La prevención empieza en la escucha: Claves de una psicóloga clínica para entender el riesgo suicida
En el marco del Mes para la Prevención del Suicidio, conversamos con Irene Polo Martínez, psicóloga con 36 años de experiencia, especialista en psicología clínica y magíster en adicciones y salud mental.
Por Isabella Ávila Sarmiento
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el suicidio no solo como el acto deliberado de quitarse la vida, sino, como un grave problema de salud pública a nivel global. Sin embargo, la entidad es enfática al mencionar que es una tragedia que se puede prevenir mediante intervenciones oportunas y basadas en la evidencia. Con más de 700.000 vidas que se pierden al año por esta causa en el mundo, hablar de salud mental ha dejado de ser un tabú para convertirse en una urgencia, especialmente en los entornos universitarios. Para entender cómo construir redes de apoyo efectivas y transformar nuestra manera de abordar el dolor emocional, profundizamos en este diálogo con la especialista.
Desde su experiencia clínica, ¿cómo ha notado que ha cambiado la conversación sobre la salud mental en los últimos años? ¿Estamos realmente perdiendo el miedo a hablar de ello?
El lenguaje sí importa y se viene trabajando desde hace rato precisamente con ese lema. ¿Por qué? Porque el hecho de presentar una condición no te define como persona. Podríamos ejemplificarlo así: si una persona tiene un trastorno de esquizofrenia, no se debe decir “es esquizofrénico”. Una cosa es tener una condición y otra muy distinta es quién eres como persona. Igual sucede con las personas que consumen sustancias; decirles “drogadicto” o “chirrete” es usar etiquetas peyorativas. Lo correcto es decir “la persona que consume sustancias” o “la persona con un trastorno por consumo”, anteponiendo siempre al individuo.
El lenguaje importa desde el marco del respeto, de la inclusión y de la aceptación del otro. Esto permite que las personas puedan hablar libremente de lo que están experimentando y abre puertas para buscar, en un momento dado, ayuda u orientación profesional. También disminuye el estigma. Antes, ir al psicólogo o al psiquiatra era muy vergonzoso. Aunque hoy las personas todavía se cuidan de esa discriminación, cada vez acuden a los profesionales de la salud mental con mayor iniciativa.
En el entorno de una escuela o universidad, ¿cuáles son las señales de alerta silenciosas que los docentes o compañeros podrían pasar por alto en un joven que está en riesgo?
Las señales que podrían pasarse por alto, a veces, son acciones o expresiones que no logramos integrar en el contexto, pero que la persona sí relaciona con su propia vivencia. No siempre se puede generalizar, pero hay casos donde las personas en apariencia se muestran alegres, felices y dispuestas a ayudar. Esta puede ser una forma de sobrecompensar el dolor y el sufrimiento que llevan internamente; por eso se hace un poco complejo.
Sin embargo, hay que prestar atención si la persona constantemente presenta conductas como aislarse o interactuar muy poco cuando recibe invitaciones. También si menciona frases como: “Ojalá algún día amaneciera dormido y no volviera a despertar” o “Estoy tan cansado que, si viniera un camión, desearía que me atropellara”. A veces, comienza a expresar que se siente vacía, sola, cansada de luchar o que no entiende qué le sucede. Esto puede estar acompañado de una apariencia física de descuido, disminuyendo cada vez más su capacidad de autocuidado.
En otros casos, pueden tener conductas sobrecompensatorias: dejar todo en orden, ser el buen estudiante, ganar todas las asignaturas o participar activamente en todo. Si notas que no hubo una apertura directa para decir “me quiero morir”, pero se lo ha mencionado a un amigo o amiga, ese amigo debe motivarle y orientarle a buscar ayuda profesional. No debe quedarse callado. Muchas veces piden guardar el secreto, pero esto sí hay que comentarlo. Un amigo es solo un amigo, no un profesional en salud mental, y la situación amerita atención real.
¿Qué peso tiene la presión académica (expectativas de notas, futuro profesional, exigencia familiar) frente a otros factores (como los biológicos o sociales) al momento de detonar una crisis en un estudiante?
Cuando analizamos las variables, no existe un solo factor causal, sino un conjunto de factores. Pueden ser personales, sociales, académicos, laborales, relacionales (como rupturas afectivas) e incluso biológicos. Todo ello confluye y genera una situación altamente estresante que desencadena en la persona una forma de “solucionar” lo que está viviendo, creyendo que es la única salida porque no sabe manejar el sufrimiento o simplemente quiere dejar de sufrir.
