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El Comunicador

Los hilos que forjan la resistencia de Eloísa
4 diciembre, 2025

Los hilos que forjan la resistencia de Eloísa

Esta crónica narra la historia de una joven que a muy temprana edad asumió con valentía y determinación la responsabilidad de sostener a los pequeños miembros de su hogar. Al tiempo que hizo frente al duelo por la muerte simultánea de sus padres, empezó a tejer un futuro para ella y para sus hermanos.

Por Santiago Martínez Orejarena y Diego Martínez Conde

El silencio de la madrugada del 16 de junio de 2019 envolvía el pequeño hogar de Eloísa en El Corral de San Luis. La joven, de entonces 16 años, anhelaba un domingo de descanso tras una semana agotadora de estudios. El grado décimo exigía su atención, y el sueño de convertirse en bachiller estaba más cerca que nunca. Sin embargo, ese día estaba marcado por un destino implacable que cambiaría su vida para siempre.

Su madre, con voz adormecida, le había susurrado al oído la noche anterior sobre el viaje que emprendería al municipio de Tubará al amanecer. Era una rutina familiar, una excursión tempranera para abastecerse de alimentos en un lugar donde los mercados brillaban por su ausencia. Sin sospecharlo, ese susurro sería la última vez que escucharía la voz de Osma.

La carretera se extendía ante ellos, sumida en la oscuridad de la madrugada. Con la compañía de la luz de la luna, que aún se alcanzaba a ver en el horizonte, insuficiente para disipar la densa penumbra que envolvía el camino. Equipados de una modesta motocicleta, los padres de Eloísa se aventuraban hacia el municipio de Tubará en busca de provisiones para la semana.

La única guía en aquella negrura era el parpadeante fulgor de los faros de la moto, pero su débil resplandor apenas alcanzaba a iluminar unos pocos metros delante de ellos. La falta de visibilidad se convirtió en su peor enemigo cuando, en un fatídico instante, Pedro, el padre de Eloísa, no pudo ver bien por dónde conducía… Se desvió del camino, precipitándose hacia una zanja oculta a la sombra de la madrugada.

El estruendo del impacto resonó en el aire, seguido por el sonido ensordecedor de metal retorcido y el chapoteo de agua. La moto se deslizó por el borde de la zanja y cayó pesadamente en el arroyo que corría al fondo, cuyas aguas turbias yacían sobre un lecho de piedras afiladas. El destino cruel no concedió ni una oportunidad de sobrevivir; la muerte instantánea los abrazó en su frío abismo, arrebatándolos de la vida sin misericordia.

Allí se encontraban dos cuerpos vagantes en una corriente compasiva que los balanceaba sobre las rocas. Una de las figuras era la de una mujer que no disfrutó su vida del todo. Desde los diecisiete años, asumió las responsabilidades de una madre y, con un golpe en la nuca, se sentenció el final de sus días, días que quizás no alcanzaron a ser apreciados en esta tierra como ella hubiese querido. Ante la muerte, el sol se alzó con su abrazo claro y ahora punzante, que ese día marcó el inicio de un amanecer oscuro para la familia Sánchez Quiroz.

Ante el abismo de la pérdida, Eloísa se encontró a sí misma en el papel de cuidadora de sus hermanos. Con valentía y determinación, asumió la responsabilidad de sostener los hilos frágiles que unían a los miembros del hogar. Mientras enfrentaba el duelo, también tejía un nuevo futuro para ella y sus seres queridos.

«Es difícil darles a mis hermanos una infancia como se la hubieran dado nuestros padres, pero todos los días trato de mejorar y dar lo mejor de mí para que tengan una infancia feliz», dice Eloísa con las lágrimas aún frescas y el corazón roto. Pero ella no se rindió ante la adversidad. La fortaleza que existía en lo más profundo de su ser emergió, convirtiéndola en el pilar de su familia. Sabía que el camino por delante sería duro, pero estaba decidida a luchar con uñas y dientes por el bienestar de sus hermanos.

Inspirada por las enseñanzas de su madre, Eloísa se aferró a la idea de convertir la adversidad en oportunidad. Con sus propias manos, comenzó a tejer mochilas, transformando el dolor en arte y la tragedia en esperanza. Cada puntada era un acto de resistencia, una afirmación de su capacidad para sobreponerse a la adversidad y construir un futuro mejor.

