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El Comunicador

Del bollo de angelito al afán por los dulces
En el Día de los Angelitos, celebrado el primero de noviembre, los niños recorren las calles de casa en casa. FOTO: El Heraldo
1 noviembre, 2026

Del bollo de angelito al afán por los dulces

Cuando el tradicional cántico de ángeles somos empieza a diluirse frente al furor del truco o trato, queda al descubierto la fragilidad silenciosa de nuestras tradiciones y la prisa con la que abrazamos lo ajeno.

Por Isa Charris

¿Hasta qué punto nos hemos vuelto frágiles ante la influencia de costumbres extranjeras que terminamos desplazando lo que somos? Vivimos en una sociedad en constante adaptación donde las dinámicas cambian tan rápido que, casi sin darnos cuenta, minimizamos nuestras propias raíces: esas prácticas o costumbres que definen la identidad de diferentes territorios del Atlántico y de la Región Caribe. Nos resulta muy fácil adoptar y mirar con ojos de asombro lo que viene de otros lugares, olvidando que el verdadero valor de nuestra cultura reside en lo que hemos construido en comunidad a lo largo de los años.

¿Acaso nos dejamos manipular con facilidad para imitar tradiciones como el Halloween? Si bien la forma de celebrar ha cambiado, hay algo que todavía se mantiene vivo: los niños siguen saliendo a las calles cada primero de noviembre. La diferencia está en que ahora lo que reciben son dulces.

Anteriormente, las celebraciones giraban casi por completo en torno a la religión, y el Día de los Angelitos es una de esas festividades que mantiene esa influencia de fe y devoción. ¿Cómo explicar que esta costumbre haya cambiado tanto con el tiempo y nos cueste tanto mantenerla? En Juan de Acosta, por ejemplo, mis abuelos recuerdan que antes todo era mucho menos comercial. Sí, los niños salían a las calles desde temprano, pero no usaban disfraces o vestuarios inspirados en personajes reconocidos. En su lugar, salían bien vestidos: algunos tenían la oportunidad de estrenar ropa nueva, mientras que otros lucían sus mejores prendas para una ocasión especial.

En ese sentido, el ambiente era diferente y mucho más cercano en los municipios del departamento del Atlántico, como en Juan de Acosta. Desde el tradicional cántico de “ángeles somos, del cielo venimos, pidiendo limosna para nosotros mismos, no se rían, no se rían que la mochila está vacía”, un himno infantil que ahora compite con el trick or treat y el afán por los dulces de Halloween, la llegada de los niños a las puertas traía consigo un regalo sencillo: inicialmente se entregaba un canuto de caña de azúcar; después, la costumbre evolucionó a la “sarapa de bollo”, masa de maíz aplanada sobre la tusa, que es la cobertura natural de la mazorca, puesta a cocinar para conservar su sabor característico; y más adelante, la preparación se tecnificó hasta transformarse en el tradicional bollo de angelito.

Este bollo es un manjar de un tono beige o crema, de textura suave gracias al queso integrado con el maíz molido, la panela, anís y, en algunos casos, coco que le aporta un sabor especial. Lo que lo convierte en un verdadero bollo de angelito es su envoltura con la “hoja pintabollo”, que le aporta ese distintivo tinte morado en algunas zonas, la cual hoy en día es difícil de conseguir. Sin embargo, elaborarlos no es tarea fácil, pues se trata de un saber que se transmite de generación en generación, y pocas son las familias que aún conservan la receta y destreza para prepararlos.

Aunque los niños recorran las calles persiguiendo dulces y el ambiente se sienta distinto bajo la sombra de tendencias extranjeras, la tradición sigue respirando en algunos hogares de Juan de Acosta, aunque ya no en todos los lugares se elabore el bollo para recibir a los pequeños. No se trata de frenar los cambios ni de vivir de recuerdos, sino de reconocer que, aunque las costumbres se transformen, cuidar lo nuestro y saber de dónde venimos es lo que mantiene viva la identidad en el Caribe colombiano.

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