Milei, un perfecto ‘outsider’
El uso de narrativas cargadas de emociones ha demostrado ser una herramienta poderosa, no solo en Argentina, sino también en el resto del mundo.
Por Luisa Acosta, Valentina Jimeno y Yairlanis Barrios
“Hola a todos, yo soy el león, ruge la bestia en medio de la avenida, lloran los zurdos, sin entender…” fueron las primeras palabras que expresó cantando Javier Milei, presidente de Argentina, en su discurso en la cumbre de VOX en España. Todo un rockstar.
Para ser sinceras, Milei siempre nos ha parecido una persona y un político con comportamientos extraños y poco comunes, así que escucharlo gritar estas palabras frente a una multitud no nos sorprendió, lo que sí nos sorprendió fue la cantidad de aplausos con los que fue recibido. Pero, exactamente eso es un político ‘outsider’; un político fuera de lo común que roba toda la atención del caso.
El caso de Milei no es único en la política actual. El uso de narrativas cargadas de emociones ha demostrado ser una herramienta poderosa, no solo en Argentina, sino también en el resto del mundo. En Colombia, por ejemplo, vimos cómo Gustavo Petro logró canalizar el descontento social en su narrativa del cambio. Sin embargo, en el caso de Milei, su discurso no solo es emocional, sino agresivo y polarizante, dirigido en gran parte contra el socialismo y cualquier sistema que él perciba como una amenaza para su visión libertaria radical. Y eso gustó en las y los argentinos.
Milei supo captar la atención del público argentino, sobre todo de aquellos que se sienten traicionados por las promesas incumplidas de las fuerzas tradicionales. Su estilo de comunicación es la clave para entender su victoria política. Nosotros lo llamamos “los 2 Mileis”. El primer Milei, el de los discursos leídos, mantiene una postura más estructurada y políticamente calculada, sin dejar de lado su estilo. Allí sus asesores claramente intentan proyectarlo como un líder que puede ser responsable y mesurado. Sin embargo, el segundo Milei, el que se aparta del papel, es otro: uno que no teme insultar, gritar y confrontar de manera abierta. Esta dualidad en su discurso muestra una estrategia: seducir tanto a quienes buscan un líder con formas tradicionales como a quienes desean ver a alguien que desafíe el statu quo con arrebatos de pasión y desprecio hacia sus opositores. Justo lo que haría un outsider.
Pero, no solo se trata de las formas, el lenguaje que utiliza también resulta importante para analizar. Frases como “maldito y cancerígeno socialismo” que a nuestro parecer son comentarios excesivamente violentos. No son simples ataques, sino llamados emocionales a un electorado que ha perdido la paciencia. En sus momentos más exaltados, en el Milei que no tiene libreto, él se despoja de cualquier barrera de contención institucional y arremete con una retórica que combina insultos y provocaciones directas. En este punto, su comunicación se vuelve una herramienta para dividir a la audiencia entre “los buenos” (los que lo siguen) y “los malos” (sus detractores).
Así funciona el fenómeno outsider, no solo se basa en ser una figura disruptiva, sino en explotar una narrativa de “ellos contra nosotros”. Esa es la clave. Milei ha perfeccionado este arte. Se posiciona como la antítesis del establecimiento político, usando una retórica que señala a sus opositores no solo como equivocados, sino como corruptos o cómplices de un sistema fallido. Este tipo de discurso tiene un atractivo particular en sociedades donde la desconfianza hacia las instituciones ha alcanzado niveles críticos. ¿El caso perfecto de esta descripción? Argentina. Milei no se presenta como un político más, sino como un mesías que viene a derrumbar el orden corrupto para instaurar una nueva era. Sin embargo, lo que se presenta como un acto de salvación puede, en realidad, reforzar un ciclo de polarización y confrontación.
El desafío de Milei como outsider es que su discurso es, en esencia, destructivo. Mientras que figuras como Trump en EE. UU. y Bolsonaro en Brasil también se alimentaron de la retórica antisistema, ambos enfrentaron la dificultad de transformar su actitud disruptiva en una gobernanza funcional. Milei, que ha hecho de la rabia y la confrontación su sello distintivo, corre el riesgo de ser prisionero de su propia estrategia. Si bien la furia puede ganar elecciones, no es una herramienta efectiva para gobernar un país tan complejo como Argentina. Su capacidad de moderar su lenguaje y adaptar su discurso para generar consensos será crucial para evitar que su mandato sea visto como una mera extensión de su campaña.
No obstante, una de las cosas más interesantes es cómo logra resonar con los jóvenes, sobre todo en las redes sociales, donde su discurso se adapta fácilmente a los lenguajes de la cultura digital: memes, videos cortos y declaraciones controversiales que se viralizan rápidamente, el mal llamado “humor negro”. Aquí es donde Milei parece comprender mejor que otros políticos cómo la emoción, el choque y la polémica se convierten en una estrategia ganadora. Su estilo directo y a menudo vulgar lo ha posicionado como el “frentero” que muchos jóvenes sienten que falta en la política tradicional. Milei, como Trump, es el ejemplo perfecto de la formula outsider: conservadores con propuestas populistas, buscando pelea.
Sin embargo, como ya lo planteamos antes, esta agresividad comunicativa plantea una pregunta importante: ¿hasta qué punto este estilo puede sostenerse cuando el objetivo ya no es ganar una elección, sino gobernar un país? Como todo populista radical, Milei enfrenta el desafío de transformar su retórica incendiaria en soluciones reales. Pero incluso más allá de las políticas, la cuestión central es cómo su discurso puede o no adaptarse a las exigencias del liderazgo nacional.
Gobernar no es lo mismo que hacer campaña. Y mientras el Milei de campaña se apoyó en el grito y el insulto, el Milei gobernante deberá encontrar maneras de comunicarse que no dividan aún más a un país ya fracturado. Su discurso, que hasta ahora ha funcionado para encender pasiones, necesita evolucionar para construir puentes, porque en la arena del poder real, la confrontación perpetua no es sostenible.