Cinco años después…

Otro domingo, pero ahora del 2024. Una Eloísa curtida por las experiencias que la vida puso intempestivamente en su camino se remonta a lo acontecido con cierta languidez. Todavía cuestiona la decisión tomada por el destino. Se encuentra recogiendo los restos de las mochilas no vendidas a lo largo de la semana y se dispondrá a concretar las ventas de la semana entrante; mientras, nos atiende en la terraza de una casa tradicional donde reside una familia inusual, la misma que ella encabeza.

Son tres los miembros que componen a la familia: Juan José, de nueve años; Pedro Junior, de doce, y Eloísa, que hoy ya tiene veintiún años. Sus hermanos eran unos infantes cuando la ausencia parental se adueñó de sus vidas. Pedro Junior ya tiene una edad considerable para resolver sus incógnitas y hasta ahora es que asimila que sus padres ya no están con ellos. Eloísa cuenta que, en ocasiones, como si se tratase de un déjà vu, Junior le recuerda a ella misma por lo inquieto y curioso que es… así era ella con su madre. La unión madre e hija se forjaba día tras día a pesar de regaños, discusiones y desacuerdos familiares que tuvieran.

Su hermano está viviendo el proceso de superación que por fuerza mayor el azar la obligó a experimentar anteriormente. El cargar con el duelo provocado por la pérdida de la madre y el padre, simultáneamente, es un evento traumático en la vida de infinidad de jóvenes. Para la pequeña Eloísa fue como si el mundo se le viniera cuesta abajo, cortando sus sueños, anhelos y priorizando una condena que parecía destinada a vivir. La repentina alteración de su rutina se convirtió en el incierto presente que ella debía afrontar con la energía necesaria para sacar adelante a sus hermanos y, cómo no, a sí misma. 

—Que tu vida cambie de repente así es algo que psicológicamente golpea muy duro —dice Eloísa con cierto aire de normalidad, como si lo que estuviese contando fuera algo más sencillo.

Ella se percibe como el reemplazo de la madre que sus hermanos solo pudieron tener durante sus primeros años. Desde la inexperiencia, tomó el timón del barco y empezó a navegar en busca del destino perfecto para sus hermanos. Aunque fue una persona aguerrida al afrontar las situaciones que sobrevinieron cuando ese barco llamado familia naufragó, y Eloísa tuvo el carácter para ser la navegante perfecta y sacar la tripulación de sobrevivientes a flote, sus palabras denotan el temor que aún conserva ante la vida, de por sí, incierta.

—¿Cómo te sentiste al tener que asumir esa responsabilidad siendo tan joven? —le preguntamos.

—El peso de tener a cargo dos niños siendo tú aún muy joven y con mucha inexperiencia es algo que de verdad no le deseo a nadie —dice con la vista puesta en un punto invisible que parece ser muy lejano.

A los 16 años, no se es consciente del rol que tiene una madre. Eloísa tampoco lo era, por lo que al chocar con la realidad y el deber desligarse de los pensamientos que como adolescente tenía fue muy desconcertante para ella. Como si de un incendio voraz se tratase, quemó la etapa de la adolescencia de un día para otro. En el fondo de su voz se pueden escuchar los sentimientos de esa niña; con lo que expresa, parece que intenta normalizar el no haber disfrutado su periodo de juventud como la mayoría lo hace.

—Desde que mis padres murieron, la verdad no me ha quedado mucho tiempo para mi vida —dice, como si ya estuviera acostumbrada a los caprichos del destino.

—¿No te queda nada, nada de tiempo? —preguntamos, intentando tal vez encontrar una respuesta más alentadora (no para nosotros, sino para ella).

—La responsabilidad de cuidar a mis hermanos se ha llevado todo mi tiempo, y es normal —dice, sin más.

Como en toda madre, ya despertó en ella el sentido de protección a sus criaturas. Contagiarlos de seguridad y hacerles saber que “la mano se les va a arreglar”, refiriéndose a que la situación mejorará, es para ella su misión en el mundo. Simular que todo está bien ayuda a que sus hermanos no noten la angustia interna con la que Eloísa lidia. Desde ese trágico evento, su único interés es el bienestar de sus dos hermanos, y evita ser otra carga emocional para ellos.

—Yo soy de ahora en adelante la responsable de los dos y debo transmitirles una buena cara para poder afrontar los tres nuestro futuro —dice, refiriéndose al porqué de su cara sonriente ante sus hermanos.

