Plinio Cedeño: el hombre detrás del alcalde
En esta entrevista, el actual alcalde del municipio de Puerto Colombia habla sobre su vida, más allá del cargo que ostenta.
Por Génesis Rodríguez y Margarita Cedeño
Detrás del cargo, hay un hombre que no busca parecer, sino permanecer. Entre conversaciones que comienzan con la firmeza de un líder y terminan con la ternura de un padre, Plinio Cedeño deja entrever que su historia no se mide por obras ni discursos, sino por los silencios, las pérdidas y los pequeños gestos que sostienen su vocación de servir.
A veces, las palabras llegan despacio, como si se acomodaran antes de ser dichas. Plinio Cedeño habla con esa calma. No se apresura, mide las frases, deja espacio a los silencios. “Soy un hombre muy familiar, hogareño, muy atento a la familia y a los amigos. Me encanta celebrar cada fecha especial de las personas que quiero.” Su voz tiene una firmeza tranquila, la de quien no necesita levantarla para hacerse entender.
La conversación transcurre sin prisa, entre recuerdos que aparecen con naturalidad. “A decir verdad, el ambiente en el que crecí lo describiría como paz y tormenta. De todos los valores que mi madre me enseñó, conservo la empatía, el que más la caracterizaba.” Esa palabra —empatía— se repite varias veces, como si fuera un punto de partida y también un refugio.
Esa “tormenta” a la que se refiere no fue solo una metáfora. Su padre, hombre de carácter fuerte y exigente, solía imponer la disciplina con dureza. “Era rudo, me corregía con mano firme, y muchas veces me dolió —no solo físicamente, sino por dentro—. Pero con el tiempo entendí que, aunque me marcó, también me enseñó a distinguir lo que debía repetir y lo que no.” Lo dice sin dramatismo, pero en su voz hay algo que vibra: una mezcla de respeto y cicatriz. “Aprendí tanto de sus aciertos como de sus errores. Hoy sé que parte de mi exigencia viene de él, y no siempre es algo bueno.”
Habla de su padre con una mezcla de respeto y añoranza. “Mi más grande motivación, aparte de mi amor por esto, fue mi padre, Víctor Cedeño —‘Chicho’—. Él también fue alcalde. Su ejemplo, el apoyo que siempre me dio en el concejo, marcaron mi camino. Su muerte en 2020 fue un antes y un después.” No hay lamento, pero sí un vacío que no se disfraza: la ausencia del hombre al que quiso igualar y del que aún trata de diferenciarse.
Cedeño estudió Derecho en la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla. Dice que, si no estuviera en la política, estaría ejerciendo como abogado. “Me gusta el derecho, su lógica, su sentido de justicia.” Mientras habla, acomoda los lentes con un gesto casi inconsciente. Su mirada se mantiene fija, directa, pero sin rigidez. Hay en ella algo de esa determinación que también tiene la gente que ha aprendido a esperar.
De los momentos difíciles, recuerda con serenidad aquel 2019 en que no obtuvo el aval para lanzarse. “Aprendí mucho de la paciencia, de la fortaleza. Entendí que en la vida pública no siempre las cosas salen como uno espera, y que los tiempos de Dios y de la vida son perfectos.” Lo dice sin resentimiento, aunque entre líneas se percibe el peso de las puertas que se le cerraron y del orgullo herido que tuvo que tragarse en silencio.
En un momento de pausa, cuando la conversación parece mirar hacia atrás, Cedeño sonríe con cierta nostalgia. “Si pudiera hablarle al Plinio que se postuló por primera vez, le diría que confíe más en sí mismo, que no se desanime por los tropiezos ni por las críticas. Que escuche más, que tenga paciencia y que no pierda nunca la humildad, porque el poder pasa, pero la esencia queda.” Asegura, con un leve suspiro, pareciera que intenta convencerse a sí mismo tanto como a los demás.
Cuando se le pregunta cómo equilibra los roles que lo definen, responde casi con naturalidad: “Trato de planificar bien mis días, dejando espacio para mis responsabilidades en la alcaldía, pero también para mi familia, que es mi mayor motivación.” No parece una frase dicha muchas veces, sino una certeza repetida en la rutina.
Luego de una breve pausa, se sincera: “Hay momentos en los que el tiempo no me alcanza, y eso me pesa. Mi horario es pesado, las jornadas se alargan y, aunque intento estar presente, a veces no puedo. Eso ha afectado mis relaciones, me ha hecho entender que estar disponible no siempre significa estar cerca. Hay días en los que llego tarde, cansado, y no tengo paciencia ni para hablar. No me enorgullece, pero es la verdad.”
Entre los recuerdos que guarda con más claridad, hay uno que lo conecta con la esencia de lo humano. “Recuerdo cuando visité a una familia que lo había perdido todo por un incendio. No fui como alcalde, fui como persona. Me senté con ellos, los escuché, les di la mano. En ese instante entendí que la gente no siempre espera grandes soluciones, sino sentir que alguien los acompaña.” Relata.
Mientras lo cuenta, el ambiente parece hacerse más íntimo. Cedeño baja ligeramente la voz, mira al suelo, como si buscara la escena entre los pliegues de la memoria. En ese gesto —discreto, casi imperceptible— se revela más de su carácter que en cualquier descripción.
Hacia el final, el tono de la conversación cambia. Ya no se trata de política, ni de poder, sino de legado. “Más allá de las obras, quiero dejar el amor por Puerto Colombia. Que la gente crea en su municipio, que se sienta orgullosa de vivir aquí y entienda que todos podemos aportar algo para hacerlo mejor.”
La tarde se estira. Cedeño entrelaza las manos, y por un instante parece hablar más consigo mismo que con nadie. Entonces, deja salir una frase que resume todo lo anterior, como si cerrara sin proponérselo el retrato del hombre que es: “No hay un antes y un después de ser alcalde, sigo siendo el mismo, solo que ahora puedo ayudar desde otro lugar.”