El fin de la mercantilización del dolor
La prohibición del ‘poverty porn’ o “porno de la pobreza” por parte de Ibrahim Traoré, militar y político burkinés que asumió la presidencia interina de Burkina Faso, representa un hito de emancipación y soberanía narrativa frente al colonialismo humanitario.
Por Alejandra González y Zharick De León
Durante décadas, el llamado ‘tercer mundo’ ha pagado su auxilio humanitario con la moneda de la humillación. Para que un niño de África o una madre de escasos recursos de Latinoamérica accediera a un plato de comida, el manual neocolonial exigía que su rostro desnutrido posara ante el lente de una ONG internacional o, más recientemente, ante la cámara encendida de un influencer en busca de redención algorítmica.
A esta herramienta, los realizadores y cinéfilos colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo le llamaron ‘pornomiseria’. Los antecedentes se remontan a la década de los 70´s donde este par de jóvenes denunciaron cómo el cine independiente y europeo de la época mercantilizó el sufrimiento del Tercer Mundo para venderlo con éxito en festivales europeos. Su película ‘Agarrando pueblo’ es el antídoto histórico perfecto para denunciar a quienes convierten al ser humano en un mero accesorio discursivo.
Para algunos era una crítica social artística, es decir, un cine que presentaba las desigualdades, la vida de los marginales, los niños de la calle y las actividades del narcotráfico, sin embargo, era latente el objetivo de generar lastima en el espectador en un escenario que no propone estrategias de cambio social, ni de humanización del otro.
Recientemente, la prohibición del poverty porn o “porno de la pobreza” por parte de Ibrahim Traoré, militar y político burkinés que asumió la presidencia interina de Burkina Faso, representa un hito de emancipación y soberanía narrativa frente al colonialismo humanitario. Esta práctica lucrativa que en la actualidad el decreto ley promulgado el 2 de julio de 2026 por el gobierno de Burkina Faso, no es una simple declaración ideológica, es una reforma regulatoria profunda y punitiva coordinada por el Ministerio de Acción Humanitaria en la que se prohíbe difundir fotografías o videos de personas en situación de vulnerabilidad (con especial énfasis en menores de edad) junto a los alimentos, donaciones, dinero o recursos que reciben.
La pornomiseria que ha mutado a porno sobre la pobreza puede definirse como un sufrimiento observable a falta de recursos materiales, lo que tergiversa a los pobres. Esta narrativa limita la pobreza asociándola únicamente a la suciedad, a niños desnutridos con las manos extendidas, cuando en realidad la pobreza tiene múltiples facetas y su representación debería exponerse así. La pobreza no solo parece un niño hambriento con moscas en la cara, es una problemática estructural que no se soluciona levantando el teléfono para hacer una donación.
Esta ley africana busca frenar a quienes utilizan la miseria como herramienta visual para captar “likes”, generar contenido en plataformas digitales, “monetizar la caridad” o inflar la reputación pública de una organización. Exponer los peores momentos de una persona para validar moralmente al donante (sea una gran ONG o un influencer como MrBeast) es una forma de explotación de la imagen que vulnera la intimidad y la dignidad humana. Esta idea, mutó de formato, pero no de esencia.
Lo que en los años 70 era el mercado de distribución de documentales para Europa, hoy se reinventa en las redes sociales, en plataformas como YouTube y TikTok. El truco de este tipo de contenido es que presentan una falta concientización y generosidad en la que el actor principal, lejos de ser la persona que recibe ayuda, es el que la ofrece, otorgándole validez moral. La crítica es a la forma en la que se muestra al sujeto. El modelo de las ONG que basan su publicidad en el sufrimiento extremo como un pozo sin fondo que nunca se llena es una estructura que necesita mantener al sujeto empobrecido en una eterna posición de indefensa y ruego para que el engranaje financiero de la ayuda siga funcionando.
Es inevitable no traer a colación las palabras del escritor nigeriano-estadounidense Teju Cole, quien popularizó su ‘White Savior Industrial Complex’ (Complejo Industrial del Salvador Blanco), planteando que algunas iniciativas internacionales podían estar más enfocadas en la experiencia emocional de quien ayuda que en comprender las estructuras políticas, económicas e históricas que producen una crisis. Es allí, donde se continúa reflejando la hegemonía occidental.
Hoy, se sigue entendiendo la pobreza de forma simplista como “falta de recursos materiales”, cuando las comunidades empobrecidas la experimentan como un dolor psicológico y social marcado por la humillación, el aislamiento y la falta de voz.
Entonces, ¿debemos seguir imaginándonos un continente con el rostro de un niño desnutrido o un joven que sueña con ser narcotraficante?, o más bien, trazar el camino en el que las comunidades sean quienes decidan cómo se narra su propia realidad. Esto, diría De Sousa, es un acto epistémico: el Sur deja de ser el “sujeto pasivo de estudio y lástima” para convertirse en el sujeto que dicta las reglas de su propia representación.