La rutina diaria de Eloísa con sus hermanos es una danza delicada entre responsabilidades familiares y compromisos laborales. Cada mañana, antes del amanecer, se despierta con el propósito firme de asegurarse de que Juan José y Pedro Junior estén listos para ir a la escuela en el municipio de Tubará. A pesar de la fatiga que a menudo causa la abrumadora carga de responsabilidades, Eloísa persiste en su búsqueda de una existencia más próspera para los seres que ama y se levanta con firmeza, sabiendo que su cuidado es vital para el bienestar de ellos.

Después que sus hermanos se van a la escuela, Eloísa en casa se prepara para comenzar su jornada laboral. Se sumerge en su taller improvisado, rodeada de hilos de colores, y se entrega por completo a su trabajo. Cada puntada es un acto de vigor que recorre sus hebras interiores, una epifanía tangible de su garra por encontrar un futuro radiante para su familia. A lo largo del día, se esfuerza por equilibrar sus responsabilidades como cuidadora con su pasión por el tejido, encontrando momentos de calma y creatividad incluso en medio del caos y la incertidumbre.

El arte que les da de comer

El arte de tejer mochilas a mano fue un legado invaluable que Eloísa heredó de su madre. Desde muy joven, había tejido mochilas para vender en el pueblo, siendo reconocida por sus habilidades en el arte del tejido. Cuando Eloísa era una infante, le causó curiosidad lo que su madre hacía con los hilos y fue por esto que Osma se transformó en la maestra perfecta para ejercer el oficio de tricotar; Sin saber que dicha expresión artística se convertiría en el sustento de sus hijos.

Con el tiempo, Eloísa se convirtió en una figura familiar en el pueblo, conocida por su deslumbrante talento en la ocupación de las mochilas tejidas a mano. Las personas acudían a ella en busca de sus creaciones, sabiendo que cada una de estas llevaban consigo una historia de persistencia y tradición familiar. Las labores de ella son reconocidas dentro de la comunidad por la representación emocional que ella le adjudica a cada obra que realiza.

El emprendimiento de las mochilas se convirtió en la principal fuente de ingresos de ella y de sus hermanos, permitiéndoles no solo sostenerse económicamente, sino también honrar la memoria de su madre a través del arte que tanto amaba. Cada mochila vendida es un tributo a la enseñanza y al legado de su madre, cada tejido que forma no es más que la representación tangible de los sentimientos prisioneros de su alma.

Hilos de esperanza

Las mochilas sirvieron como método de sanación interna. Desde una actividad matutina Eloísa neutralizó sus emociones y priorizó el bien familiar antes que las sensaciones individuales que fragmentaban su identidad. Desde un arte heredado por Osma, ella comprendió su lugar en el mundo. Se dio cuenta de lo retadora y cruel que en ocasiones es la vida; se demostró lo tenaz que es frente a los momentos de riesgo y ,sobre todo, identificó la lideresa interior que hoy la caracteriza.

Eloísa no sólo teje mochilas, también teje sueños. El sueño de ver a sus hermanos graduarse, anhelo que por su destino ambiguo, no pudo lograr. El sueño de darle más a sus compañeros de vida de lo que sus padres en vida pudieron brindarle a ella. El anhelo de darle un estudio universitario a sus dos criaturas, meta que nunca logró, pues por el deber de ella con sus hermanos se tuvo que desligar de los estudios.

—¿Qué les deparará el destino? —preguntamos, aún sabiendo que el destino siempre es incierto.

—Lo que Dios quiera —contesta con la misma entereza con que ha encarado la vida… Mientras tanto, en su cara se dibuja una sonrisa de Mona Lisa.

Y así continúa tejiendo su vida y la de sus hermanos: afianzando su confianza y la naturalidad con la que ha ido quemando etapas sin importar cuánto daño le hayan causado en un pasado. Para eso nació, para enfrentarse a la incertidumbre y resurgir en medio de la tempestad cuando la vida le esté ardiendo a los suyos.

Entre lazos y tejidos, Eloísa ha ido forjando el futuro brillante que quizás les aguarda. Con agujas e hilos le cogió los puntos a su corazón para curarse de las llagas impuestas por las terquedades del destino. Hoy, cuando el sol se pone sobre El corral de San Luis, una luz de esperanza brilla en el horizonte. En la casa de Eloísa, el sonido rítmico de las agujas de tejer resuena como un eco de resiliencia. Y en el corazón de esta valiente joven arde la llama inextinguible de la esperanza. Esa que ilumina el camino hacia todo lo que el futuro depare.

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