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El Comunicador

La comunidad de La Tablaza: el destino en una atarraya
24 febrero, 2026

La comunidad de La Tablaza: el destino en una atarraya

Aquí, la historia de una comunidad que, después de más de 30 años en el lugar que es su todo, dice que seguirá luchando por darle un buen futuro a su familia: «Por eso aguantamos hasta lo más duro».

Por Carolina Barrios, Eliana Pallares y Natalia Velásquez

Cuatro horas para llegar al Parque Isla Salamanca con el sol que parece incendiar el cuerpo, la brisa que reseca los ojos, y la esperanza de buscar el pan de cada día, es lo que hace parte del recorrido de los pescadores del Caño de La Tablaza, hombres anclados al río como por designio divino. Jaime, el vigilante de las canoas, un hombre de pocas palabras; Esther, la de la sonrisa infinita, quien se encarga de brindarles de comer a los pescadores; Juan, mejor conocido como “Negro”, y Alejandra, la nueva integrante de esta familia, quien con tintos los despierta a todos. Ellos son los miembros que conforman esta comunidad que tiene un gran sentido de vida común: la pesca.

En total son «ocho horas remando de ida y vuelta, sin incluir el tiempo pescando, y el desgaste que esto trae», cuenta Jaime Gutiérrez sobre el que fue su oficio desde los diez años de edad. Desde entonces, laboró como pescador, según dice, gracias a las enseñanzas de su padre, a quien describe como un hombre honorable que levantó a una familia completa a través del arte de la pesca. Sin embargo, no todos los tiempos fueron buenos para esta, una familia de pescadores.

—Yo vivía en Nueva Venecia; pero nos tuvimos que venir para acá porque sucedió una masacre en la que mataron a la mayoría de los pescadores —dice Jaime.

—Y usted, ¿tuvo alguna pérdida? —preguntamos con curiosidad.

—¡Clarooo!, los paracos se llevaron a un tío —respondió con la mirada quebrantada.

El doloroso acontecimiento logró que esa familia sufriera de desplazamiento forzado y, buscando un lugar de escape, el Caño de La Tablaza —a orillas de la Intendencia Fluvial— se convirtió en su lugar de trabajo. Jaime hoy en día ya no pesca, debido a una operación en la vista que se tuvo que realizar a consecuencia del sol y de la fuerte brisa que soportó en sus años como pescador; y aunque esto suena como una tragedia, él lo entiende como caer en los brazos de Morfeo: un descanso total del trajín y la bienvenida a una tranquilidad «incomparable».

A sus 69 años, es celador de las canoas en el caño durante todo el día y la noche, dedica un mes completo a cuidarlas, y duerme en ellas o en una chocita que hay en el agua construida de palotes y tablas por los mismos pescadores de la zona para los días de lluvia, mientras otro mes descansa, algo bastante arduo para su edad, ya que está bastante expuesto al peligro y a la delincuencia en las frías noches del caño.

—¿Y el mes que no trabaja cómo se sostiene económicamente? —preguntamos. 

—Mis hijos me ayudan, ellos no quieren que yo venga a trabajar, pero como yo me siento con fuerzas todavía, pues vengo —comenta con un aire de serenidad.

El oscuro pasado del Negro

“Somos una familia”, menciona Juan, o el “Negro”, quien como muchos de los que se encuentran a las orillas del caño, fueron víctimas de aquel 21 de noviembre del año 2000 en Nueva Venecia, Magdalena.

Ese acontecimiento fue más que un destino atrapado en una atarraya, fueron miles de corazones consumados. En el sendero de la muerte, treinta y siete almas hallaron su trágico destino, dejando tras de sí un rastro de huérfanos desamparados y viudas desconsoladas. Entre lágrimas de padres y madres, el dolor se acrecienta, marcando un sombrío capítulo en la historia.

Además, mil seiscientas personas de esta desolada vereda se unen a la lista sombría de tres millones y medio que van vagando como sombras en el oscuro reino del desplazamiento forzado. A Juan, esta masacre se le llevó a un hermano y a un primo, y fue eso lo que lo obligó a llegar a la plaza del mercado en Barranquilla.

A sus 62 años, dice que no recomienda la pesca: «Esto es duro, aunque sea un arte. El que estudia tiene algo bueno en la vida, algo más que la necesidad que hay aquí». Durante los años, la pesca ha disminuido en su comercialización; sin embargo, aquel núcleo de personas que pertenecían a la pequeña vereda, y que muchos años después se reencontraron para apoyarse, afirman tener una conexión, más que comercial, familiar.

—Bocadillo, bocadillo —se escucha a lo lejos del caño.

