No todo lo que duele necesita una explicación
A veces, la necesidad de encontrar respuestas nos impide aceptar lo que sentimos. Aprender a convivir con las preguntas sin resolver también es una forma de seguir adelante.
Por Alicia Rodríguez Barceló
Hay momentos en los que quisiéramos tener una respuesta para todo. Saber por qué algo nos afecta tanto, por qué una persona cambió, por qué una situación que parecía tan sencilla terminó doliendo o por qué, incluso cuando todo parece estar bien, hay días en los que simplemente no nos sentimos bien. Como si ponerle nombre a lo que nos pasa fuera la única manera de entenderlo y, sobre todo, de permitirnos sentirlo.
Nos hemos acostumbrado a buscar explicaciones para cada emoción. Si estamos tristes, queremos saber la razón; si algo nos decepciona, intentamos encontrar el momento exacto en el que todo cambió; si alguien se aleja, repasamos conversaciones, palabras y recuerdos para descubrir qué hicimos mal. Nos cuesta aceptar que, a veces, las cosas simplemente pasan y que no siempre tendremos una respuesta que nos deje tranquilos.
Quizás el problema no está en querer entender lo que sentimos, sino en creer que necesitamos hacerlo para poder seguir adelante.
Hay dolores que no vienen acompañados de una explicación clara. A veces nos sentimos decepcionados por situaciones que, vistas desde afuera, parecen insignificantes. Incluso podemos sentir tristeza en momentos en los que, en teoría, deberíamos estar felices. Y entonces aparece la culpa, porque creemos que nuestras emociones deben tener una razón válida, una historia que las justifique o un argumento que los demás puedan comprender. Pero ¿desde cuándo sentir necesita una justificación?
Parece que también hemos aprendido a cuestionar nuestras propias emociones. Nos repetimos que no debería dolernos tanto, que hay problemas más grandes, que tenemos motivos para estar agradecidos o que deberíamos haber superado ciertas cosas hace tiempo. Sin darnos cuenta, terminamos convirtiendo el dolor en una discusión con nosotros mismos, como si sentirlo fuera un error que debemos corregir rápidamente. Y en ese intento por encontrar respuestas, muchas veces olvidamos algo importante: no todo lo que sentimos necesita ser solucionado de inmediato.
Esto no significa que debamos dejar de cuestionarnos, ignorar nuestros problemas o renunciar a comprender nuestras experiencias. Entender lo que nos pasa puede ayudarnos a crecer, reconocer nuestros errores y tomar mejores decisiones. Sin embargo, existe una diferencia entre buscar respuestas para conocernos y perseguirlas hasta el punto de no permitirnos estar en paz mientras no las encontramos.
No todas las personas nos darán las explicaciones que esperamos. No todas las despedidas tendrán una conversación final. No siempre sabremos por qué algo que queríamos tanto no funcionó o por qué una etapa que nos hacía felices terminó convirtiéndose en un recuerdo. A veces, por más que repasemos lo ocurrido, no encontraremos una respuesta capaz de cambiar el resultado.
Y quizá una de las cosas más difíciles de aceptar es que podemos cerrar capítulos sin comprender cada detalle de su final.
Vivimos intentando darle sentido a todo, como si cada experiencia tuviera que dejarnos una enseñanza inmediata. Queremos encontrar el lado bueno de las decepciones, convertir las pérdidas en aprendizajes y justificar cada dificultad con la idea de que algo mejor vendrá después. Pero no todas las experiencias dolorosas necesitan convertirse en lecciones para tener un significado. Algunas simplemente duelen, y reconocerlo también es una forma de honestidad.
Algunas veces, avanzar no consiste en descubrir por qué pasó algo, sino en aceptar que pasó. En dejar de buscar una respuesta donde quizás nunca la habrá. En comprender que podemos extrañar sin regresar, perdonar sin olvidar, cambiar sin tener todas las certezas y continuar con nuestra vida incluso cuando todavía quedan preguntas pendientes.
Tal vez deberíamos dejar de exigirnos entenderlo todo y empezar a tratarnos con un poco más de paciencia. No somos máquinas que necesitan identificar una falla para volver a funcionar. Somos personas, y eso implica sentir cosas que no siempre sabemos explicar, atravesar momentos que no comprendemos del todo y cambiar de opinión sobre aquello que alguna vez creímos tener claro.
Al final, no todo lo que duele necesita una explicación. Algunas cosas necesitan tiempo; otras, distancia; otras, simplemente, que dejemos de luchar contra lo que sentimos. Porque la tranquilidad no siempre llega cuando encontramos la respuesta que buscábamos. A veces llega cuando entendemos que podemos vivir sin ella.
Y quizás crecer también sea eso: aprender que no necesitamos comprender cada herida para permitirnos sanar.