Lo que tenemos que identificar es qué significa para la persona el hecho de querer suicidarse. Como suele significar “dejar de sufrir”, hay que enseñarle otras formas de afrontamiento y otras maneras de percibir el dolor. Sobre todo, la persona debe analizar qué está bajo su control, qué no lo está y cuál es su red de apoyo.
Las presiones académicas pueden ser un factor estresor muy significativo si para el estudiante es vital ganar el semestre o ser excelente, y maneja una autoexigencia inflexible, perfeccionista y con baja tolerancia a la frustración. Habría que revisar todos estos componentes, pero definitivamente no podemos atribuirlo a un solo factor.
¿Cuál es la forma correcta y segura de abordar la prevención del suicidio dentro de las aulas sin generar este riesgo?
Existen varios modelos de prevención. Muchas veces podemos prevenir el suicidio mostrando, sencillamente, las alternativas para vivir. Desde la psicología positiva se viene trabajando mucho en identificar las emociones, darles un sentido, transitarlas y observar qué comportamientos nos pueden llevar a nuestras metas. Teniendo en cuenta esos valores y emociones, por supuesto que estamos haciendo prevención.
Dentro del aula, el docente es una figura que no solamente transmite conocimientos de una asignatura, sino que muestra enseñanzas de vida. Al formar de manera integral, el profesor puede convertirse en un punto de seguridad y apertura para sus estudiantes. Si nota, por ejemplo, a un alumno con un semblante muy triste, callado o cuyo ritmo de participación ha decaído frente a semestres anteriores, lo ideal es acercarse y decirle: “Te estoy viendo de esta forma. ¿Qué necesitas y en qué te puedo ayudar?”. Son preguntas muy significativas que facilitan que la persona se abra.
Además, las instituciones, desde sus departamentos de bienestar universitario, necesitan tener estructurados programas de prevención en salud mental y prevención del suicidio. Deben contar con todo el protocolo requerido para intervenir ante cualquier intención o conducta suicida dentro de la institución y activar la ruta correspondiente.
Aunque el foco está en los jóvenes, las tasas de suicidio en adultos y adultos mayores también son alarmantes. ¿En qué se diferencian los detonantes y las señales de alerta de un adulto frente a las de un adolescente?
Cada etapa de la vida viene con sus propios retos y desafíos. El ser humano se enfrenta constantemente al conflicto entre el cambio (seguir adelante y aprender) versus el estancamiento (querer seguir haciendo las cosas igual, aunque no den resultados).
En la adolescencia nos enfrentamos a pérdidas y cambios que se interpretan de manera muy particular. El adolescente experimenta cambios en su cuerpo y enfrenta el desafío de abrirse y defenderse en el mundo. También hay desafíos frente a la autoridad: empiezan a notar, mediante el pensamiento crítico, que sus padres tienen defectos, pero su inflexibilidad les dificulta admitir esos errores. A nivel social y emocional es una etapa compleja porque su lóbulo prefrontal sigue madurando, afectando el control de impulsos y la regulación emocional; a veces actúan y luego piensan. Pueden recurrir a las autolesiones para transitar el dolor en solitario. Detrás de querer morirse, buscan dejar de sufrir, ya que no se han dado el espacio de sentir ese dolor con el apoyo adecuado.
Con los adultos, especialmente al llegar a la etapa de madurez o adultez mayor, el conflicto central es: “¿Voy a trascender o me voy a estancar?”. Se preguntan qué dejaron de hacer, si aceptan sus limitaciones o si luchan contra la culpa por errores pasados. Cuando ese balance genera mayores frustraciones y emociones intensamente negativas, aparecen las crisis. Como profesionales, debemos entender el significado particular de esa frustración y acompañar el proceso con el apoyo adecuado, ya sea con psicoterapia o, si se requiere, con medicación psiquiátrica.
Más allá de las instituciones, los jóvenes son a menudo la primera línea de apoyo para sus amigos. ¿Qué acciones concretas nos convierten en verdaderos ‘factores de cambio’ preventivos, sin llegar a asumir un rol de terapeutas que no nos corresponde?
Una acción concreta es la escucha activa: escuchar sin confrontar y sin minimizar. Si alguien te dice que ha pensado en morirse, y tú le devuelves la pregunta (“¿Te quieres morir?, ¿en qué te puedo ayudar?”), le abres la puerta. Tal vez responda: “No me puedes ayudar, solo te estoy contando”. A lo que puedes contestar: “Qué bueno que me lo cuentes”. Esa escucha sin señalamientos permite que el otro hable más.
