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El Comunicador

Irse para triunfar, quedarse para pertenecer: el dilema de la migración
Migrar no es sinónimo de éxito. FOTO: W2FLY
23 octubre, 2026

Irse para triunfar, quedarse para pertenecer: el dilema de la migración

A veces, basta con mirar más allá de lo que conocemos para descubrir el valor de aquello que siempre ha estado cerca.

Por Isabella Ávila Sarmiento

Maybe tonight, we don’t gotta run away. It’s all a lie, the baddest bitches ain’t in L.A. “Quizá esta noche no tengamos que huir. Todo es mentira, las chicas más duras no están en Los Ángeles”, dice Adéla en Ain’t in L.A., un éxito musical que se ha vuelto viral en múltiples plataformas digitales y que cuestiona la idea de que el talento, la belleza y el éxito necesariamente tienen como centro a Los Ángeles, una ciudad que durante años ha representado la fama y las oportunidades para quienes sueñan con triunfar.

Sin mentir, creo que ha sido la canción que más he escuchado este 2026, pero no por su ritmo, sino también por su mensaje. Como yo, muchas personas se han sentido representadas por este tema musical, que cuestiona la idea de que la belleza, el talento y la creatividad tienen como centro una ciudad asociada a la fama y al reconocimiento internacional. Y no lo negaré, también la siento muy personal, sobre todo al comprender la historia detrás de su creación.

Adéla encontró una fotografía de su madre cuando era adolescente, rodeada de pósteres de figuras de la cultura pop. Aquella imagen la llevó a pensar en las mujeres que tienen grandes sueños, pero que no siempre reciben el reconocimiento que merecen. De esa reflexión nació una canción que cuestiona la creencia de que para alcanzar nuestras metas debemos irnos a otro lugar.

Al conocer esta historia, fue inevitable pensar en una idea con la que he vivido durante mucho tiempo: la creencia de que Estados Unidos o cualquier país desarrollado es mejor. No puedo negar que esta percepción también se ha alimentado de las experiencias de familiares que han llegado allí y han encontrado maravillosas oportunidades de crecimiento. Sin embargo, mi manera de entenderlo ha cambiado. He comprendido que existen oportunidades para cambiar y mejorar nuestra realidad, y que también debemos aprender a reconocerlas y aprovecharlas.

También recordé una conversación sobre la situación política del país. Mi abuelo, de 90 años, me dijo una vez: «Isabella, el país se fue al carajo. Vete». Lo dijo de un momento a otro mientras escuchaba sagradamente su radio y analizaba cada palabra que comentaba el locutor. En ese momento, me dio risa, sobre todo porque él se burla de todo como si le pagaran cada día una millonada por hacerlo.

Sin embargo, escuchar esta canción me devuelve a esas palabras, me hace pensar en la realidad que enfrentamos cada día y me lleva a preguntarme: ¿hasta cuándo vamos a seguir luchando por irnos sin preguntarnos qué podemos hacer para construir algo mejor?

No voy a negar que quiero viajar, conocer otras culturas y, quizá, vivir en otro país. Pero también hay algo de mi vida en Colombia que me cuesta imaginar lejos de mí. El señor que vende tinto, la mujer que ofrece empanadas y el bus lleno de gente mientras suena Diomedes Díaz y uno apenas puede con el sueño por el calor. Esa es la belleza de la cotidianidad que me enamora y que llevo en el corazón, por más quejas que tenga, aunque sé que algún día esa vista puede cambiar.

A medida que he conocido más sobre la diversidad latinoamericana, también he comprendido que nuestra región tiene historias y culturas capaces de narrar experiencias únicas, reflejadas en la manera en que vivimos y nos relacionamos. A veces, basta con mirar más allá de lo que conocemos para descubrir el valor de aquello que siempre ha estado cerca.

Esta reflexión también surgió de conversaciones que tuve con personas mexicanas sobre la migración y las oportunidades. Muchos me hablaron de la necesidad de trasladarse a grandes ciudades o salir del país para estudiar, trabajar y mejorar sus condiciones de vida. Leer cada palabra me llevó a pensar en cómo las circunstancias influyen en la manera en que valoramos nuestro entorno y en cómo construimos nuestra identidad. Se trata de aquello que llevamos con orgullo, pero que a veces negamos, precisamente porque forma parte de nuestra identidad.

Aunque sea necesario partir de aquel lugar que nos vio nacer y crecer para cumplir nuestras metas personales, nada ni nadie debería impedirnos hacerlo. Al final, soñar también vale, y cumplir aquello que está en el fondo de nuestros corazones, también.

La migración es un tema que suele generar posiciones opuestas. Para algunas personas, irse significa darle la espalda al lugar de origen; para otras, quedarse equivale a conformarse. Sin embargo, detrás de cada decisión existen circunstancias distintas. La falta de oportunidades, las dificultades económicas y el deseo de construir una vida mejor son razones válidas para marcharse. Cuestionar la idea de que todo es mejor en el extranjero no significa desconocer esas realidades ni juzgar a quienes deciden partir.

Entonces, ¿por qué a veces creemos que lo nuestro no tiene valor y confundimos esa percepción con la necesidad de salir adelante?

Creo que, al ser conscientes de lo que nos rodea, como nuestra situación económica y política, resulta comprensible que consideremos a los países desarrollados como modelos a seguir. A esto también contribuye la exposición constante a referentes culturales extranjeros, desde las películas y las series hasta las redes sociales, que con frecuencia demuestran determinados estilos de vida como sinónimo de éxito. Cuando vemos una y otra vez que las grandes oportunidades, el reconocimiento y la realización personal parecen ocurrir en otros lugares, podemos terminar creyendo que nuestra propia realidad tiene menos valor.

Esto no significa que debamos desconocer las oportunidades que existen en esos lugares, pues también pueden ayudarnos a desarrollar nuestro potencial. Tal vez el panorama que enfrentamos sea precisamente el impulso que lleva a muchas personas a marcharse. Pero el éxito en la vida no solo se basa en tener mejores oportunidades, sino también en reconocer lo que somos. Es posible irse y seguir queriendo aquello que nos hace únicos, así como quedarse y seguir buscando nuevas formas de crecer.

Tal vez algún día dejemos de pensar que marcharnos es siempre la mejor opción, aunque nuestra realidad todavía esté lejos de permitirnos elegir libremente dónde queremos construir nuestro futuro. Mientras tanto, necesitamos reconocer el valor de lo que somos como latinoamericanos, sentir orgullo por nuestra cultura, nuestro talento y nuestra inteligencia, y dejar de mirar hacia el exterior como si allí se encontrara la única medida del éxito.

Si estás leyendo esto y quieres salir del país porque crees que allí encontrarás mejores oportunidades, hazlo. Pero no partas de la idea de que tu cultura es inferior a las demás. Y si no tienes el deseo de irte, pero sientes que lo que te rodea carece de valor, recuerda que también forma parte de tu identidad.

Salir del país no significa dejar de pertenecer a tus raíces, y quedarse tampoco significa renunciar a tus sueños. Conocer el mundo debería ser una experiencia de aprendizaje que nos permita reconocer lo que nos constituye, descubrir nuevas perspectivas y conocer otras formas de ver la vida a través de personas distintas. Quizá ahí esté lo bonito de viajar: descubrir aquello que nos hace únicos y, al mismo tiempo, aprender de lo que nos hace diferentes.

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