—Papi ven acá, ¿qué estás vendiendo? —grita el Negro con curiosidad.

—Bocadillo, a $1 000 pesos —responde el niño, algo sofocado.

—Dame tres y diles a tus papás que te pongan a estudiar, este es un lugar muy peligroso para un niño como tú —le dice el Negro con cara de preocupación.

A través de sus ojos, se ve la tristeza como un cielo nublado en un día de verano. La pobreza que ellos perciben en su entorno la llevan a todas las realidades al no poder cambiarla para los niños. Así que por más que quieran darles la mano a todos, siempre existe un factor que les impide hacerlo: la necesidad.

Charlas y sonrisas con Esther

A los lejos se ve una señora de unos cincuenta y tantos años, la cual tiene un puesto de comida, una neverita y un puesto de leña en el que los pescadores llegan muy temprano en la mañana para poder agarrar fuerzas como el pez luna y salir a hacer su labor. Su nombre es Esther Serna, una mujer luchadora que toda su vida se ha visto rodeada por pescados… Su padre y sus hermanos llevan consigo la herencia de Nueva Venecia, Magdalena: son pescadores.

—Señora Esther, ¿usted cuántas veces ha pescado? —le preguntamos.

—No, mis niñas, yo jamás he acompañado a pescar a mi papá o a mi hermano, incluso ni a mi primer esposo, el papá de mis niños; pero yo siempre vendí el pescado, lo reconozco y me clasifico como una experta… pero no me gustaría pescar —respondió con seguridad.

Como muchos de los que están ahí ubicados, su familia también se trasladó hacia un camino con cuchillos afilados, porque a sus trece años llegaron a Tasajera (Magdalena), donde no pasó mucho tiempo para que una masacre se volviera a repetir en la madrugada del cuatro de octubre del año 2001. Las redes de pesca se convirtieron en trampas mortales, capturando no solo peces, sino también la vida misma de los pescadores que arriesgaban todo en un mar infestado de violencia y conflicto, lo cual dio el traslado definitivo hacia la ciudad de Barranquilla, donde a todos los esperaban para una nueva oportunidad de vida.

—Aquí nos iba bien, vendíamos pescado fresco y teníamos nuestros puestos de comida, pero un día la Alcaldía quiso desalojarnos, nos dañaron todo —comenta con ojos de nostalgia.

—Y, ¿qué hicieron al respecto? —preguntamos con incertidumbre.

—Pusimos presión, peleamos hasta el final hasta que perdimos a un compañero pescador en manos del ESMAD, de ahí nos quisieron dar capacitaciones para cambiar de oficio, pero todo se queda en promesas, así que al pescador le toca hacer lo único que aprendió en la vida, coger una canoa y pescar, por eso la valentía es lo único que nos protege de ellos —respondió con la voz un poco quebrada.

Las promesas de los políticos son como las burbujas de jabón, al comienzo son brillantes, bellas y generan alegría, pero después se convierten en pájaros en el aire que nunca se logran agarrar. Les prometieron una plaza de pescado y lo único que obtienen es cada dos o tres meses una visita de espacio público para removerlos de ahí, llevándose las pocas mesas e implementos que tienen para ganarse el día a día. Definitivamente, después de más de 30 años en ese lugar: «somos una comunidad que luchará por darle un buen futuro a nuestra familia, por eso aguantamos hasta lo más duro».

Manuel Mendoza: pedaleando a través del peligro

—Buenas, buenas, vine a recoger los pescados —aparece un señor de unos 55 años, aproximadamente, en su bicicleta.

—Claro, Manuel, te estábamos esperando —le contestaron efusivamente.

Desde Bomba (Magdalena) nos encontramos a Manuel Mendoza, encargado de vender los pescados en su transporte particular, una bicicleta de color azul que lleva con él la mayor parte de su vida como vendedor. «Este amor por la pesca viene de mi familia», dice. De generación en generación, así es como describen esta labor.

—¿No han regresado de pescar? —dice Manuel con breve preocupación—. Deben tener mucho cuidado.

—¿Por qué lo dice? —preguntamos.

—En el río también se vive el peligro. Muchas veces, cuando ya están regresando con los peces en su canoa, llegan otras personas para robarse la mercancía, aprovechándose de que ellos no pueden hacer nada porque pueden salir lastimados —responde Esther con un timbre de preocupación en la voz.

Se extiende un silencio tenso notándose la intranquilidad de todos los que se encuentran en el lugar. «No solamente hay inseguridad aquí en el río, ayer me robaron una canoa mientras dormía», comenta Jaime y todos asienten aún más preocupados.

