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El Comunicador

“Si tuviera los dos ojos, no sería yo”: Rodrigo Chico
15 noviembre, 2025

“Si tuviera los dos ojos, no sería yo”: Rodrigo Chico

En esta entrevista, la historia inspiradora de un niño de once años que cuenta cómo ha convertido su diferencia en una lección de vida.

Por Valerie Chico y Anyelina Barrios

El 18 de septiembre de 2014, en la Clínica General del Norte (Barranquilla), nació Rodrigo Andrés Chico Rubio, un niño que llegó al mundo con una historia distinta y un mensaje que, aunque no lo sabía entonces, traía consigo: que la verdadera visión no está en los ojos, sino en el corazón.

Su llegada fue un torbellino de emociones. Cuando su madre lo tuvo en brazos por primera vez, rompió en llanto. Rodrigo había nacido sin su ojo izquierdo. En medio del silencio y las miradas de asombro, su padre fue el primero en hablar, con voz firme y llena de fe: “No hay que llorar. No estamos en un funeral ni en un momento triste. Es un momento de dicha. Nació mi hijo, sano y hermoso. Dios lo quiso así”. Aquella frase cambió el rumbo de una familia. En lugar de miedo, nació la fuerza. En lugar de culpa, nació el amor. Ese día, más que un niño, había nacido una historia capaz de transformar miradas.

Aunque su madre enfrentó una depresión posparto durante dos años, su padre, con fe y entereza, convirtió el dolor en esperanza. Por su parte, su hermana mayor lo ve siempre como el niño “más hermoso del mundo”. Rodrigo ha crecido rodeado de amor, respeto, humor y propósito. Asiste a la iglesia cada domingo, habla de fe con una madurez que asombra y enseña a otros que la diferencia no es debilidad, sino un regalo divino. Su historia recuerda que las verdaderas limitaciones no están en el cuerpo, sino en el corazón; y que cuando el amor guía la vida, la fe convierte cualquier herida en luz.

El nacimiento de Rodrigo fue un antes y un después en la vida de su familia. El día que su madre lo trajo al mundo, las lágrimas fueron inevitables. El silencio llenó la habitación cuando los médicos explicaron que su bebé había nacido sin su ojo izquierdo. Su madre quedó paralizada. Todo lo que había imaginado se vino abajo en segundos. Lo abrazó, lloró, y durante dos años luchó contra una depresión que la consumía entre preguntas y sentimientos de culpa.

Pero mientras ella se derrumbaba por dentro, su esposo, Elkin Chico, fue la voz que levantó el hogar. Se mantuvo firme, recordando a todos que Dios tenía un propósito. Su hermana mayor, Valerie, siendo entonces apenas una niña, también fue parte de esa fuerza desde el primer día, cuando con ternura abrazó a su madre y le dijo: “No estés triste, mamá. Mi hermano es hermoso, sano, y es el niño más hermoso del mundo mundial”.

A partir de ese momento, la tristeza empezó a transformarse en amor. Y en ese amor ha crecido Rodrigo. Desde pequeño, sus padres decidieron no criarlo con lástima, sino con orgullo. Le enseñan a amarse, a respetarse y a caminar con la cabeza en alto. Su padre ha sido su primer maestro. Cada viernes, sin falta, lo lleva con él a la barbería. Le enseña a vestirse bien, a ser pulcro y a sentirse seguro de sí mismo. Siempre le dice: “Camina con la cabeza en alto, hijo. Dios te hizo así, y así eres perfecto”.

Para Rodrigo, esas palabras se han convertido en su lema. Aprende que verse bien no es superficialidad, sino dignidad. Es su manera de decirle al mundo: “Estoy aquí y me amo como soy”. Durante su infancia, Rodrigo ha enfrentado miradas curiosas, comentarios hirientes y preguntas inocentes. En los parques, los niños le preguntan por qué solo tiene un ojo. Él jamás se esconde; al contrario, se ríe, los mira y responde con orgullo: “Yo nací así, Dios me quiso así. No tengo un ojo, pero estoy bien. ¡Vamos a jugar!”.

Esa frase tan sencilla y poderosa lo acompaña desde siempre. Es su escudo y su declaración de amor propio. Con ella aprende a convertir los juicios en sonrisas, los prejuicios en amistad y la diferencia en fortaleza. Rodrigo no solo crece feliz, sino que aprende a reírse de sí mismo, una habilidad que lo hace invencible. En casa, el humor es parte del amor. Cuando van a la playa, su mamá le grita entre risas: “¡Rodrigo, quítate el ojo que lo puedes perder!”. Y él, entre carcajadas, responde: “¡Tranquila, mamá, que lo tengo bien pegado!”.

