La amargura de la adultez: El trauma de la niñez
Sigmund Freud: Los recuerdos olvidados no han desaparecido; continúan actuando desde el inconsciente.

Por Isaac Agüero
Por generaciones hemos arrastrado traumas, carencias que han afectado nuestro bienestar emocional y marcas en el corazón que nos generan comportamientos dañinos con los cuales dañamos a otros.
Al subir al bus, notamos a un chofer amargado y con falta de empatía; cuando le preguntamos alguna cosa a alguien y nos responde de forma grosera; cuando, en medio del tráfico, algunos se agreden verbalmente; y ni hablemos de las faltas de respeto a través de las redes sociales.
Todas estas reacciones negativas mayormente surgen cuando quizás hemos crecido en un entorno donde estos comportamientos han sido normalizados: hablar con ira, ofender o quizás… no dejarse de nadie. Pero nunca es tarde para cambiar hábitos y métodos de crianza; es necesario dejar de normalizar el maltrato, la agresión y las malas conductas.
En ocasiones, el adulto no autoanaliza sus comportamientos, ya que muchas veces se pierde la intención de cada día ser mejor persona, muchas veces debido al afán o, quizás, a creer que por ser adultos no es primordial trabajar en el carácter y el comportamiento. Más fácil consideran decir: «Así nací y así me quedo».
De tal forma, les transmiten esos hábitos a los niños, haciendo que este molde negativo sea arrastrado por generaciones. Sin embargo, creo que no todo está perdido; nunca es tarde para levantarse con la convicción de ser buena persona, marcar la diferencia y convertirnos en agentes de cambio.
Siempre valdrá la pena corregir a otros y mostrarles qué conductas afectan su entorno. Si todos tuviésemos el mismo sentir, sería el primer paso para marcar un antes y un después en todas las áreas de nuestra vida, y así empezar a ver con empatía al anciano que se demora para cruzar la calle, ponernos de pie y darle el asiento a aquella mujer embarazada, y poder desarrollar una conversación pacífica con alguien que tenga una idea o pensamiento distinto al nuestro.
Un camino a la paz y a la transformación ciudadana no solo comienza con algún político en el poder o en una religión; comienza en los pequeños detalles que podemos trabajar cada uno de nosotros como ciudadanos: que vuelvan los niños a jugar entre sí, que una familia se una y que se derriben los muros de mala conducta que por generaciones se vienen arrastrando.
Si sientes que has cumplido con esto, felicidades. Si quizás este escrito te describe, es tiempo de renovar el pensamiento y que no haya espacio para la amargura, pero que florezca la felicidad y la buena conducta en la niñez.
