Casi cien años de historia: la vida del viejo Chema
Esta crónica retrata el paso del tiempo en Buenos Aires, un corregimiento de Aracataca (Magdalena), a través de los ojos y los sentidos de un hombre que ha vivido casi un siglo y todavía sigue haciendo y contando historias.
Por Mariángel Marín, Jhoneis Donado y Gabriela Arango
En las calles olvidadas del Magdalena habita uno de los habitantes más antiguos y queridos del corregimiento de Buenos Aires: José María Gutiérrez, de 98 años. A lo largo de su vida, ha sido testigo de los cambios que han ocurrido en la zona rural de Colombia, y ha sido un fiel guardián de la historia y las tradiciones de su comunidad. Su casa es una cápsula de tiempo que, hecha de cemento y zinc, adornada de recuerdos, o al menos eso siente él, te transporta al antiguo siglo XX.
Al entrar, a mí llegaba el olor a pintura fresca y la tradición que ha sido cuidadosamente preservada se sentía en los muros. El interior está lleno de muebles antiguos, fotografías familiares y objetos curiosos. Una vieja radio de válvulas ocupa un lugar destacado en la sala de estar, lo que me ha hecho creer que es un testigo vivo de secretos y momentos importantes a lo largo de los años. En la cocina, el aroma de los alimentos recién cocidos es omnipresente, y los utensilios hechos de hierro fundido que han sido pasados de generación en generación se alinean en las estanterías. Las paredes de este espacio mágico de donde salen comidas de tradición están decoradas con utensilios de madera tallados a mano, una muestra del arte popular que ha sido parte de la vida de José María y su familia.
José María me recibió con una gran sonrisa que con su piel morena y una altura promedio de 1.78 metros, era imponente ante mi juventud. Él ha vivido toda su vida entre estas paredes de cemento y techo de zinc, que nacieron consigo en el siglo pasado. La casa es una muestra de la arquitectura rural típica de la región, con techos inclinados y ventanas amplias.
Él me ofrece sentarme en su sala y, cuando acepto, él se sienta junto a mí.
—Hombe yo sí estoy es fregado de la memoria —dice José María poniendo su mano en la cara y cerrando sus ojos; al parecer, siempre los cierra cuando se quiere acordar de algo.
—¿Qué le gustaba hacer cuando estaba pequeño? —le pregunto.
—Mija, lo que me mandaran a hacer en la finca: arrear las vacas, el ganado, bañar las bestias, ponerles las herraduras a los caballos… todo lo que se hace en el monte. Mi papá siempre que nos veía sin hacer nada nos ponía a hacer cualquier cosa, mi papá era un señor muy fregado, pero bueno… yo tenía como doce años para ese entonces —se rasca la cabeza dejando ver la falta de su uña del dedo meñique.
Hace unos minutos, antes de que empezara la charla, me habló acerca de cómo había perdido esa uña. Fue hace mucho tiempo, mientras intentaba ordeñar una vaca y apartó a su ternero, esta reaccionó de forma agresiva para defender a su cría y le arrancó la uña a José María, más conocido por sus vecinos y allegados como “el viejo Chema”.
Claramente, esta anécdota causó más impacto en mí de lo que causaría en él si le llegaran con la misma historia, tal vez, tenga que ver con criarse prácticamente toda su vida en una finca.
—¿Y le tocaba hacer todo eso y no iba al colegio? —le pregunto.
—No —abre los ojos—. Yo iba al colegio también, hacía lo que me mandaban en varios días —chasquea los dientes con la lengua —y yo nada más estudie un año por lo de la huelga.
—¿Cómo así lo de la huelga? —le pregunto.
El baúl y todo se quedó
—Sí… Yo estaba estudiando en el Liceo (Santa Marta) el bachillerato porque en el pueblo no había colegios que llegaran hasta bachillerato y mi papá me sacó del colegio por la huelga de los estudiantes. Resulta que me cogieron de abanderado del partido azul, pero era algo informal, de los estudiantes y eso yo no sé cómo llegó a oídos de mi papá, le habrá contado alguna vecina y así me fue, todavía me acuerdo de ese castigo, mi papá me decía: “¿Por qué hacías esas vainas de azules?, mientras me pegaba con la correa. El baúl y todo se quedó en Santa Marta cuando mi papá me trajo para la finca.
Mi papá era pesado, ya luego a los catorce, cuando me sacó del colegio, me tocó en la finca; y ya después empecé con Bellavista, mi finca.
—¿Cómo empezó con la finca? —le pregunté.
—Bueno pues, un francés dejó sus tierras y yo me le metí al terreno y lo empecé a trabajar, claro que no era nada en comparación a cómo yo la dejé, con 650 hectáreas, 50 más y eran 700. Una finca grande —mantiene los ojos cerrados mientras recuerda—… Es que antes la vida era dura, pero era sabrosa. Los jóvenes de ahora no quieren trabajar, hay mucha inseguridad, quieren es andar en moto. Mija, yo salgo a la esquina y me atracan. Yo tenía 16 años y ahí me metí—se empieza a reír—. Luego ya más adelante compré esta casa —mira alrededor con una mirada orgullosa—. Mija, esta casa me la dejó Carlos Quintero cuando se murió y me dijo que se la cuidara. Yo le di $70 000 y me hizo los papeles. Esta casa lleva rato, pero nada, no era tan grande como es ahora.