Es vital validar las emociones y no minimizarlas. Frases como “ya vienes tú con tus locuras” o “vienes con el mismo disco” son invalidantes. En cambio, puedes decirle: “Parece que vienes arrastrando hace mucho rato esto que pesa tanto y te lleva a querer hacerlo. Ya sé que lo que estás pasando duele mucho, observo que estás sufriendo y no es fácil”. Eso es validar.
Otra acción es preguntar: “¿Qué te ha detenido de no hacerlo?”. Si responde que el dolor de su madre o su padre, puedes sumar tu apoyo: “Yo tampoco quiero que te vayas, tú me importas”. Recuérdale las cosas positivas que han vivido y ofrécele compañía constante: “No te puedo dejar solo. Déjame ayudarte, yo hablo por ti y vemos qué pasa”. Si la persona definitivamente rechaza ir a un profesional, debes contactar a un familiar o a alguien que consideres un punto seguro para ella.
¿Existen diferencias significativas en cómo manejan el sufrimiento emocional y cómo piden ayuda los hombres en comparación con las mujeres a lo largo de su vida?
En cuanto al género, las mujeres tienen más conexiones neuronales entre el pensamiento y el lenguaje, lo que les permite darle palabra a la emoción de manera más fácil y rápida que a los hombres. Además, la cultura enseña y permite que las mujeres sean más expresivas.
Definitivamente, el hombre lleva la emoción a la acción mucho más rápido que la mujer. Mientras ella puede llorar o escribir en plena emocionalidad para expresar rabia o tristeza, el hombre tiende a guardárselo. Existen dogmas culturales que asocian la expresión emocional con una “masculinidad débil”. Para evitar confrontaciones, señalamientos o discriminación, el hombre reprime lo que siente. Tristemente, los métodos o instrumentos que ellos utilizan para llevar a cabo el suicidio suelen ser más letales que los empleados por las mujeres.
Se habla mucho de prevención, pero poco de “postvención”. Cuando lamentablemente ocurre un suicidio en una comunidad educativa, ¿qué debe hacer la institución para apoyar a los estudiantes y evitar otros casos?
Las instituciones deben tener un protocolo de postvención. No se trata solo de intervenir en la crisis de un intento, sino de saber proceder cuando el acto suicida se ha consumado. Las personas del entorno tenían un vínculo con quien falleció: tal vez lo hizo frente a ellos, habían conversado minutos antes, o simplemente era su mejor amigo o compañero de grupo.
Cuando llegan a clase y ven ese lugar vacío, hay que hacer un proceso de intervención, duelo y contención para los compañeros, brindándoles la oportunidad de hacer un cierre respecto a su muerte. Asistir al sepelio forma parte de las acciones culturales para afrontar la pérdida. Es imperativo abordarlo profesionalmente porque muchos estudiantes pueden presentar un cuadro de estrés agudo luego de presenciar o enterarse de este tipo de muertes, especialmente si son inesperadas y violentas.
¿Qué mensaje fundamental le gustaría dejar a cualquier persona, joven o adulta, que nos esté leyendo y que sienta que en este momento no hay salida?
Si la persona piensa que no hay salida a su problema, es natural que lo perciba así desde su dolor. Pero yo le preguntaría: “¿Y si aprendes a ver otra salida? ¿Te gustaría descubrir qué otras opciones hay frente a lo que estás viviendo?”.
También le diría que, si fuese una luz, ¿a qué o a quién le gustaría alumbrar? Seguramente encontraríamos a alguien o algo muy significativo. Realmente vale la pena ser luz, ser parte de la solución y no quedarse solamente en la orilla del problema.
Mientras estemos en esta vida, el dolor formará parte de ella. El problema es que no nos enseñan a afrontarlo. Valdría la pena que se dé la oportunidad de enfrentar ese dolor desde otras perspectivas y que se dé un margen de tiempo antes de tomar una decisión definitiva. El acto suicida requiere de mucha valentía; eso indica que la persona tiene la fuerza necesaria para emprender actos dirigidos hacia la vida. Todos estamos aquí con un propósito y parte de nuestra tarea es encontrarlo. Si para hallarlo se necesita la ayuda profesional, la de la familia, los amigos, o aprender a relacionarse con la espiritualidad, bienvenidas sean todas esas redes de apoyo.