“Yo no me maquillo para taparme a mí”: María Isabel Pallares, ser una misma sin miedo al juicio
María Isabel Pallares González ha construido su camino profesional entre brochas, sombras y pinceles, sin dejar de lado su vida espiritual. Su experiencia de discernimiento reafirmó que ambas dimensiones podían coexistir y complementarse perfectamente.
Por Nicole Calvo Trout e Isaac Agüero Niebles
Hay decisiones que no se toman de un día para otro. Algunas comienzan mucho antes, cuando todavía no sabemos que aquello que estamos haciendo puede terminar definiendo nuestro futuro. Para María, crecer significó encontrarse con dos caminos que, al menos desde afuera, parecían no tener demasiado en común: su fe católica y el maquillaje.
Por un lado, una parte de su vida la acercaba a la posibilidad de dedicarla a la vida consagrada, otra encontraba en los colores, las brochas y los rostros una forma de expresión que comenzó desde niña.
En esta entrevista, su historia no habla solamente de maquillaje. Habla de una joven que ha tenido que descubrir qué significa realmente seguir una vocación y, sobre todo, qué ocurre cuando aquello que uno ama no necesariamente coincide con lo que los demás imaginan para su vida.
Para entender esa búsqueda hay que volver a la infancia. Antes de pensar en convertir el maquillaje en una profesión, María Isabel simplemente jugaba con él. Tomaba los productos de su mamá, se encerraba en el baño y experimentaba, estaba probando cosas nuevas sin imaginar todavía que aquello podía convertirse en una parte importante de su futuro.
Internet terminó alimentando esa curiosidad. Durante años consumió contenido de maquillaje en YouTube y posteriormente en TikTok. James Charles, NikkieTutorials y otros creadores hicieron parte de esa etapa en la que comenzó a descubrir técnicas, productos y estilos que después intentaba reproducir. A los 14 años su mamá finalmente le permitió tener sus propios maquillajes, y aquella curiosidad infantil encontró una nueva forma de crecer.
Sin embargo, durante mucho tiempo no pensó en el maquillaje como una carrera. Aunque los test vocacionales que realizaba en el colegio apuntaban hacia áreas relacionadas con el arte, la fotografía y las manualidades —disciplinas en las que siempre había sentido facilidad—, ella todavía veía el maquillaje como un hobby. Sabía que le gustaba, pero no se imaginaba necesariamente viviendo de él.
La decisión llegó cuando terminó el colegio y vio que, mientras sus compañeros comenzaban a escoger universidades y carreras, ella todavía no estaba segura de qué quería estudiar. En lugar de entrar a una carrera solo por cumplir con las expectativas, decidió tomarse un tiempo. Durante esos meses estudiaría maquillaje, inicialmente con la idea de aprender algo que le gustaba y que además podía convertirse en una fuente de ingresos.
Su papá encontró la Academia de Belleza Sandra, María Isabel fue, conoció el lugar y le encantó. Lo que pensaba que sería una experiencia temporal terminó tomando otra dirección: apenas llevaba una semana estudiando cuando supo que eso era lo que quería hacer.
Pero, por otro lado, María Isabel venia de haber vivido una experiencia que marcó un punto trascendental en su vida, la peregrinación en Bogotá —La peregrinación del Jubileo 2025 en Bogotá, fue el encuentro principal con Dios y con Jesucristo, enmarcado bajo el lema católico “Peregrinos de la Esperanza”— en la cual tomó la decisión de levantarse para seguir el llamado de Dios, “Decirle si a Dios, pero descubrir cuál era ese si para mí” nos comenta, y también que en ese momento sintió la duda de descubrir cuál era su lugar en la iglesia.
María Isabel hablaba de que desde algunos sectores de la tradición católica, el maquillaje puede llegar a entenderse como una expresión de vanidad, y ella misma ha sentido ese juicio. Hubo momentos en los que esas opiniones le hicieron sentir incómoda y cuestionada por la profesión que había escogido. Pero toma la decisión de arroparse en lo que su familia siempre le ha enseñado, y es que su felicidad va primero que todo y que no hay porque satanizar el maquillaje.
Para ella, maquillarse no significa esconderse ni dejar de sentirse cómoda con quien es. “Yo no me maquillo para taparme a mí”, explica. Lo entiende como una forma de expresar y resaltar las virtudes que ya existen, pero también como una manera de divertirse.
Su comparación es sencilla: el rostro puede ser como un lienzo. Uno puede dejarlo en blanco y negro o agregarle color. Esa forma de pensar también la llevó a cuestionar cuánto poder debía darle a la opinión de los demás. María Isabel sabe que socialmente existen profesiones que son consideradas más seguras, rentables o apropiadas. Sin embargo, no quería elegir una carrera únicamente porque fuera lo que los demás esperaran de ella.
“Los demás a mí no me van a dar esa felicidad”, afirma. Para ella, la tranquilidad de saber que está haciendo aquello que le gusta terminó pesando más que el miedo a ser juzgada.
Respecto a su trayecto descubriendo su vocación dentro de la iglesia, exalta que casi desde el primer momento se dio cuenta que por ahí no iba la cosa, pero que tampoco significaba el fin de su fe. “Ambos me complementan y me ayudan a sentirme en paz y feliz” explicó.
También de su pasión por el maquillaje nace el deseo de mostrar algo más que el resultado de su trabajo, y esto con los planes que tiene para su marca personal María Pallares. María Isabel quiere montar su propio estudio y, más adelante, crear una marca de maquillaje dirigida a todo tipo de personas. No quiere limitarla únicamente a maquillistas profesionales, sino construir productos que puedan funcionar tanto para quienes disfrutan de un maquillaje elaborado como para quienes prefieren algo más suave.
Para conseguirlo, sabe que las redes sociales serán fundamentales. Su intención no es mostrar solamente sus trabajos, sino también permitir que quienes la siguen conozcan a la persona que está detrás de ellos. “Que sepan quién es María y quién está detrás de las brochas, de las sombras y de todo eso”, explica.
Y esa María es mucho más amplia que su profesión. Se describe como una persona alegre y extrovertida, interesada en encontrar nuevos hobbies. Le gustan las manualidades, hacer manillas, ver películas y series. Incluso habla del ejercicio con cierta gracia, reconociendo que, aunque le gusta, no siempre es la persona más constante para practicarlo.
Mostrar esa parte de sí misma parece ser también una manera de recordar que detrás de una profesión siempre existe una persona con gustos, dudas, convicciones y una historia propia.
Quizás la historia de María Isabel no se trate realmente de haber tenido que escoger entre la fe y el maquillaje, sino de haber aprendido a decidir qué lugar ocupa cada cosa dentro de su vida. Hubo un momento en el que una vocación parecía llevarla hacia un camino y otra hacia un lugar completamente diferente, pero que para ella no tiene por qué ser contrarias.
También ha aprendido a vivir con las preguntas, con los juicios y con la certeza de que no todas las decisiones que construyen una vida tienen que ser entendidas por los demás. Al final, así como insiste en que cada maquillista debe encontrar su propio estilo y dejar su huella, María Isabel también parece estar haciendo lo mismo con su historia: buscando una manera propia de creer, de crear y de ser feliz.