También bromea con sus amigos. Cuando juegan a encontrar monedas, finge ser ciego y dice que tiene “visión con GPS”. Nadie lo ve como un niño triste, porque no lo es. Rodrigo no ve con pena, ve con gratitud. Su historia ha tocado corazones fuera de casa. Fue invitado a una actividad con personas con discapacidad y, frente a todos, habló con una madurez que dejó a muchos con lágrimas en los ojos: “Una discapacidad no te hace menos persona. No es algo que uno elige, pero sí algo que te enseña a amarte más. Lo que importa no es lo que te falta, sino lo que tienes dentro”.

De alguna forma, Rodrigo siempre ha sabido que su historia no es solo suya. Pues él tiene una gran misión: enseñar a otros a verse con amor. Su fe crece con él. Cada domingo asiste con su mamá a la iglesia, donde participa activamente en el culto infantil. Le gusta cantar, leer la Biblia y escuchar las historias que hablan de valentía y propósito. Allí aprende que todas las personas son “guerreros de Dios”, creadas con un propósito.

Dice que, cuando era más pequeño, muchas veces le preguntaba a Dios con lágrimas en los ojos: “¿Por qué yo, señor? ¿Por qué nací con un solo ojo?”. Y que, una y otra vez, Dios le respondió en su corazón con ternura: “Porque eres perfecto para mí. Así te quise. Así te amo. Y quiero que les enseñes a otros a amarse también”.

Esa conversación con Dios ha marcado su vida. Rodrigo ha sabido entender que su diferencia no representa un error, sino una misión. Desde entonces, cada vez que ve a alguien triste o inseguro, se acerca, le sonríe y le dice con convicción: “Tú también eres un guerrero de Dios. Lo importante no es lo que te falta, sino cómo te miras”. En esta entrevista, Rodrigo comparte su visión sobre esa y muchas otras cosas de la vida.

¿Cómo fue crecer sabiendo que habías nacido sin tu ojo izquierdo?


Desde bebé mi familia me enseñó a amarme tal y como soy. Mi papá me dice que soy guapo y que debo caminar con la cabeza en alto. Por eso, nunca lo veo como algo malo. Soy igual que todos.

¿Recuerdas cómo reaccionan los demás niños cuando te ven?


Sí, algunos se ríen o me preguntan qué me pasó. Pero yo les digo: “Yo nací así, Dios me quiso así”. Y después nos ponemos a jugar.

¿Alguna vez te sientes triste por tu diferencia?


Cuando era más pequeño, le preguntaba a Dios por qué había nacido así. Pero siempre me responde lo mismo: que soy perfecto para él. Así que aprendí a no compararme con nadie.

¿Qué papel tiene tu papá en tu vida?


Mi papá es mi ejemplo. Me enseña a respetarme, a verme bien y a ser fuerte. Siempre me lleva a la barbería y me dice que tengo que ser un rompecorazones (risas).

¿Y tu mamá?


Mi mamá es mi mejor amiga. Me acompaña a la iglesia todos los domingos y me enseña a confiar en Dios. Ella sufrió mucho cuando nací, pero ahora dice que soy su mayor bendición.

¿Qué te hace feliz?


Jugar, reírme, estar con mi familia y hacer reír a los demás. Me gusta cuando la gente se da cuenta de que no hay que sentirse mal por ser diferente.

¿Cómo ayudas a otras personas con discapacidad?


Una vez visité un grupo de personas con discapacidad y les dije que una diferencia no los hace menos. Les conté mi historia y que todos somos valiosos.

¿Qué significa para ti la iglesia?


Mucho. Ahí aprendo que todos somos guerreros de Dios y que él tiene un propósito para cada uno. Yo creo que mi propósito es enseñar a otros a amarse.

A veces, te pones una prótesis… ¿Qué piensas cuando la usas?


La uso para verme más parejo, pero no me define. Si tuviera los dos ojos, no sería yo. Yo veo mejor con el corazón.

¿Qué sueños tienes para el futuro y qué mensaje te gustaría dejarle al mundo?


Quiero ser alguien que ayude a otros. Quiero enseñar que todos somos importantes y que no hay que avergonzarse de lo que somos. Dios nos hizo así por una razón, y todos tenemos una misión.

_______


La historia de Rodrigo no es solo la de un niño con una discapacidad visual. Es la historia de una familia que aprende a transformar el dolor en amor, y la de un pequeño que, con apenas once años, ya habla el lenguaje de la fe, la aceptación y la esperanza.

“Hay personas que tienen los dos ojos y no ven de verdad. Yo, con uno solo, puedo ver el mundo entero”, dice Rodrigo, quien no busca que lo miren con lástima, sino con el corazón. Su vida enseña que el valor no se mide por lo que nos falta, sino por lo que somos capaces de dar. Que todos nacemos con una misión, y que las diferencias no nos separan, sino que nos hacen únicos.

Rodrigo vive con una luz que trasciende lo físico. Ve el mundo con su único ojo, pero también con el alma, y eso lo convierte en un espejo de lo que muchos olvidan: que ver con el corazón es el verdadero milagro.

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