Es curioso cómo ha adquirido sus posesiones más valiosas al pasar de los tiempos, cómo la comunicación y amistad era más poderosa que cualquier contrato y cómo la vida era más segura. Está claro que trabajar para ninguna generación es tarea fácil, pero cómo el trabajo físico y arduo se ve reflejado más adelante en las comodidades que una persona de 98 años puede tener aún hoy en día, no deja de ser impactante.
—¿Cuáles eran sus actividades favoritas cuando estaba joven? —pregunto.
—Me gustaba salir a beber con mis amigos, Julián y Julito —tiene los ojos cerrados, pero ríe—. Pero a las doce ya me tenía que regresar a ordeñar las vacas.
Va pasando una señora muy delgada, de unos sesenta años de edad, se asoma por la puerta y saluda a José María: “Ay, Chema, tenía rato que no lo veía, ¿cómo ha estado usted?
Mantienen una conversación de unos diez minutos y entre risas se despide la señora Olga, vecina desde hace más de 40 años.
***
—¿Se acuerda a que edad tuvo a su primer hijo? —le pregunté.
—Mi primera mujer se llama Ana, ella ahora mismo está en Valledupar viviendo porque sus hijos se la llevaron porque está enferma. A ella la conocí aquí en el pueblo, nosotros nos casamos y tuvimos a Eduardo cuando yo tenía como 20 años.
A Eduardo me lo mataron los hijueputas estos —cambió por completo su rostro y expresión, estaba furioso mientras contaba la historia—. Resulta que apareció un muchacho muerto en una carretera de por aquí y había en el camino como si hubiese pasado como un camión o algo así en la carretera, y apareció muerto y lo tiraron a una fosa y los hijueputas esos se lo echaron a Eduardo y lo mataron.
Esos segundos cuando me contó esa historia, hicieron como que se evaporara su felicidad y su risa cálida. Está serio y muy triste al mismo tiempo. No había justicia en esa época y las autoridades no hicieron nada por esa confusión que lastimosamente en tiempos del conflicto armado eran comunes. Esta familia, como muchas otras, quedó destrozada por completo por esa ola de sangre que abrazó a Colombia a mediados del siglo XX.
***
—Ahora se notan menos los matrimonios y eso —me dijo el señor José María—. Antes había poca gente, entonces todo se veía menos. El que tenía posibilidad lo festejaba y se ponían los atuendos y eso. Lo que pasa es que ahora los matrimonios son apresurados. Es que el matrimonio es bonito cuando es con gusto de los padres que lo hacen a un tiempo acordado y hacen las cosas bien, ahora todo es más apresurado por eso, porque hay muchos hombres informales, ponen una cita para tal día y entonces se llevan a la muchacha (a tener relaciones).
“Ahora es raro que se case un muchacho con orden, con satisfacción de la familia; hacen esa porquería que hacen, se salen, se van entonces lo cogen y los hacen casar. Para casarse hay que pensar muy bien, tanto el hombre como la mujer, ponerse de acuerdo y hacer su acto de matrimonio bien, quiero decir, con respeto, con armonía.
Yo me casé allá en Barranquilla. Me casé con Aidé, vine con el papá y nos casamos, hicimos la fiesta, fuimos a la iglesia y después de la fiesta, al día siguiente nos vinimos a Fundación. Mi segunda mujer fue Aminda, la mamá de chema y de Ligia.
Magínate tú, dejé a Aminda que era una mujer buena pero ella ya tenía dos hijos, pero yo por la pendejada de querer señoritas, me casé con Aidé. Pero todos los días peleábamos. Luego me metí con Alina… Nos casamos pero nos descasamos, se puede decir que ella es chiquita de estatura pero grande de ambición”.
Antes, el valor de una mujer era representado por su “virtud”, en la vida del viejo Chema, vemos como le parecían más atractivas las señoritas que las madres solteras o mujeres divorciadas. Describe los matrimonios de ahora como apresurados e irrespetuosos. Sigue viviendo en su época, aunque el tiempo ya se ve reflejado en las arrugas de su rostro y las lagunas de su memoria.
En ese momento, se acerca su hija menor que lleva por nombre Sugeira y le dice que ya son las 7 de la noche, que ya es hora de ver el noticiero, está en su rutina y es inamovible. Sin más preámbulos, se levanta de la silla y me pide excusas, me dice que puedo seguir la conversación con su hija, quien muy amablemente se ofrece a seguir con la charla.
—¿Cómo describiría usted a su papá? —le pregunto.
“Mi papá siempre ha sido una persona muy terca desde que lo recuerdo, también una persona con un carácter fuerte; sin embrago, lo recuerdo como ese papá dulce que siempre me apoyó.
