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El Comunicador

Casas refugio: la esperanza de las víctimas de la violencia de género
3 diciembre, 2025

Casas refugio: la esperanza de las víctimas de la violencia de género

Este reportaje aborda las diversas formas de violencia ejercidas contra las mujeres. Cuenta cómo los entornos seguros, como las casas refugio, cumplen un papel importante para la seguridad y el resurgir de docenas de madres e hijos a quienes la violencia les ha dejado múltiples heridas que buscan ser cicatrizadas.

Por Lucía Yánez, Camila Arias, Esteban Constante, Francy Mogollón, Adrián Soto y Catalina Villar

Un hachazo y una mano perdida. Después de dos años de difícil convivencia con su agresor, Milena vive para contar su dura historia. Con 21 años y un hijo de 2, se reconoce como una sobreviviente de la violencia a la que fue sometida por su expareja.

“Lo presentí, pude sentir por un momento que no valía la pena que le siguiera gritando que no me lastimara, sabía que iba a hacerlo”, recuerda. Segundos después de estos pensamientos, cuenta Milena, Manuel le propinó un primer hachazo en la cabeza, cerca de la oreja derecha: “Sentí una presión muy fuerte en la cabeza, pero no era dolor, no sabía qué me había hecho hasta que me vi llena de sangre”.

Solo pasó un instante cuando volvió a sentir otro golpe, esta vez sí con un dolor muy fuerte. Era el segundo hachazo que, en su cobarde ataque, Manuel le propinaba a la madre de su hijo. No paró ahí, en un tercer movimiento volvió a levantar el hacha y con fuerza la descargó sobre su brazo izquierdo, a la altura de la muñeca, “creí que me iba a matar”.

Cuando las diferencias entre los dos empezaron a deteriorar la relación, relata Milena, priorizó el bienestar de su hijo que acababa de nacer; esto la llevó a interponer varias demandas en contra de Manuel, su victimario, porque no estaba respondiendo por sus obligaciones económicas como padre. Las reacciones agresivas ante dichas demandas no se hacían esperar: insultos, amenazas, gritos y hasta empujones recibía Milena con su bebé en brazos. 

Hoy, después haber pasado por un proceso de reconstrucción, como ella le llama, aún salta a la vista el temor y el dolor al recordar aquel episodio en el que por poco pierde la vida: una tarde llegó a su vivienda en el municipio de Malambo, Atlántico una citación para su novio después de demandarlo por última vez; el documento lo recibió el mismo Manuel, quien al darse cuenta de lo que se trataba, se llenó de ira como nunca antes y arremetió vilmente contra Milena.

Después de golpearla con sus puños en la cara, espalda y brazos, se dirigió hacia una de las habitaciones de la casa donde guardaba un hacha, la tomó y la amenazó con esta, ignorando sus gritos de desesperación y súplica para que no la fuera lastimar, a ella ni a su bebé que dormía en sobre una colchoneta en el piso de la sala. El clamor de Milena no lo convenció, Manuel estaba cegado por la rabia. En su desgarrador relato cuenta que cada vez se acercaba más a ella y que su rostro era el de una persona desconocida, una mirada que no tenía sentimiento alguno, estaba dispuesto a hacerle daño.

Una casa, una esperanza

La historia de Milena es la representación de las más de dos mil mujeres que han sido víctimas de la violencia de género y lo han denunciado, pero también la de todas aquellas que no vivieron para contarlo. 

En un panorama tan desalentador es necesaria la identificación y posterior reivindicación de los derechos de las víctimas, que se garantice y se protejan los mismos ante la vulnerabilidad que representa la violencia de género hacia la mujer. Las casas refugio del Atlántico, de acuerdo con los testimonios de algunas de sus integrantes y egresadas, son el lugar idóneo donde se protege a la víctima, sacándola del entorno hostil y trabajando en pro de su bienestar psicológico y físico.