—Lamentablemente, nada nos garantiza la seguridad aquí donde trabajamos, ni en el río ni en tierra —dice Manuel con mucha tristeza reflejada en su rostro—. Hubo una vez en la cual me intentaron atracar cuando estaba trabajando, hasta me han intentado quitar la bicicleta.

—Sí, yo me acuerdo de ese día —comenta el Negro mirando con lástima a su compañero—; aquí tenemos que estar con los ojos abiertos porque en cualquier momento puede pasar una moto y robarnos —continua pensativo como si estuviera recordando algún hecho en específico.

En este instante se puede evidenciar un hilo que los conecta a todos, preocupándose por el bienestar del otro, la capacidad de entenderse aun sin decir ni una sola palabra no la tiene cualquiera. «Pero bueno, ya, que aquí no estamos para estar con caras largas; muy pronto esto será mejor», les dice Esther con entusiasmo.

Después de aproximadamente tres minutos en los cuales todos los que son afectados de una u otra manera siguen en lo que estaban haciendo, Manuel recoge los pescados y se despide alegre de todos para salir a una aventura la cual todos los días es la misma pero diferente a la vez, y así vender para obtener el sustento de su familia.

María, trascendiendo fronteras y desafíos

María Alejandra, la mujer más joven de la zona —con tan solo 27 años—, con una trayectoria única y algo diferente a la de sus compañeros de vida y trabajo, se encarga de vender jugos y tintos en el caño.  «Me fui obligada a dejar Venezuela hace ocho años por muchos problemas que pasaban allá», dijo mirando a lo lejos.

Desde ahí emprendió un viaje para la búsqueda de una mejor vida que ha estado cargado de desafíos, tal como les ha tocado a las demás personas que trabajan día a día en el caño, después de todo, y a pesar de su diferencia de nacionalidad, tienen muchas cosas en común.

—Ellos dos son mis hijos; tengo otros dos, pero están en casa. En total son tres varones y dos niñas —comenta mirándolos llena de amor.

—Y ¿qué hacen sus hijos? ¿Estudian? —preguntamos.

—Solo tres. No me alcanza para ponerlos a estudiar a todos, además, la mayor que es ella tiene doce años y ya me viene a ayudar a vender porque si no, no hay comida.

Alrededor se escuchaba cómo los niños se habían unido a jugar con el que vendía bocadillos y en ese instante se marcó la línea de tres niños felices viviendo su infancia “normal”, mas no siendo destinados al trabajo debido a la necesidad.

María, quien apenas llevaba un mes ubicada en ese sector, no era la primera vez que llegaba ahí. Hace más de seis  años, cuando era una adolescente, un vecino le había propuesto la idea de vender tintos para mantenerse; sin embargo, tuvo problemas de convivencia en el caño donde dañó la paz que había y por esa razón tuvo que retirarse, pero al ser un lugar tan acogedor, muchos años después volvió y es lo que la sostiene en la actualidad.

—Aquí recibimos a todos los que llegan, hasta los que no tienen para comer yo les saco una parte de mi arroz,  de mi pescado y me dedico a compartir, porque entre pobres nos ayudamos —intervino Jaime, el celador de canoas.

—Sí, uno de nuestros mejores amigos es un venezolano también, llegó sin nada y hoy trabaja en el mercado, y a veces nos visita porque es muy agradecido con nosotros —agrega el Negro.

—Ya yo me siento parte de esta familia, aquí hay necesidad, pero con la actitud no te das ni cuenta y has vendido todos los tintos, aquí todo es más tranquilo —culmina María la conversación con tono de gratitud.

Como corriente en un río rebelde, entre los pobres se ayudan a navegar, para encontrar un refugio y sustento en su solidaridad; pobreza es todo el significado de pasar necesidad para ellos, pero no de limitarse en sacar del hueco a otros, sobre todo cuando lo que más se resalta y los mantiene vivos es agradecer.

Lo único claro de todo este viaje de relatos compartidos es que en medio de la oscuridad, la luz de la esperanza brilla más intensamente cuando hay unión. En la Tablaza, la ayuda mutua es más que un gesto, es un acto de trascendencia que desafía fronteras y sacrificios, dejando una profunda impresión en aquellos que tienen el privilegio de presenciarlo.

En las aguas turbulentas de la vida, la comunidad a orillas del caño se erige como un faro de solidaridad y resistencia. Como peces en un río caudaloso, estos hombres y mujeres se sostienen unos a otros, compartiendo no solo el pan de cada día, sino también la carga de un pasado marcado por la tragedia y el desplazamiento. En este destino atrapado en una atarraya, cada historia es un testimonio de lucha y supervivencia, donde la pesca, más que un oficio, es un lazo que los une en la adversidad.

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