que se percibe el entorno también se transforma.
Por otro lado, los músculos posturales pierden su función principal, lo que acelera su debilitamiento. El cuerpo entra en una especie de “modo de ahorro”, eliminando aquello que considera innecesario para mantenerse en ese entorno. Sin embargo, esta transformación no ocurre de manera caótica. Como explica la doctora, el organismo activa mecanismos de adaptación desde los primeros días: aprende a redistribuir esfuerzos, a optimizar funciones y a operar bajo nuevas reglas físicas.
El espacio transforma lo que somos
Uno de los cambios más visibles es el aumento temporal de estatura, producto de la expansión de la columna vertebral al no estar comprimida por la gravedad. No obstante, los ritmos biológicos se alteran por completo, se presenta una ausencia de un ciclo natural de día y noche que desregula el sueño, generando fatiga, desorientación y cambios en el estado de ánimo.
Estas variaciones también se ven reflejadas en la alimentación, puesto que implica consumir alimentos deshidratados diseñados para evitar residuos flotantes, mientras que la higiene requiere sistemas especializados de succión. En este entorno, incluso las acciones más básicas dependen de la tecnología para poder realizarse de forma segura.
La cotidianidad en el espacio no solo modifica el cuerpo, sino también la forma en que el ser humano percibe su existencia. Como podría interpretarse desde la perspectiva de Valentina Pérez, no se trata solo de sobrevivir fuera de la Tierra, sino de aprender a ser alguien distinto en un entorno que redefine completamente nuestra existencia.