No recuerdo mucho de cuando estaba pequeña, pero si sé que a mis hermanos mayores (hombres) les exigía mucho más, siempre pensé que tenía un trato diferente conmigo porque era la menor de todos mis hermanos; sin embargo, luego me di cuenta de que tenía un trato diferente con las mujeres de la casa.
Recuerdo mucho en ocasiones cuando mi papá se iba a la finca por unos días y regresaba y nos invadía esa emoción de volver a verlo, siempre nos recibía con una sonrisa.
A mis hermanos mayores siempre les exigió más y fue más duro con ellos, tanto en los castigos como en las tareas que les ponía a hacer. A mí nunca me puso una tarea (ni a mis hermanas), eso lo hacía mi mamá. Recuerdo también que todos aquí en el pueblo le tenían y aún le tienen cierto respeto, supongo que por el tiempo que lleva viviendo aquí y por su personalidad tan dura que lo caracteriza. Muchos no se atreven a acercarse a él por la manera como es su actitud corporal o porque siempre lo han descrito como una persona con un carácter bastante fuerte, sin embargo, cuando lo llegas a conocer te das cuenta de que es simplemente una persona que ha pasado por mucho en su vida.
En cuanto a la relación con mi mamá (su última esposa) no siempre fue la mejor, recuerdo que mi papá siempre se caracterizó por ser un hombre muy libre, le gustaba salir con sus amigos y eso a mi mamá no le agradaba mucho.
Discutían y en ocasiones llegó a agredirla físicamente como sé que hizo con sus anteriores mujeres.
Para mí, mi papá no es ese señor serio y con personalidad dura, sino simplemente mi papá, que siempre estuvo pendiente de mí y me apoyó durante toda mi vida”.
Su hija hablaba con tanto orgullo, a pesar de reconocer las falencias de su padre en varios aspectos de su vida, y me hizo pensar en la ambivalencia de las personas, de las cicatrices, de los tropiezos y las heridas. Es esa ambivalencia dentro de la existencia humana que conecta desde el primer suspiro que alguien toma para contar su historia, ¿será que nuestras historias están destinadas a ser contadas? —me pregunté, mientras seguí recorriendo la casa de Chema—.
Flashbacks de las conversaciones que tuve con Chema llegaban a mi mente de forma rápida, como si su vida pasara justo por mi cabeza en ese instante. Recuerdos de una vida llena de matices que pintaban y abrazaban ese techo de zinc que estaba justo por encima de mí. La vulnerabilidad del ser humano florece al revivir momentos de dolor y soledad. Esta historia demuestra la importancia de saber vivir, ¿será que a los 98 años aún se viven con intensidad esos recuerdos de los 20?
Sentada en la sala de estar de la casa del señor José María, las emociones me absorbieron por completo con la fuerza de mil tornados, el señor Chema a sus 98 años recuerda el amor en todas sus versiones, y los testimonios presentes en este escrito confirman lo importante que es Chema para su familia, vecinos, nietos, incluso para sí mismo.
Siempre he creído que la gente que vive en Colombia puede escribir un libro con las miles de anécdotas que han presenciado dentro de Macondo. Los colombianos somos un pueblo lleno de eternas cicatrices y heridas que traspasan la piel, los sentidos y el cuerpo. Justo en ese instante recordé cómo Chema hablaba de la muerte de su primer hijo, Eduardo, en tiempos de conflicto armado. Afirmo que es una de las experiencias más fuertes que he escuchado teniendo casi 20 años, la misma edad que tenía Chema cuando Eduardo nació.
Veo a Chema y resuenan las palabras de su hija menor, Sugeira: “Cuando lo llegas a conocer, te das cuenta de que es simplemente una persona que ha pasado por mucho en su vida”. Sigo observándolo y me lanza una sonrisa, su boca tiene una curva de principio a fin donde al inicio veo a un niño de doce años arreando las vacas y al final, un señor de 98 años orgulloso de su casa, de su familia y del amor que tienen los vecinos por él.
Es impresionante como mi vida se enaltece y se regocija al pensar que la vejez es la mejor maestra, la llave del tiempo, el inicio de una etapa y quizá el fin de la vida. Veo a Chema mirando un programa en la televisión y mis pensamientos hacen eco por toda mi mente: “¿Será que la tranquilidad llega con el pasar de los años o con el pasar de los años, la tranquilidad nos abandona?”.
Chema me voltea a mirar para que preste atención al programa que está viendo en la televisión y me dispongo a hacerlo. Mientras mis pupilas observaban el programa que Chema veía, mi mente divagaba sobre las historias y sus enseñanzas, nunca me había concentrado tanto en querer vivir otra vida que no fuera la mía para comprender una historia, en este caso, la historia del señor José.
Mis ojos moviéndose de un lado para otro recapitulaban mi llegada a la casa de Chema y rebotaban como pelotas blancas llenas de recuerdos negros en la existencia del señor José, una historia que jamás quiero olvidar. Fue entonces cuando supe que necesitaba evitar que esos pedazos de historia volaran, necesitaba recordar una y otra vez dónde comencé, y fue justo aquí: “En las cuadras olvidadas del Magdalena, donde habita José María Gutiérrez”.