De enero a abril de 2022, los casos de violencia de género despertaron las alarmas en el Atlántico por su aumento acelerado. Foto: Freepik

Las mujeres que hacen parte el programa Casa Refugio del Atlántico experimentan diversas vivencias que las ayudan en su proceso de reconstrucción y empoderamiento físico, financiero y psicológico. “La casa refugio significó un rescate en mi vida porque el conflicto con mi pareja se daba de formas inexplicables: me atacaba cada vez que quería y llegué a temer por la vida de mi hija”, explica una de las integrantes de la casa refugio donde la identidad y ubicación de estas mujeres es de reserva. 

Además de atención física, las víctimas reciben un acompañamiento psicológico que es fundamental en el proceso para que ellas empiecen a reconocer que no tienen culpa de ninguna agresión a las que son sometidas. “En la casa encontré varias áreas en las que volví a retomar mi vida diaria y mi hija también, encontré una esperanza”, dice una mujer que, por seguridad, ha pedido que aquí no se revele su nombre.

Las víctimas, más que cifras

De enero a abril de 2022, los casos de violencia de género han despertado las alarmas en el Atlántico por su aumento acelerado. En enero se registraron 45 crímenes a mujeres, en febrero, 50; marzo ha sido el mes más violento según los casos denunciados: 66 en total y abril cerró con 50 víctimas más. Estos números dejan de ser solo eso cuando se conoce el contexto de lo que sufre una víctima, cómo se altera su entorno, qué papel juega su mente y qué secuelas deja cada uno de estos episodios.

Mary, otra de las víctimas con quien pudimos conversar en la casa refugio, cuenta su historia entre lágrimas y asegura que lo más difícil fue perdonarse a sí misma por permitir una y otra vez que su pareja la violentara. “Los especialistas de la casa refugio me ayudaron con todas mis preocupaciones e inseguridades, me mostraron luz en medio de la oscuridad en la que llegué, me hicieron reencontrar con mi hija que fue lo mejor que me pudo pasar, lo que me hizo feliz”. Mary asegura que después de recibir toda la atención en la casa refugio, entendió que llegó a depender emocionalmente de la misma persona que la violentaba, que prefería pasar por alto cada agresión antes de darle fin a una relación de la que “tenía que salir corriendo”.

El proceso dentro de la casa

Al recibir los casos, la Casa Refugio del Atlántico se encarga de estudiarlos, valorar el riesgo de cada uno y determinar el protocolo que se debe implementar. Estos filtros tienen en cuenta las edades de las víctimas, la relación que tienen con sus agresores, el tipo de violencia y el tiempo durante el cual fueron sometidas a ese flagelo. En adelante, cada mujer se acoge al programa y empieza su camino hacia la reconstrucción. Este centro de atención busca que las víctimas recuperen su autonomía, se valgan por sí mismas y emprendan en lo que deseen, dejando de lado los pensamientos negativos y conviertan los hechos del pasado en la fuerza para construir su futuro.

La violencia de género en un flagelo que ha cobrado la vida de millones de mujeres alrededor del mundo; hoy la conversación es cada vez más contante y como sociedad se sigue caminando hacia la disminución de estos aberrantes casos, pero falta mucho camino por recorrer porque contar una sola víctima ya es decir mucho. No se debe pagar con la vida la desinformación, la falta de educación y una cultura patriarcal marcada que se escuda en el pasado, el machismo y los vacíos judiciales para seguir cometiendo crímenes atroces en contra de las mujeres.

Milena perdió una mano, aunque por fortuna, dice ella, no perdió la vida. Sin embargo, afirma que “en ese horrible momento una parte de ella sí murió”, la que era feliz, la que confiaba más en la sociedad, la que dormía un poco más tranquila, pero nació también una versión fuerte y capaz de enseñarle a su hijo a no convertirse en un monstruo social, a valorar, a diferir del otro sin irrespetar.

Milena, Mary, Sandra, Lorena y todas las mujeres que han integrado la Casa Refugio del Atlántico hoy son el mayor ejemplo de esperanza para las que apenas entran con un pensamiento nublado por la violencia, la agresión y el maltrato que bajo ninguna circunstancia merecen. Hoy, ellas son la cara visible de un ¡sí se puede! para todas las víctimas.

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